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Punto de vista


Dos argumentos para la democracia directa: Trump y Corbyn



Por Leonid Bershidsky




Punto de vista

Por Leonid Bershidsky

La ascensión de Donald Trump y Jeremy Corbyn, los candidatos ‘tapados’ que han generado una tormenta política en las campañas por la dirección de sus respectivos partidos a ambos lados del Atlántico, habla por sí misma de lo que no está funcionando en las democracias modernas: una profunda desilusión entre los electores, que no se restablecerá con la victoria o la derrota de cualquiera de estos dos hombres. Sin embargo, lo que sí podría ayudarles es más democracia directa, al estilo suizo.

Lo primero que habría que decir de Trump y Corbyn es que uno es un ultracapitalista y el otro un socialista a la vieja usanza. La abundante literatura sobre el motivo por el que estos dos hombres son prácticamente iguales –a pesar de sus posicionamientos tan divergentes– ha llevado a tres conclusiones principales:

1.- Abogan por soluciones simples en un mundo complejo. Así se expresa Philip Stephens sobre este aspecto en el ‘Financial Times’: “Eliminan las especificidades políticas y portan el mismo mensaje a los desencantados y decepcionados: no podemos detener el mundo y apearnos”.

2.- Tienen una dimensión humana y defienden genuinamente algo –a diferencia de la mayor parte de políticos grises y convencionales, especialistas en hablar sin decir nada, que se oponen a ellos. He aquí la opinión de Peter Jones en ‘The Scotsman’: “Desde luego, la política del Sr. Corbyn es la antítesis absoluta de la del Sr. Trump.  Pero enuncia sus principios y creencias con la misma pasión y sinceridad y parece estar dirigiéndose a una parte de los electores, enojados por las cargas que la recesión les ha impuesto.

3.- Corbyn y Trump desafían a una clase política intrínsecamente no democrática, capaz solo de poner en práctica medias medidas, que no gustan a los votantes o que incluso no comprenden. “Debemos tomarnos seriamente lo que dicen acerca de sí mismos: que se sienten atraídos por un objetivo superior, por una posición que no es simplemente centrismo gestor”, escribía Janet Daley en ‘The Telegraph’. “La tarea de gobernar se ha vuelto oscura e impenetrable, tanto como falta de inspiración”.

Basándose en estas conclusiones, Trump y Corbyn no satisfarán las necesidades de sus seguidores, ni siquiera si Corbyn llega a ser el líder del Partido Laborista británico o –mucho menos probable– si Trump se convierte en el candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos. El laborismo, dirigido por Corbyn, seguiría perdiendo elecciones, porque el Reino Unido es demasiado rico para abrazar su estilo ‘rojo’ de socialismo. Y aunque el laborismo acabara instalado en el Gobierno con Corbyn como primer ministro, el partido sufriría el destino del desfallecido Syriza griego: a los que protestan les llevaría demasiado tiempo caer en la cuenta de las exigencias y limitaciones de gobernar y algunos decidirían que es preferible seguir protestando.

Por otro lado, Trump no será presidente porque se enemista con todas las clases sociales del pueblo americano. La mayoría de los hispanos no tiene dudas sobre su sinceridad: él es su enemigo declarado. Tampoco las mujeres: es un sexista absoluto. Y si llegara a ser presidente, sus planes radicales –desde la construcción de un muro en la frontera mexicana hasta la prohibición del aborto– no serían factibles por el sistema norteamericano de mecanismos correctores del poder.

Al mismo tiempo, las derrotas de Corbyn y Trump por candidatos más convencionales, sea cual sea el momento del proceso electoral en que se produjera, tampoco resolverían nada. Los seguidores de los dos candidatos ‘no oficiales’ lo considerarían como otra victoria del sistema contra el que protestan.

Cualquier solución al problema que encarnan Trump y Corbyn –la falta de empoderamiento de gran parte de los electores, que desconfían de los políticos centristas y les cuesta entender sus programas– pasa por una reforma fundamental del proceso democrático, probablemente en consonancia con los planteamientos de la democracia semidirecta suiza. Esto vale igualmente para España, Francia, Grecia, Austria, Hungría y los países nórdicos, que han visto crecer el apoyo a políticos populistas.

Suiza celebra elecciones parlamentarias periódicamente. Sin embargo, a diferencia de la mayor parte de las democracias, no tiene un único dirigente. Al contrario, el país es gobernado por un comité ejecutivo, compuesto por siete miembros, con una presidencia protocolaria que rota anualmente entre ellos. Además, cualquier ley puede ser derogada o aprobada por referéndum, que, por otra parte, es muy fácil de convocar: basta con el apoyo de 50 000 personas, es decir, aproximadamente el 0,6% de la población (las modificaciones a los artículos constitucionales requieren la doble mayoría, de cantones y ciudadanos).

Suiza está no obstante gobernada por una clase política gris, compuesta de tecnócratas; pero esos políticos no pretenden ser otra cosa, porque el votante suizo no tiene intención de elegir un líder carismático que le represente y que encarne sus aspiraciones. Se limita a elegir entre programas casi siempre moderados. Y además siempre pueden corregir a los tecnócratas mediante una votación para apartarles del poder.

Si extrapolamos las normas suizas a Estados Unidos se necesitarían 1,9 millones de personas para convocar un referéndum nacional. Casi seguro que habría apoyos suficientes para convocar una votación sobre el muro en la frontera, las limitaciones al aborto o el sistema sanitario de Obama. El pueblo suizo ha votado sobre cuestiones similares durante los últimos dos años. Por ejemplo, en febrero de 2014 rechazó una iniciativa que abogaba por excluir el aborto del sistema público de salud, pero se aprobó una propuesta para exigir al gobierno que renegociara o revocara el acuerdo de libre circulación de personas con la Unión Europea. En septiembre de 2014, se votó en contra de una propuesta para crear un fondo único de seguro de salud y en noviembre de ese mismo año se rechazó una limitación de la población inmigrante del 0,2% anual.

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swissinfo.ch reúne en esta columna una selección de textos escritos por personas ajenas a la redacción. En ella publicamos los puntos de vista de expertos, líderes de opinión y observadores sobre temas de interés en Suiza con el fin de alimentar el debate.

Las votaciones sobre inmigración son particularmente interesantes. El electorado ha demostrado ser más ‘antiinmigración’ que el Gobierno, pero menos xenófobo que los activistas que propusieron el recorte del número de inmigrantes. Los suizos no son especiales; no son más inteligentes que los estadounidenses o que el pueblo de cualquier otro país, pero generalmente toman decisiones moderadas y bien pensadas, y rechazan extremismos de cualquier tipo. Por término medio, solo el 7% del conjunto de leyes aprobadas por el Parlamento han sido luego objeto de referéndums populares, y de estos solo la mitad ha tenido éxito. Esto ocurre cuando la gente no se siente adecuadamente representada por sus políticos.

La experiencia suiza muestra que la fuerte presencia de la democracia directa en un sistema político no conduce a la anarquía ni a la supresión de la opinión de las minorías. Tampoco es exageradamente caro. La tecnología moderna permite ya un sistema de votación electrónica tremendamente barato. En Estonia, el 30% de los ciudadanos emiten su voto por internet. Países como Estados Unidos o el Reino Unido son sedes de compañías que han revolucionado el modo en que nos comunicamos, obtenemos información, compramos, o escuchamos música, así que, ¿por qué no el modo de votar?

Políticos como Trump o Corbyn podrían fácilmente confrontar sus ideas en un sistema de democracia directa y seguir probando mientras encuentren el dinero suficiente para hacer campaña. Sus seguidores no se quedarían fuera del debate (como es probable que sea el caso cuando estos hombres pierdan sus candidaturas). Incluso podrían ganar algo de terreno si las propuestas populistas fueran lo suficientemente moderadas para ganar atractivo, que es lo que normalmente ocurre en Suiza.

Esto puede sonar como otra solución simplista a un problema complejo. Después de todo, Suiza es un país rico y diferente, cuya experiencia podría ser imposible de replicar en otros lugares. Pero no estamos hablando de ‘cortar y pegar’. Cada país debería elaborar sus propias normas para reconducir el proceso político a tanta gente sin voz y enojada. En efecto, eso es por lo que Corbyn y Trump están haciendo campaña, sea lo que sea que digan otras consignas.

(Este artículo se publicó originalmente en Bloomberg View)

Este artículo no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial ni de Bloomberg LP y sus propietarios.

Para ponerse en contacto con el autor de este artículo:

Leonid Bershidsky:  lbershidsky@bloomberg.net

Para ponerse en contacto con el editor de este artículo:

Marc Champion:  mchampion7@bloomberg.net


Traducción del inglés: José Wolff

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