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Punto de vista


La farsa del referéndum



Por Ian Buruma




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Por Ian Buruma

La democracia directa no restablecerá la confianza del pueblo en sus representantes políticos, pero si no se recupera un mayor nivel de confianza, el poder irá a manos de los líderes que afirman hablar con la voz del Pueblo... y de eso nunca salió nada bueno.

Los referendos hacen furor en Europa: en junio, los británicos decidirán si el Reino Unido seguirá formando parte de la Unión Europea; y el Gobierno húngaro ha llamado a un referéndum sobre la aceptación de su cuota de refugiados, fijada por la UE. El primer ministro Viktor Orbán ya ha dicho que Hungría se resistirá a dejarlos entrar. Probablemente el resultado del referéndum coincida con su postura.

Tal vez el referéndum más extraño tendrá lugar en abril en los Países Bajos. Se preguntará a los ciudadanos neerlandeses si los Países Bajos deben firmar un acuerdo de asociación entre la UE y Ucrania. Todos los demás miembros de la UE ya lo han aceptado, pero sin los holandeses no puede ser ratificado. Uno pensaría que los detalles de los acuerdos comerciales y las barreras tarifarias con Ucrania desconcertarían a la mayoría de los votantes neerlandeses, y también podríamos preguntarnos por qué les importaría lo suficiente como para llevar a cabo un referéndum, pero los referendos concuerdan con el humor populista que se está extendiendo en muchos países, dese los Estados Unidos de Donald Trump hasta la Hungría de Orbán.

Los referendos son un ejemplo de lo que se conoce como democracia directa. La voz del pueblo (o, mejor dicho, del Pueblo) no se hace oír a través de sus representantes electos en el Gobierno, sino en forma directa mediante plebiscitos. Cuando Churchill sugirió en 1945 que el pueblo británico debía votar en referéndum sobre si seguir o no con el gobierno de coalición de la guerra, el líder laborista Clement Attlee se opuso. Afirmó que los referendos son poco británicos y constituyen “un dispositivo de dictadores y demagogos”.

Attlee estaba en lo cierto. Aun cuando a veces se usan referendos en las democracias representativas –como cuando los votantes británicos decidieron quedarse en la Comunidad Económica Europea en 1975–, suelen entusiasmar mucho más a los dictadores. Tras invadir Austria en 1938, ­Hitler consultó a los austriacos en un plebiscito si querían ser anexionados a Alemania. Una opción que en realidad no podían rechazar. A los déspotas les gusta el respaldo de los plebiscitos porque no solo pretenden representar al Pueblo, sino que son el Pueblo.

La actual moda de los referendos refleja la desconfianza hacia los representantes políticos. Normalmente, en una democracia liberal, votamos por hombres y mujeres con la idea de que estudiarán los temas de los cuales los ciudadanos comunes no pueden ocuparse directamente por falta de tiempo y conocimiento suficiente, y decidirán sobre ellos.

Habitualmente no se solicita a los votantes que se involucren directamente en los acuerdos comerciales. Por lo general, un referéndum no es un sondeo preciso de las facultades racionales de la gente, ni una prueba de su pericia. Los referendos tienen que ver con lo visceral, que puede ser manipulado fácilmente por los demagogos... y por eso les gustan.

Hasta el momento, el debate sobre el ‘brexit’ en Gran Bretaña ha sido casi completamente emocional y se ha centrado en la grandeza histórica británica, los horrores de las tiranías extranjeras o, a la inversa, en los temores de lo que podría ocurrir si se altera el ‘statu quo’. Muy pocos votantes británicos tienen una mínima idea sobre cómo funciona en realidad la Comisión Europea o sobre el papel que desempeña el Consejo Europeo, pero la mayoría alberga sentimientos relacionados con la posibilidad de un solitario combate de Gran Bretaña contra Hitler, o la perspectiva de verse inundados por inmigrantes.

Habitualmente, en un referéndum, la gente decide por motivos que poco tienen que ver con la pregunta que se les hace. Algunos británicos pueden decidir abandonar la UE simplemente porque no les gusta el primer ministro David Cameron, que está a favor de quedarse. Los votantes en los Países Bajos y Francia rechazaron la Constitución de la UE propuesta en
2005. Probablemente muy pocos hayan siquiera leído esa Constitución (que, de hecho, es un documento ilegible). El voto negativo se debió al descontento general con las élites políticas asociadas con Bruselas.

El deseo de participar en referendos no es solo señal de divisiones nacionales internas, constituye un síntoma adicional de una demanda populista mundial para “recuperar nuestro país”. Esto puede ser en gran medida una ilusión (fuera de la UE, Gran Bretaña en realidad podría tener menos capacidad de decisión sobre su destino que si se queda), pero hay que considerar seriamente la crisis de confianza. Después de todo, aun cuando los referendos a menudo son frívolos, sus consecuencias no lo son.

Punto de vista

swissinfo.ch reúne en esta columna una selección de textos escritos por personas ajenas a la redacción. En ella publicamos los puntos de vista de expertos, líderes de opinión y observadores sobre temas de interés en Suiza con el fin de alimentar el debate.

El problema fundamental es que una gran cantidad de personas no se sienten representadas. Las viejas políticas partidarias gobernadas por antiguas élites que ejercen el poder a través de las redes de influencia tradicionales ya no ofrecen a muchos ciudadanos la sensación de participar en una democracia.

La democracia directa no restablecerá la confianza del pueblo en sus representantes políticos, pero si no se recupera un mayor nivel de confianza, el poder irá a manos de los líderes que afirman hablar con la voz del Pueblo... y de eso nunca salió nada bueno.

(Este artículo se publicó originalmente en el portal Project Syndicate)

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no reflejan necesariamente el punto de vista de swissinfo.ch.

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