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Abandonar el monocultivo


El algodón, orgullo y carga de Tayikistán


Por Lioudmila Clot, de vuelta de Tayikistán, Dusambé-Khodjend


Dona Amonkulova en un campo de algodón orgánico en la provincia de Soghd.  (swissinfo.ch)

Dona Amonkulova en un campo de algodón orgánico en la provincia de Soghd. 

(swissinfo.ch)

Cultivo tradicional en Tayikistán, el algodón aún ocupa casi todo el terreno agrícola en esa exrepública soviética. Pero desde la caída de la URSS, el algodón no asegura la supervivencia de los campesinos. Reformas y la ayuda de ONG suizas, entre las soluciones.

El cultivo del algodón, tan suave, esponjoso y blanco, demanda mucho trabajo. La planta vive 200 días y exige cuidados constantes, como la escarda y el riego. Pero la tarea más dura es la colecta, que se realiza en este mes de septiembre.

Los recolectores deben extirpar rápida y cuidadosamente las fibras del algodón de su cápsula cuyas extremidades secas cortan como navajas.

“Llevábamos delantales atados al cuello durante la cosecha. Puede imaginarse cuántas veces debimos llenar esos mandiles con el algodón bruto para alcanzar los 40 kilos de peso”, recuerda Firuza, institutriz en Dusambé, la capital del país.

Como muchos estudiantes en esa época, Firuza se veía forzada a trabajar en los campos, durante los meses de septiembre y octubre. 

En Tayikistán, el algodón es un tema sensible. La gente no gusta hacer confidencias sobre su relación con el ‘oro blanco’, con el que unos se enriquecieron y otros empobrecieron. La producción algodonera se transformó en una decepción nacional.

“Tal vez podríamos estar orgullosos de su cultivo si pudiéramos saber cuál será su destino. Pero hoy, nuestra única certeza es que enriquece a la élite en el poder y a los revendedores, que hacen el negocio con el gobierno”, dicen algunos. 

Antigua república soviética

Tayikistán es la más pobre de las exrepúblicas de la Unión Soviética (URSS). En 1992, tras la caída de la URSS, se desató una guerra civil en Tayikistán que duró hasta 1997.

Emomalii Rahmon es el presidente del país desde 1992. Es su cuarto mandato de 7 años. Varias voces aseguran que su hijo podría sucederle en el poder. Tayikistán ocupa el tercer puesto en la lista de países corruptos, detrás de Irán y Afganistán en el índice del Instituto de Gobernanza de Basilea, una organización suiza sin fines de lucro.

Las montañas representan el 90% del territorio y las tierras irrigadas solo el 7%. Dos tercios de los 8 millones de habitantes viven de la agricultura. Un millón de trabajadores tayikos han emigrado, sobre todo a Rusia, que aseguran la mitad del PIB de Tayikistán.

Popularidad a la baja

Recorrimos los alrededores de Dusambé con los colegas del grupo mediático local e independiente ASIA-Plus. En la zona agrícola de Rudaki, donde apenas hace unos años la blancura del algodón se extendía por los campos hasta donde alcanzaba la vista, hoy, predomina el trigo.

Los campesinos tienen, en cierto modo, más libertad para elegir sus cultivos, tras la reciente entrada en vigor de una reforma agrícola. Las plantaciones de algodón han disminuido inexorablemente. Ocupan apenas el 60% de las tierras irrigadas en el país (100%, en la época de la Unión Soviética). 

En un camino agrietado por el sol, nos dirigimos a la región de Matcha, en la provincia de Soghd, no lejos de la frontera con Uzbekistán. Este oasis fértil e irrigado por los afluentes del Syr-Daria se encuentra en el valle de Ferghana. Aquí se cultiva algodón, arroz, frutas, hortalizas y cereales.

Tras el fin de la era soviética, los habitantes de Matcha conocieron tiempos difíciles. “Vi a gente que fue asesinada por un pedazo de pan”, recuerda uno de los colaboradores externos de la ONG ‘Better Cotton Initiative’, con sede en Ginebra, quien creció en esta región. “Tenía 11 años, y con mis amigos nos reuníamos en secreto en Uzbekistán para comprar trigo y otras provisiones”.

Entre tanto, este testigo de esa época de carestía concluyó sus estudios de agronomía y hoy se dedica a familiarizar a sus compatriotas con las tecnologías agrícolas occidentales. Pero a falta de maquinaria, hoy la azada y la pala predominan aún en los campos.

La unión hace la fuerza

Visitamos uno curso-seminario para los ingenieros agrónomos de la región.

“Si uno trabaja en grupo con la cooperativa Sarob, no es necesario pasar por dos o tres intermediarios para vender la cosecha. Solo se requiere de un exportador y un comparador internacional”, asegura Joachim Lenz, consultor agrícola de la agencia alemana de cooperación GIZ.

“¿Y cómo podemos convertirnos nosotros en exportadores?”, pregunta alguien entre la audiencia. Lenz se encoje de hombros y responde: “Por ahora es complicado, pero unidos pueden llegar al mercado exterior con un volumen de materia prima suficientemente importante que sea interesante al comprador”.

Los campesinos hacen una pausa para reflexionar. En Matcha, como en otras regiones rurales, son los hombres de más edad y con el rostro tostado por el sol quienes deciden. Eligen aceptar la oferta. “Este año tenemos la posibilidad de hacerlo, pues muchos hemos plantado el mismo tipo de algodón”, declaran. 

“En Tayikistán, a diferencia de África, por ejemplo, las personas que trabajan la tierra han sido escolarizadas”, observa Joachim Lenz. Casi todos saben leer y escribir, y algunos terminaron incluso los estudios superiores durante la era soviética. Pero tras la guerra, varios maestros o ingenieros eligieron la agricultura para sobrevivir, a falta de trabajo en el que se formaron.

Diversificación ventajosa

Lamentablemente, inteligencia y riqueza no van de la mano. En promedio, una familia campesina gana uno o dos mil dólares por temporada.

La diversificación de su producción podría incrementar sus ingresos y mejorar su calidad de vida.

Jamilya Yusupova, jefa del proyecto de la ONG Helvetas, trabaja con productores de verduras. “Tomemos el ejemplo de una familia volcada en sus cultivos. En sus parcelas puede producir 9 toneladas de pepinos, 9 de tomates, y cultivar lechugas, cebollas y damascos. Con la cosecha, esa familia recibe un ingreso bruto de alrededor de 6 000 dólares. El ingreso neto en el marco de nuestro proyecto ya era de 2 100 dólares en 2014. Este año aumentará a unos 2 200 o 2 400 dólares”, dice con orgullo.

Este año Helvetas organizó cursos de formación continua para 1 500 granjas. Con ellas son 8 000 las que han participado en esas actividades desde 2009.

Vida a crédito

Tras la cosecha, los campesinos se enfrentan a un desafío:¿A quién vender su producción y bajo qué términos?

Los hombres de negocios locales buscan cerrar contratos lo más pronto posible y obtener así ventajas. Los campesinos buscan prolongar el proceso, en espera de obtener los últimos precios del algodón para maximizar sus beneficios. Deben pagar los créditos que adquirieron en primavera para comprar las semillas y los fertilizantes para la temporada.

En ciertas regiones, algunas fábricas dedicadas a la limpieza del algodón entregan las semillas y el abono a los campesinos, que cubren el costo de estos productos con la entrega de su algodón, al final de la cosecha. En caso de una catástrofe natural, sequía o una mala cosecha, el agricultor no puede pagar su deuda, que se traslada automáticamente al año siguiente y con el correspondiente pago de intereses. 

El desafío ‘bio’

Helvetas impulsó también la producción orgánica en Tayikistán, con la cofinanciación de la ONG GIZ. La tarea exige cierta paciencia, ya que se requieren de tres años de trabajo para obtener la primera cosecha de algodón ecológico. Los dos primeros, la tierra debe purificarse de los abonos minerales y de las materias químicas tóxicas.“Un campesino utiliza unos 500 kilos de esos productos por hectárea de algodón”, explica Sherzod Abdurakhmanov, responsable de Helvetas en Soghd. Al inicio del proceso de purificación del terreno, el rendimiento de la parcela baja. Por ello subsiste el riesgo de que los agricultores se frustren y vuelvan a la producción tradicional.

“Hoy nuestro rendimiento es muy bajo: en promedio 2,5 toneladas de algodón bruto por hectárea, mientras que durante el periodo soviético era de unas 4 toneladas. Pero las décadas de explotación intensa, con pesticidas industriales, deterioraron gravemente el suelo. Si ahora no introducimos mejoras, los daños serán irreparables”.

El algodón ecológico posee ventajas innegables: si se libran las dificultades iniciales, se vende después a un precio un 20% superior al del algodón cultivado con pesticidas. Este año, los agricultores obtendrán 1 100 toneladas de este producto, con la ayuda de los especialistas de Helvetas. “No tenemos derecho al error, pues el bienestar de muchos que han creído en nosotros depende de este logro”, afirma Sherzod Abdurakhmanov.

Campesinos de la provincia de Soghd se dan un respiro. (swissinfo.ch)

Campesinos de la provincia de Soghd se dan un respiro.

(swissinfo.ch)

Acompañar el cambio

Según Abdurakhmanov, los granjeros no están aún listos para afrontar la competencia global. “En la Unión Soviética, la producción estaba planificada. El campesino debía sembrar un cierto número de hectáreas de algodón y entregar un determinado número de toneladas. Su responsabilidad terminaba ahí”.

Pero las cosas han cambiado. El agricultor debe ahora decidir por sí mismo qué sembrar, conseguir las semillas, cultivarlas, cosechar y vender su producción. “Necesitan obtener los certificados para comprobar que la tierra y el producto corresponden a los estándares exigidos”, agrega Sherzod Abdurakhmanov. Lo más tedioso es que todo esto no garantiza que el campesino pueda competir con los precios del mercado mundial”.

En esta fábrica, la fibra de algodón se transforma en hilo.  (swissinfo.ch)

En esta fábrica, la fibra de algodón se transforma en hilo. 

(swissinfo.ch)

Pero aumentar la producción de algodón sembrado con técnicas orgánicas solo puede beneficiar a los campesinos tayikos. El interés de los consumidores extranjeros es considerable. La cuestión es saber si el Estado va a respaldar este desarrollo de la clase campesina. El algodón orgánico no se utiliza en Tayikistán, y los hombres de negocios locales no aprecian que esa materia prima se les escape de las manos y parta directamente a Occidente. 

Este reportaje fue realizado en el marco de eqda.ch, un proyecto de intercambio entre periodistas suizos y de países en vías de desarrollo. 


Traducción del francés: Patricia Islas, swissinfo.ch

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