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Sochi en la mira


Juegos Olímpicos entre palmeras



Por Nadja Capone




El Eisberg, el palacio deportivo invernal en el Parque Olímpico de Sochi. (AFP)

El Eisberg, el palacio deportivo invernal en el Parque Olímpico de Sochi.

(AFP)

Los Juegos Olímpicos de Invierno inician este 7 de febrero en Sochi, localidad rusa que ha vivido significativas transformaciones para la cita. Mirada a esa ciudad, considerada como la tercera capital rusa, y a su gente, cuyas opiniones divergen sobre el significado de albergar un evento de tal envergadura.

Para cualquiera que visite por primera vez Sochi, lo que destaca de inmediato es el área conocida como el “gran Sochi”, que se extiende unos 140 kilómetros sobre la costa y su maraña de tráfico, la que asombra incluso a los moscovitas, que no son ajenos a este tipo de atascos viales.

Adler, donde se encuentra el aeropuerto internacional, no es un pueblo aparte, como mucha gente piensa, sino un distrito del mismo Sochi.

Adler -el Parque Olímpico- y Krasnaya Polyana son los sitios donde se desarrollarán las competiciones olímpicas.

Antes de aterrizar en Sochi se puede ver el mar, lo que provoca un aire vacacional que bien puede hacer olvidar que uno viene aquí por cuestiones laborales. Resulta difícil relacionar las magnolias y palmeras con la idea de que esta será la capital de los Juegos Olímpicos.

¿Qué piensa la gente local sobre esta próxima gran cita? El taxista Rafael Chokolyan vive desde hace 20 años en Sochi. Llegó de Abjasia (un territorio en disputa, justo al sur de Sochi) tras la disolución de la Unión Soviética, mira con agrado los cambios surgidos de cara a los Juegos.

“El pueblo está cambiando ante nuestros ojos. Nuevas calles, pasos a desnivel y nuevas infraestructuras”, dice, entusiasta.

Pero Igor Parkhomenko, un empresario privado y nativo de aquí, piensa que habría sido mejor que otro candidato hubiese obtenido la sede de los Juegos. Nos encontramos en Sochi central. La temperatura es de 16 grados Celsius y el sol brilla. Esto me hace sentir bienvenida, luego de dejar atrás una Berna gris y muy fría.

Parkhomenko tiene una oficina pequeña, no lejos de la estación. Mientras camino hacia allá, observo una plétora de grúas de construcción entre la abundante vegetación sureña de Sochi.

“Todavía se conserva mucho de esta belleza aquí”, me dice Parkhomenko en alusión al verdor. Este hombre recuerda la nada entusiasta reacción de la gente local ante la noticia de que aquí tendrían lugar los Juegos Olímpicos. A muchos de sus amigos de otras regiones les sorprendió esa actitud.

“’De verdad son difíciles de complacer: acaban de ganar la sede de un gran acontecimiento y se quejan’, nos decían. Pero bastaría que vinieran a vivir en este sitio en construcción, con el continuo estrépito de la maquinaria y los camiones volteadores haciendo polvo.

“La intensidad de las obras provoca que la infraestructura urbana padezca estragos: si no es el corte de suministro acuífero, es el de gas. Nuevas construcciones surgen: instalaciones deportivas, pasos a desnivel, propiedades comerciales y hoteles. Y esto ha sido así durante los últimos seis años”.

Chokolyan tiene otra opinión: “Todas estas edificaciones no solo producen ruido y polvo. También tienen ventajas. Significa que hay trabajo. La gente está contenta. No sé cuánto ganará la gente que hace estas construcciones, pero si lo hacen, significa que están satisfechos con su trabajo, con las condiciones laborales y con su salario”.

Ni una sola queja, en su caso, pese al polvo. “Debo lavar mi auto dos veces al día. Quieren que todo esté limpio, que nuestra Sochi esté brillante.”

Infraestructura y atascos

La palabra “infraestructura” está en todas las bocas. Por supuesto, es impresionante cuántas intersecciones viales se han creado, aunque el problema de los embotellamientos no ha sido resuelto. Esto se debe a que cuando los caminos se planificaron, se esperaba que Sochi se desarrollara como sitio de vacaciones y no como lugar para grandes espacios comerciales. Razón por la cual no se diseñaron las vías vehiculares para hacer frente a un creciente volumen de tráfico. Además, los caminos son, esencialmente, de doble sentido: si se produce un accidente, el camino queda bloqueado.

“La gente olvida rápido las cosas malas”, dice Oleg Smerechinsky, propietario de una librería en Sochi. “Dos o tres años antes de que en Guatemala se anunciará  la elección (de Sochi como sede de los Juegos) se requerían más de seis horas en la tarde para recorrer entre 3 y 3.5 kilómetros, desde el centro de Adler hacia la estación férrea. Esto se debía a que el periférico, de doble sentido, resultaba estrecho con cuatro o cinco cruces carreteros. Hoy día, incluso con poca suerte, el tramo se realiza en una hora, como máximo”.

El dinámico joven opina, pragmático, sobre todas estas transformaciones viales en Sochi. “Cuando se construye una intersección, cuesta varios miles de millones de rublos. Se puede discutir sobre si todo el monto de dinero invertido llegó a buenas manos, pero no hay discusión alguna sobre la necesidad de construir ese camino”.

En opinión de Smerechinsky, los Juegos Olímpicos tienen un impacto positivo en esta ciudad: “Ningún paso a desnivel vehicular había sido construido desde 1991”. No obstante, admite que los caminos no son todo: también está el problema del transporte y la infraestructura.

La estación ferroviaria de Adler también es nueva. Fue inaugurada hace dos meses por el presidente Putin y ya están en servicio trenes rápidos que parten y llegan de Adler al aeropuerto y a la estación de trenes del centro de Sochi.

Estrictos controles de seguridad se han establecido en la estación de Adler. “En nombre de la seguridad”, se explica, hay que mostrar el pasaporte y pasar por el detector de metales cada vez que se ingresa, aun cuando alguien solo haya salido por cinco minutos. Pero lo más sorprendente es que, a diferencia de la mayoría de las estaciones en Europa, aquí no hay ni cafés, ni restaurantes, ni un solo mostrador donde se pueda comprar algo para beber o comer.

“La estación es muy grande y no ofrece un mínimo de confort”, comenta Parkhomenko, aunque explica que la mayoría de la gente que viene de  vacaciones a la región de Adler llega por avión.

43 grados norte

 Sochi tiene un clima inusual para Rusia: incluso en los veranos más calurosos la cercanía con el mar jamás resulta inconfortable, mientras que el invierno es suave (con entre 6 y 8 grados centígrados), gracias a las montañas que protegen a la región. El escudo de armas de Sochi incluye las palabras: “Saludable para la gente”, una frase que se justifica con la presencia de manantiales minerales.

Entre las décadas de 1950 a 1970 se conocía, sobre todo, como un centro termal, un centro de bienestar y tratamientos de salud.

“Toda la infraestructura sanitaria, las redes férreas y el aeropuerto se desarrollaron tras la guerra, cuando se detectó el potencial de la región”, explica Smerechinsky . “Las autoridades de entonces decidieron que Sochi se desarrollara junto con Crimea y otros centros termales en el Cáucaso, y las inversiones comenzaron a florecer, como ahora. Por esto nada fundamentalmente nuevo está sucediendo: Hubo un periodo de mayor desarrollo en el sector de la construcción en la década de 1950”.

Intercambio de opiniones

La ecologista Olga Noskovets, de la organización EkoVakhta (EcoWatch), recuerda sobre este nuevo periodo de impulso que al principio la gente no se opuso a la realización aquí de los Juegos.

“Pensaban que el proyecto daría mayor encanto a Sochi, y que el pueblo se volvería un centro de bienestar a escala internacional. Tenemos todo para ello: aire limpio, agua, mar y parques”, indica mientras paseamos a lo largo del valle Imeretin.

“Pero hubo un cambio de opinión, incluso muy al inicio del primer año tras el anuncio, cuando comenzaron a desplazar gente para construir algunas infraestructuras. Los conflictos surgieron y se destruyeron sitios que se consideraban aún explotables”.  

EkoVakhta, establecida en 1997 para preservar los alrededores naturales en el norte caucásico, conserva un registro de todas las violaciones a las regulaciones del rubro que ha provocado la construcción de nuevas infraestructuras para la villa olímpica.

“Todo el valle Imeretin fue calificado como zona de reservas naturales desde antes de la Revolución (1917). Hasta hace poco había campesinos aquí, que suplían de vegetales a la región. Ahora nada de eso queda. Todo lo que hay son instalaciones para los Juegos”.

Muchos de los entrevistados por swissinfo.ch recuerdan los huertos, los campos y las pequeñas localidades que aquí existían, como la de Krasnaya Polyana, que entonces contaba con mil habitantes.  

Alexander Frolov es el gerente de una empresa dedicada a la vigilancia con GPS. Vive en Moscú, pero pasó buena parte de su tiempo en Sochi haciendo negocios entre finales de la década de 1990 y principios del nuevo milenio.

“A finales de 1990, Sochi era un placentero centro de descanso. La mayoría de sus edificios tenían dos o tres pisos, tal como debe ser en estos casos, considero yo. Krasnaya Polyana era un sitio tranquilo y remoto: si un perro ladraba, se podía escuchar a varios kilómetros”, recuerda.

“Ahora que volví en 2013, todo estaba con vallas y lodo, sin hablar del ruido. Sentí horrible al ver eso”, lamenta Frolov.

Verter un cubo de agua en un dedal

Smerechinsky cree que los sacrificios valen la pena. Estamos viajando por la nueva ruta que une a Adler con Krasnaya Polyana. Esta será la arteria principal de transporte durante los Juegos, con carreteras y ferrocarriles en paralelo sobre la orilla izquierda del río Mzymt. La antigua carretera también recorre el valle, pero está llena de curvas muy cerradas. Smerechinsky considera que las obras realizadas para los Juegos Olímpicos han tomado solo cinco o seis años, mientras que si no estuviera esa cita de por medio, “esto habría sido construido de todos modos, pero les habría tomado de 30 a 50 años hacerlo”. Y las nuevas carreteras y el suministro eléctrico también son de beneficio público. Y por primera vez,  Krasnaya Polyana, por ejemplo, tiene un sistema de evacuación de aguas residuales y una planta que las trata.

Luego de trabajar por buen tiempo en Sochi, Frolov recuerda cuando este poblado era pequeño y administrable, y expresa su deseo de que así continúe en el futuro. “Usted no puede poner simplemente un cubo de agua en un dedal, como algunos dicen. Pero esto es exactamente lo que las autoridades están haciendo”.

“Siempre me asombro cuando escucho a la gente decir que 'si no fuera por los Juegos Olímpicos, Sochi simplemente se habría derrumbado'. Eso significa que cada pueblo ruso necesita unos Juegos Olímpicos para sostenerse”.

Sochi

Sochi se encuentra en el Mar Negro, al pie de las montañas del norte del Cáucaso.

Cuenta con 430.000 habitantes, procedentes de más de 100 grupos étnicos.

Cubre un área de 200.000 hectáreas, 30.000 de las cuales son parques y áreas de conservación. Se extiende sobre más de 140 km a lo largo de la costa.

La vida después de la cita olímpica

 Además de la pregunta de si habría sido posible invertir el dinero de mejor modo, la otra interrogante que surge es¿ qué pasará después de los Juegos? En lo que respecta a los sitios olímpicos, los organizadores dicen que en algunos casos, los interiores serán completamente reconstruidos y se convertirán en salas para ferias y exposiciones, mientras que otros se mantendrán como hasta ahora y se utilizarán para encuentros deportivos internacionales y como lugares de entrenamiento para los atletas locales. Rusia será el anfitrión del Mundial de Fútbol en 2018 y algunos de los partidos se disputarán en Sochi, así que la infraestructura será útil para esa siguiente cita.

Sochi postolímpico proporcionará trabajo para los profesionales de la industria hotelera y de los negocios relacionados. Pero solo el tiempo dirá si Sochi se convertirá realmente en un centro turístico de clase mundial.

“Cuando hoy uno recorre Sochi ya no puede ver los platanales y el mar, como antes. Sólo son visibles las nuevas edificaciones, una detrás de otra. Y muchas de estas construcciones están paradas. Monstruosos esqueletos de edificios de 20 pisos son visibles. ¿Quién ha pensado en poner estos edificios en una zona sísmica?”, se pregunta Frolov.


Traducción del inglés: Patricia Islas, swissinfo.ch

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