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"Aumenta xenofobia en Suiza" 'Barracas, xenofobia e hijos escondidos', vía crucis del temporero

Trabajadores temporeros italianos en Brig, en 1956.

(RDB)

El 30 de noviembre la población helvética votará por segunda vez este año una iniciativa antiinmigrante. Tras la aprobación de la primera (febrero 9), UNIA lanza una campaña para recordar los perjuicios a la dignidad humana que pueden derivarse, como en el caso del estatuto de temporero.

“No queremos que la historia se repita”, enfatiza Vania Alleva, copresidenta de UNIAEnlace externo, la mayor agrupación sindical helvética. La iniciativa EcopopEnlace externo , que busca establecer el saldo migratorio en Suiza en 0,2% de la población permanente, tendrá un impacto importante sobre los puestos de trabajo en Suiza, subraya, pero también sobre las condiciones laborales de todos los asalariados.

“Ya no queremos un estatuto discriminatorio”, reitera la sindicalista.

Entre los esfuerzos para evitarlo, UNIA  organizó una jornada informativa en Berna (7.11) con la participación de académicos, juristas, escritores y protagonistas de ese largo período de la historia de Suiza (1931-2002) en que con el estatuto de temporero se escamoteó un trato humano a miles de trabajadores procedentes de otros países.

Asimismo, inauguró la exposición ‘Barracas, xenofobia e hijos escondidos’Enlace externo que será presentada también en Ginebra y Zúrich, y que incluye una serie de gráficas de archivo y la reconstitución de una de esas rústicas casetas en la que los inmigrantes se hacinaban durante los meses de su estancia en Suiza.

Testimonio Javier (1)

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Javier tenía ocho años cuando su madre lo trajo de España. Venía con la ilusión de descubrir un país hermoso con montañas nevadas y yogures deliciosos, pero al cruzar la frontera se convirtió en “ilegal”, no le fue dado extasiarse con el paisaje y quedó huérfano de escuela, de amigos y del deporte que era su pasión.

Hoy, 54 años más tarde, comparte con swissinfo.ch sus recuerdos como hijo de trabajadores emigrantes.

Los temporeros, como sus padres, trabajaban en Suiza de marzo a noviembre, a cambio de salarios exiguos, sin prestaciones sociales y sin la posibilidad de un reagrupamiento familiar. Aquellos que traían a sus hijos lo hacían de manera subrepticia y vivían bajo la zozobra de ser descubiertos y repatriados. 

De esa manera, cientos de miles de familias quedaron separadas ante la disyuntiva de alimentar a los hijos o quedarse con ellos, u optaron por traerlos con ellos y mantenerlos escondidos.

Recuerda Javier:

“Antes de irse a trabajar, mi madre me daba un beso y me llevaba a la cama un vaso de leche caliente y dos panes con mantequilla y esa mermelada que me encantaba, de fresa o albaricoque, que vendían en unos potes redondos. A medio día venía, en esos tranvías alimentados con carbón, para hacerme de comer. El resto del tiempo yo estaba solo. Yo era todo mi equipo de futbol y me sabía de memoria los tebeos que mi abuela mandaba de Madrid”.

A sus ocho años, como tantos miles de otros niños, Javier era una “ilegal”. Un “fuera de la ley” al que su padrastro enseñaba a escribir, porque tenía vedado ir a la escuela,  y que tiritaba de frío en ese departamento del barrio bernés de Breitenrein, sin calefacción, por el que pagaban 50 francos mensuales de alquiler.

“Como de la Gestapo”

Un día, alrededor de un año después de su llegada a Suiza, lamaron a la puerta. Su madre le ordenó: “¡Escóndete debajo de la cama!”, pero fue inútil. Algún vecino los había delatado y los policías sabían de su presencia. “Eran dos hombres, los veo todavía delante de mí. Llevaban gabardinas largas como los de la Gestapo. Mi madre lloraba y yo prendido a su falda le preguntaba ‘¿Qué pasa mamá? ¿Por qué lloras?’”

Quiso la suerte que toparan con un agente de migración sensibilizado, y en lugar de enviar a Javier de vuelta al país de origen, como sucedió en muchos casos, lo mandó a la escuela. “¡Yo estaba feliz… tenía tantas ganas… estaba tan solo!”

Pero no todo fue miel sobre hojuelas. Sus compañeros de clase lo rechazaron de inmediato. Nadie quería sentarse con él y hasta lo golpeaban. “Lo que me salvó fue el futbol, yo era muy bueno y ellos muy malos, así es que cuando me vieron jugar se quedaron con la boca abierta y desde ahí me aceptaron”.

Años más tarde entrenaría en el Real Madrid y, compensaciones del destino, tendría la suerte de cruzar unos balones con su ídolo deportivo. “Me estaba atando las agujetas, cuando me llega un balón. Alzo la vista para ver de dónde venía y me encuentro de frente con AmancioEnlace externo. ‘Levántate, me dijo, vamos a dar unas pataditas’. Para mí fue algo maravilloso”.

Una lesión lo apartó del balón pie y la nostalgia lo trajo de vuelta a Suiza.

Entre risas y lágrimas

Hoy, a los 62 años, recuerda entre carcajadas la embutida de cervelas que se propinó en cuanto bajó del tren. Pero también recuerda, con la voz entrecortada, los controles en la frontera. “Eran de lo más tirado: ‘¡Los españoles, a la derecha!, ordenaban. Los desnudaban… era humillante. Resiente el dolor de su madre, separada de sus otros dos hijos.

“Mira -me dice llevándose la mano al corazón-, llevo tanto aquí dentro que no podré perdonar jamás. Yo quiero a Suiza con todo mi corazón. Aquí vivo y tengo amigos fantásticos, pero no podré olvidar nunca el sufrimiento que he visto y que he vivido”. 

Sin prestaciones sociales ni familia

Llegaban por el mes de marzo y volvían a su país a finales de noviembre. Trabajaban en el campo o en la construcción. Recibían los contratos apenas poco antes de que empezara la temporada y tenían que abandonar Suiza inmediatamente después de finalizados. No podían venir con los suyos.

Las condiciones eran degradantes, recuerda el italiano Bruno Canelloto, otrora temporero. “La empresa (contratante) nos recogía los permisos de trabajo y los pasaportes y los depositaba en la comuna y solamente podíamos recogerlos al final de la temporada y una vez pagados los impuestos”.

Si el obrero debía volver con urgencia a su país para el entierro de algún familiar y la administración estaba cerrada… Los abusos eran constantes, señala, bajos salarios, horas suplementarias no remuneradas. Hacinamiento en barracas en la periferia de las ciudades. “Pero nadie luchaba contra esas condiciones. Era tal la incertidumbre respecto a los contratos…” Y los trabajadores dependían de ellos. No podían cambiar de empleo.

Cumplidos 45 meses de trabajo, es decir, luego de 5 años de estatuto de temporero, los empleados podían obtener un permiso de estancia anual. Sin embargo, era menester cumplir las temporadas íntegramente. Con un solo día de ausencia, ya no contaban. A Cannellotto le llevó nueve años lograr ese documento.

En vista de que el reagrupamiento familiar no estaba permitido, las mujeres se registraban con el nombre de solteras y venían por su lado. Los hijos quedaban internados en instituciones o con algún pariente.

Violencia estructural

“He tratado a muchos de esos jóvenes que guardan un enorme resentimiento. Se sentían abandonados por sus padres”, narra la psicóloga Marina FrigerioEnlace externo, autora de ‘Niños Prohibidos’ Enlace externo. Padres e hijos sufrieron de esa violencia estructural que se dio en Suiza contra los extranjeros, acusa.

Ruth DreifussEnlace externo me contó cuánto la había conmovido observar a esos trabajadores tratando de ver a sus hijos a través de las ventanas de las instituciones en que se encontraban”.

Muchos padres que no soportaron el dolor de la separación trajeron a sus hijos de manera subrepticia y los mantuvieron ocultos. En el video proyectado por UNIA, esos hombres y mujeres que en su infancia fueron “clandestinos” narran esas largas jornadas de su niñez a la sombra, entre el miedo y la soledad.

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Prohibidos y escondidos, hijos de temporeros cuentan su historia. Video de la Unión Sindical Suiza

Doble nacional, el senador italiano Claudio Micheloni, fue también uno de esos niños escondidos. Vivía en la comuna de Boudry, en Neuchâtel. Apenas tenía cuatro años, pero recuerda nítidamente el drama que se produjo aquella noche en su casa porque un vecino de su edad había venido a jugar con él. Habían sido “descubiertos” y la amenaza de expulsión pendía sobre la familia.

“Esos niños clandestinos y subversivos no creamos ningún problema a Suiza”, pero se les negaba la entrada al país. “En las negociaciones económicas, denuncia, no hay ninguna vacilación. Cuando se trata de dinero, la circulación es más fácil”.

Explicar claramente los riesgos

La aprobación de la iniciativa contra la inmigración de masas el 9 de febrero  reactivó la alarma entre sindicalistas y todos aquellos que rechazan las políticas antiinmigrantes. “Hay que explicar claramente los riesgos que conllevan, incluida la violación a acuerdos internacionales en materia laboral y de derechos humanos que Suiza ha suscrito”, destaca, el abogado Marc Spescha.

“La gente no tenía una consciencia clara de las consecuencias”, acota el profesor Sandro Cattacin, de la Universidad de Ginebra, al evocar, a guisa de ejemplo, el impacto inmediato del 9 de febrero en las investigaciones y los intercambios académicos de Suiza.

Habla también de esa actitud antiextranjeros que gana terreno en Suiza. “A partir de los años 70/80 hubo un cambio muy importante. Christoh Blocher hizo que la UDC, un partido que era campesino, estable y conservador, pero para nada xenófobo, se convirtiera en representante de la acción nacional, la derecha suiza y la gobernabilidad de los campesinos. Fue ahí que entraron los discursos xenófobos en las instituciones y luego en los salones”.

“Hay una atmósfera que avanza rápidamente contra los extranjeros”, coincide el poeta y escritor Franz Hohler. “Es un peligro. Vivimos en medio de Europa, pero estamos fuera de Europa, es una gran paradoja, y si continuamos a votar en este sentido estaremos más aislados y no creo que podremos sobrevivir aislados”.

En este país, en el que hay tantas iniciativas, anuncia, yo voy a lanzar una para que la palabra “extranjero” sea reemplazada en todas nuestras leyes por la de “ser humano”.

Ecopop

La iniciativa de la Asociación Ecológica y Población, Ecopop, será sometida a escrutinio el próximo 30 de noviembre.

Pide que la inmigración neta –el número de inmigrantes menos el número de emigrantes– no supere durante tres años una media anual del 0,2% de la población residente y que al menos el 10% de la ayuda pública al desarrollo se destine a proyectos de planificación familiar voluntaria.

Alec Gagneux, miembro del comité de la iniciativa y sin afiliación política, explica que “EcopopEnlace externo quiere contribuir no solo a una calidad de vida sostenible en Suiza, sino también a reducir la inconcebible miseria en algunas regiones desfavorecidas del mundo”.

El grupo Ecopop, que milita por la reducción de la huella ecológica de la humanidad, sostiene que la planificación familiar voluntaria es un derecho fundamental proclamado por Naciones Unidos en 1968.

Critica la política de cooperación al desarrollo del Gobierno por descuidar el control de la natalidad en los países más pobres y concentrarse en otros proyectos.

La iniciativa recogió cerca de 119.000 firmas de ciudadanos suizos en menos de 18 meses, más de las necesarias para  someter a votación nacional una propuesta que requiere una enmienda constitucional.

Iniciativa contra la inmigración masiva

 El 9 de febrero, los votantes suizos aceptaron con 50,3% de los votos a esa iniciativa acuñada por la Unión Democrática del Centro.

La propuesta prevé que dentro de tres años Suiza tendrá que establecer cuotas máximas para la concesión de permisos de estancia y contingentes anuales para todos los extranjeros. Las limitaciones se calcularán en función de las necesidades del sector económico.

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swissinfo.ch

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