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La presidenta brasileña, Dilma Rousseff, abraza a una mujer indígena en la ceremonia de apertura de una conferencia sobre mujeres en Brasilia, el 10 de mayo de 2016

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Dilma Rousseff se va por la puerta trasera del palacio presidencial tras meses de tsunami político. Pero en todo este tiempo que estuvo en la palestra pública, nunca derramó una lágrima o abandonó la mirada desafiante con la que ahora deberá librar su última batalla, casi perdida, por el poder.

Durante todo este proceso, la primera presidenta de Brasil, de 68 años, insistió en que luchará hasta el final, mostrando su faceta más guerrera.

Ahora llegó uno de los momentos más difíciles de su vida: el Senado decidió por abrumadora mayoría que le iniciará un juicio político que puede durar hasta 180 días.

Se le acusa de utilizar préstamos de bancos estatales para ocultar déficit presupuestarios en 2014, año de su reelección, y en 2015. La exguerrillera de izquierda ha repetido una y mil veces que el proceso político es un golpe y por eso no renunciará.

Deberá ver por televisión cómo el hasta ahora vicepresidente Michel Temer, quien asume el mando del gigante sudamericano este jueves, inaugurará en agosto los Juegos Olímpicos de Rio que el expresidente Luiz Inacio Lula da Silva, mentor de Rousseff, conquistó en 2009.

No es poca cosa. Temer, su compañero de fórmula en dos elecciones, se ha convertido en los últimos meses en un "traidor" y "jefe conspirador", en palabras de la propia Rousseff.

Qué lejos parece haber quedado el Brasil de hace cinco años, cuando Rousseff recibió el 1 de enero de 2011 de manos de Lula la banda presidencial y heredó su abrumadora popularidad y un país económica y políticamente estable.

Ambos lograron ubicar a Brasil entre las economías emergentes más importantes del globo y se convirtieron en un modelo de cómo reducir la pobreza.

Ahora la salida del poder de esta exguerrillera pone fin a una era de 13 años de gobierno de izquierda del Partido de los Trabajadores (PT).

- "Accidente presidencial" -

Desde sus tiempos de ministra, Rousseff se ganó una reputación de tecnócrata firme y severa. Como bien se sabe en Brasilia, Rousseff manda, no negocia. Y en el poder, Rousseff, calificada como la 'dama de hierro' brasileña, quemó los puentes que años antes construyó su antecesor.

Sus simpatizantes afirman que esa actitud es de determinación; sus críticos, de arrogancia.

Hoy, la aprobación de la presidenta está en mínimos históricos y el país atraviesa la peor recesión en décadas. La crisis está agravada por el megaescándalo de corrupción en la estatal Petrobras, por el que fueron arrestados varios políticos de su partido, y que tiene al propio Lula en la mira.

Analistas coinciden en que su elección en octubre de 2010 es un clásico "accidente presidencial", ya que nunca antes había sido elegida para ningún cargo y su candidatura fue impuesta por Lula.

- "Papisa de la subversión" -

Rousseff nació el 14 de diciembre de 1947 en Belo Horizonte (sureste), en una familia de clase media formada por un inmigrante búlgaro y una maestra de escuela.

Marxista, entró en la resistencia contra la dictadura militar (1964-85), que la torturó y en 1970, con 22 años, la condenó a prisión por pertenecer a un grupo armado clandestino, responsable de asesinatos y robos bancarios.

Una foto en blanco y negro la inmortalizó para siempre frente al tribunal militar, la mirada desafiante.

Su participación en la lucha armada está envuelta en una nebulosa, pero la mayoría de los informes coinciden en que tuvo una labor de apoyo y no estuvo involucrada directamente en operaciones de comando ni en asesinatos.

Con todo, el juez que la condenó la llamó "papisa de la subversión" y en esos casi tres años que pasó en prisión fue torturada, según reveló el periodista Ricardo Amaral en una biografía de la mandataria, donde apareció la fotografía inédita de Dilma ante los jueces militares.

Dos veces separada, la mandataria tiene una hija, Paula, de su matrimonio de 30 años con su segundo esposo, el también exguerrillero de izquierda Carlos de Araujo, y dos nietos con los que exhibe su lado más tierno.

Rousseff tampoco escapó a la obsesión nacional por las cirugías plásticas: se blanqueó los dientes, se trató las arrugas, y más recientemente hizo una dieta con la que perdió más de 15 kilos.

Pero la pesadilla de su segundo mandato, sin embargo, se refleja ahora en un rostro ojeroso. "Duermo bien, no tomo somníferos", aseguró recientemente la mandataria.

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