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Punto de vista


Parlamento, polarización, clase política – y la voz del pueblo



Por Georg Kohler




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Por Georg Kohler

La moderna democracia pluralista y su concepto central de soberanía popular no son realizables sin partidos, más concretamente sin un sistema de partidos, sostiene Georg Kohler, profesor emérito de Filosofía Política en la Universidad de Zúrich. De cara a las elecciones federales suizas, Kohler analiza tres aspectos: la idea de clase política, la polarización y la identidad colectiva de Suiza. 

El número de habitantes, la complejidad de los mecanismos de regulación social y la necesidad de encontrar representantes duraderos que defiendan diversas y a veces antagónicas opiniones, imposibilitan la formación democrática de una voluntad y una capacidad de decisión al estilo de la asamblea comunitaria o las asambleas atenienses de la Polis. La “soberanía popular”, como resultado del encuentro directo entre el Gobierno y la ciudadanía autónoma, como proceso entre partícipes, tan directamente interrelacionados que discuten y toman decisiones sobre asuntos en la viva plataforma pública de una comunidad abocada a un debate solidario, es imposible cuando el Estado ya no es una ciudad ni una pequeña región rural.

Incluso para la forma tan particular de la democracia suiza, los partidos son vitales. Y por tanto, los años en los que se vota para elegir la nueva composición del Parlamento Nacional, auténtico foro y meta de la moderna formación de partidos, son correspondientemente significativos. Naturalmente, en relación a la situación suiza no se puede hablar de elecciones parlamentarias sin tomar en consideración los efectos de los derechos populares que una y otra vez entorpecen la democracia parlamentaria de nuestro país.

Esto es evidente considerando tres criterios. El primero es el tema de la classe politique, el segundo el análisis de nuestro sistema político, que en principio se basa en la concordancia, pero está expuesto a tendencias polarizadoras cada vez más implacables, y el tercero son las deliberaciones sobre la cuestión, desde hace unos años imperiosa, sobre la identidad colectiva del país.

1. El concepto de classe politique es una categoría de polémica aplicación, pero también la denominación de un hecho sociológico, ya que en una sociedad que exige para sus funciones directivas rendimientos que ya no se pueden cumplir de paso sino únicamente dedicando mucho tiempo y con grandes conocimientos específicos individuales surge necesariamente un grupo que ejerce profesionalmente las funciones que pertenecen al sistema político (entre los cuales, por cierto, hay que contar asimismo a los altos mandos de la Justicia y de la Administración pública). Aquí no es posible mostrarlo en detalle, pero es evidente que un mandato del Consejo Nacional no es compaginable con una dedicación a tiempo pleno en otro sector profesional.

Que una tal profesionalización genera rápidamente la formación de intereses específicos de grupo es natural – y ya se ha corrido la voz entre todos los que tienen algo que ver con la res publica. “Después de las elecciones es antes de las elecciones” – “Cada político quiere simplemente servir a los intereses de sus electores” – “Al final, lo que persigue esta gente son sus ventajas personales”, entre otras cosas, son las polémicas conclusiones, demasiado precipitadas y en su característico in crescendo, a las que el llamado “pueblo” (y sobre todo sus autodenominados abogados) llega, a partir del hecho de que la política se ha convertido en una profesión. Y así, a partir de un hecho de la sociedad contemporánea se crea un lema y una palabra clave útil para los populistas: classe politique para denominar a una clase alta de desvergonzados que se aprovechan de la democracia.

Está claro que la desaparición de políticos “de milicia” es decir, de vocación, que merezcan este nombre, es un grave problema para un país firmemente fiel al concepto de la milicia, el servicio voluntario de los ciudadanos, más o menos no remunerado. Además, es innegable la tendencia demostrada por la economía política de que se sacrifican los intereses generales cuando los intereses profesionales personales ya no son compatibles con los otros. Classe politique – término utilizado como crítica – designa los decadentes procesos que, efectivamente, se observan en muchas partes del mundo. Lo que es distinto, no obstante, es servirse de esta categoría para desacreditar a las personas que, por motivos muy respetables, se dedican a trabajar en el Parlamento Nacional, en el marco de la  democracia (semi) directa.

El desdén, entretanto indisociable de la palabra classe politique, se vincula casi siempre al mismo tiempo con el elogio de los derechos populares, argumentando que éstos son la auténtica panacea contra la avidez de las falsas élites. En este año electoral que comienza ya se oyen a menudo cosas así. Estos tonos son peligrosos, extremistas y muy poco suizos. Por una parte, esta retórica mina la confianza de la población en sus representantes, por otra absolutiza con los derechos populares un sólo elemento de nuestra constitución que sólo funciona bien en el contexto global del sistema de instituciones cuidadosamente equilibrado. Y en tercer lugar encubre que también sus críticos forman parte de la clase política profesional.

2. La polarización se ha convertido en una de las características dominantes de la política interior suiza en los últimos veinte años. La anterior democracia suiza de la concordancia, basada en el equilibrio, se ha convertido, desde principios de este siglo, en una comunidad de disensiones cada vez más acusadas, que sólo a duras penas hace los compromisos requeridos por los dispositivos institucionales. Buen ejemplo de ello es la prolongada disputa sobre la interpretación de la llamada “fórmula mágica”; el conflicto en torno al reparto de los siete asientos del Consejo Federal entre los cuatro mayores partidos.

Hay múltiples razones que explican la transformación de la cultura política del país. Se supone que la causa principal es el desplazamiento de la situación de la conciencia nacional de Suiza desde el cambio radical de época producido tras 1989 en el seno del sistema europeo de naciones. De ser un pequeño Estado neutral respetado por todos, que inequívocamente pertenece al Occidente, hemos pasado a ser un país marginal cuya reputación no coincide totalmente con su importancia económica.

La nueva posición de Suiza en Europa es un importante factor en las discusiones sobre la identidad colectiva del país; y nos aporta una explicación del asombroso incremento de iniciativas constitucionales (que además tienen éxito en las urnas) de la última década. Con lo que una vez más el papel que juegan los derechos populares en el estado de la política interior suiza acapara la atención.

Mientras el referéndum – la posibilidad, mediante decisiones populares, de derogar leyes aprobadas por el Parlamento – en la época de la posguerra (1945 – 1990) incitaba obligatoriamente a encontrar un consenso (únicamente las leyes que gracias al compromiso llegaban a ser “viables para un referéndum” tenían la posibilidad de superar una votación en el Parlamento), la actual Suiza se caracteriza por feroces debates sobre propuestas de iniciativas que levantan mucho polvo.

Y el hecho de que en las condiciones de la nueva democracia mediática las iniciativas constitucionales sean más fáciles de introducir y de ganar se debe, entre otras, a razones tecnológicas. La movilización es más fácil de alcanzar digitalmente que con los antiguos medios análogos. A eso se suma el hecho de que, de todas formas uno de los partidos federales, la Unión Democrática del Centro UDC, está extraordinariamente bien organizado y dispone de un eficiente aparato de partido, que opera con una gran astucia para captar a los de aquellos ambientes colectivos que no encajan con la política oficial. Ambientes que a menudo reflejan el nerviosismo y la irritación provocados por procesos sociales generales, sentimientos colectivos no directamente políticos, pero sí politizables: Con ello el “pueblo” se convierte en el contrapunto de la classe politique y la UDC se ve como guardiana y portavoz de sus necesidades.

El precio de esta estrategia, que no pocas veces lleva a más de la mitad de los electores a ponerse del lado de la UDC, es, no obstante, la mencionada polarización y con ella la liquidación de los largamente practicados procedimientos de consenso que hacían que el país resultara políticamente previsible, consecuentemente aburrido y en muchos aspectos económicamente atractivo.

No se trata de una crítica sino de una constatación, explicable por el hecho de que la transformación de la civilización postindustrial, que se aceleró tras el fin de la Guerra Fría, justamente socavó la cultura política tradicional del país y así la convirtió en un notable contrapunto de los hasta ahora requisitos funcionales de sus instituciones. Por eso, la próxima campaña electoral y sus resultados serán asimismo un plebiscito sobre el programa político de la UDC – y sobre la cultura política de Suiza sometida así a una dura prueba.

3. “¿Quiénes somos?” – Esta es la pregunta que se oye más o menos claramente en la discusión de todos los puntos más controvertidos de la campaña electoral de 2015.

Punto de vista

swissinfo.ch reúne en esta columna una selección de textos escritos por personas ajenas a la redacción. En ella publicamos los puntos de vista de expertos, líderes de opinión y observadores sobre temas de interés en Suiza con el fin de alimentar el debate.

Y debido a los requisitos de la gran política, es decir de la política continental a la que Suiza, situada en el corazón de Europa, está expuesta, esta pregunta debe responderse más explícitamente que antes. Y es que las antiguas definiciones – punto de orientación para Suiza, su política exterior e interior – se han vuelto frágiles. Demasiados hechos parecen contradecir las conocidas y arraigadas percepciones de la propia identidad...

Suiza como comunidad armada, neutral, republicana, que no perjudica a nadie, como pequeño Estado cuyos ciudadanos hacen negocios en el mundo entero, pero que al mismo tiempo viven en la roca autónoma de su ancestral democracia propia, por así decirlo en un pequeño planeta al que no le importa nada el resto del mundo … ¿no resulta anacrónica esta idea?

Sea como sea, en las elecciones parlamentarias de 2015 se harán oír las voces del pueblo sobre este problema. Lo único que queda por ver es si sonarán polifónicas o disonantes.

Este artículo se publicó inicialmente en Panorama Suizo, en marzo de 2015. 

(Las opiniones expresadas en este artículo son del autor y no reflejan necesariamente la posición de swissinfo.ch)


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