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Punto de vista


Soberanía popular o participación ciudadana



Por Dieter Freiburghaus




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Por Dieter Freiburghaus

El creciente número de iniciativas populares genera dificultades. La principal razón de este aumento no reside tanto en los obstáculos poco disuasivos, sino en la falta de confianza en la política, sostiene Dieter Freiburghaus* en un artículo publicado inicialmente por el dominical ‘NZZ am Sonntag’.

Cual maleza surgida tras las lluvias de verano, las teorías de complot brotan últimamente en el pequeño jardín helvético: documentos secretos, negociaciones ocultas, grupos de trabajo secretos, maquinaciones inquietantes.

Los políticos populistas hacen correr rumores, los medios complacientes sacan provecho de ellos y la gente crédula cae en la trampa. En lugar de tomarnos tan en serio esos contenidos, deberíamos dedicarle toda la seriedad al fenómeno de su proliferación, porque confirma la pérdida de confianza de la población en la clase política.

La prosperidad de todo sistema político depende de la confianza, pero en ninguno tanto como el de una democracia directa al estilo suizo. La falta de confianza malograría rápidamente la maquinaria política de un país, donde actualmente se celebran alrediniciedor de ocho votaciones nacionales por año.

Los referendos apenas están concernidos en esa cifra, porque el pueblo desaprueba muy pocas leyes federales. Otro cantar son las iniciativas, pues requieren una enmienda constitucional.

Las iniciativas sirven para incluir en la agenda peticiones que, a juicio de los promotores, apenas reciben atención en la política. Entre 1951 y 1980, eso ocurrió 38 veces. Y en las 38 ocasiones las iniciativas fueron rechazadas. Entre 1981 y 2010 llegaron a las urnas 98 iniciativas, de las cuales 11 fueron aprobadas. De 2001 a 2014, la población aprobó 10 de las 53 iniciativas que votó.

Dieter Freiburghaus nació en 1943, en Laupen, cantón de Berna. Estudió Economía y Ciencias Políticas en San Gall y Berlín.

De 1988 a 2007 fue profesor de Política suiza e Integración europea en el Instituto de Altos Estudios en Administración Pública (IDHEAP) en Lausana.

Dirigió los seminarios europeos de Solothurn, un sistema de cursos de corta duración destinados a la formación de funcionarios de la Confederación y de los cantones en cuestiones europeas.

En el Instituto de Ciencias Políticas de la Universidad de Berna dictó seminarios sobre Teoría de la Integración Europea y la Globalización.

La cifra anual de iniciativas se ha triplicado desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, y la cuota de aprobación ha subido del 0 al 20%. En términos cuantitativos se trata de un cambio considerable que refleja la pérdida de confianza en la política.

Este hecho conduce, además, a la discusión mucho más crítica de los derechos populares: ¿Habría que elevar el número de firmas necesarias (para someter una iniciativa a votación)? ¿Se tendría que abolir la mayoría de los cantones (que requiere la aprobación de una iniciativa)? ¿Habría que analizar desde el momento de la presentación misma si la iniciativa no contradice el derecho internacional? ¿No sería necesario fijar reglas más estrictas con respecto a la unidad de la materia?

Los ciudadanos siguen estas reflexiones con cierta desconfianza, porque no quieren ser despojados de sus derechos. Pero es poco inteligente querer ignorar los problemas de la democracia directa y oponerse a todo cambio. Todas las instituciones políticas deben adaptarse para cumplir sus funciones en circunstancias de transformación.

¿Cuáles son entonces los problemas que resultan del creciente número de iniciativas populares y de la tendencia a aceptarlas cada vez más? Lo primero es que la elevada frecuencia de esas votaciones conduce una efervescencia y una agitación políticas que no son precisamente provechosas. En algunos ámbitos, ya casi no es posible desarrollar perspectivas a largo plazo, porque la próxima convocatoria a las urnas acapara gran parte de las capacidades políticas.

El segundo problema es que las iniciativas populares se utilizan cada vez más a menudo para destacar el perfil político de los partidos y como instrumento de campaña electoral. El contenido fáctico suele pasar a un segundo plano, mientras se antepone la polémica que suscita el tema. De esa manera se atrae a las urnas a quienes gustan dar lecciones y a los ciudadanos enfurecidos que no piensan en las consecuencias de esas proposiciones.

El tercer problema son las contradicciones que suelen surgir entre los textos de las iniciativas y el derecho internacional vigente.

Ese tipo de iniciativas ponen al legislador en un dilema: hacer cumplir la voluntad popular o ir en contra de los acuerdos internacionales o incluso denunciarlos.

Los problemas de esa naturaleza no se resuelven reajustando los derechos populares, porque esos son los que precisamente dan señales de la pérdida de confianza entre ciudadanos y autoridades.

Punto de vista

swissinfo.ch reúne en esta columna una selección de textos escritos por personas ajenas a la redacción. En ella publicamos los puntos de vista de expertos, líderes de opinión y observadores sobre temas de interés en Suiza con el fin de alimentar el debate.

La mera tentativa de restringir el derecho a la iniciativa popular acrecienta la falta de confianza, sin contar con que las modificaciones de tal alcance no tendrían ninguna posibilidad en un referendo obligatorio.

Ahora bien, en este país hay fuerzas políticas que viven intentando separar al pueblo de sus élites. Y algunas iniciativas son concebidas de tal manera que la casi imposibilidad de aplicarlas alimenta más la desconfianza. Esa forma de proceder se ha vuelto fácil en una época en la que la soberanía de un país se ve cada vez más restringida por la globalización de la economía y la internacionalización de los derechos y la democracia directa crea, sin embargo, la imagen de una soberanía ilimitada. Pero esa es apenas una parte del problema. La otra es que los partidos de centro y de izquierda carecen de programas claros, voluntad firme y convencimiento personal. Puesto que únicamente así podrá recuperarse la confianza.

* Este texto se publicó por primera vez en el dominical ‘NZZ am Sonntag’ (Zúrich), del 29 de junio de 2014.


Traducción del alemán: Juan Espinoza

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