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Un manifestante le pinta la cara a un compañero durante una protesta el 3 de mayo de 2012 en Londres contra el uso de energías fósiles y la política de las empresas energéticas

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Cuatro meses después de la euforia de la COP21, 160 países firmarán el viernes en la ONU el acuerdo de París sobre el clima, cuya aplicación implica que la economía mundial dé la espalda a las energías fósiles.

Esa ceremonia de firma "tiene ante todo una función simbólica muy fuerte", pero será también la "ocasión de consolidar la dinámica surgida del acuerdo de París" logrado el 12 de diciembre pasado por 195 países, estima Pascal Canfin, exministro francés y director de WWF France.

Unos 60 jefes de Estado estarán presentes en Nueva York, entre ellos el francés, François Hollande; así como el viceprimer ministro chino, Zhang Gaoli; el primer ministro canadiense, Justin Trudeau; y el secretario de Estado estadounidense, John Kerry.

En total, 160 países estarán representados, según la ministra francesa del Medio Ambiente, Ségolène Royal.

La adopción del texto en París, que puso fin a años de complejas y laboriosas negociaciones, "no quiere decir que las partes se adhieren automáticamente al acuerdo", recuerda Eliza Northrop, del World Resources Institute. Son necesarias todavía dos etapas: la firma (abierta hasta abril de 2017) y la ratificación en función de las reglas nacionales (votación por el Parlamento, decreto, etc.)

Formalmente, para entrar en vigor, el acuerdo de París tiene que ser ratificado por 55 países que representen el 55% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero.

"Una entrada en vigor rápida", quizá en 2017 o 2018, "permitiría enviar un mensaje político", señala Laurence Tubiana, la negociadora francesa. Y el tiempo apremia: "estamos lejos del objetivo de un alza limitada a 2°C" y, para que haya una posibilidad de respetar ese límite, "las acciones anteriores a 2020 son muy importantes", recalca Tubiana, recordando que el acuerdo de París dio un marco para "acelerar las transformaciones hacia una economía sobria en carbono".

"Para aplicarlo, los Estados deben ahora organizar su transición energética, que pasa por una reorientación de las inversiones", resume Celia Gautier, de la ONG Réseau Action Climat.

- "No hay varita mágica" -

Buenas noticias para el clima: las energías renovables registraron en 2015 un crecimiento récord de +8%, los precios bajos del petróleo frenan las inversiones costosas de los grupos petroleros (Ártico, 'offshore') y el sector del carbón no va bien.

En Estados Unidos, con la competencia del gas natural, cede terreno. La semana pasada, el mayor productor estadounidense, Peabody, se declaró en cese de pagos y unas 250 centrales cerraron, según la ONG Sierra Club.

En China, el consumo bajó en 2014 y 2015, a raíz, ciertamente, de la desaceleración de la economía, pero también de la voluntad del Gobierno de luchar contra la contaminación del aire. Pekín anunció recientemente la suspensión de casi todos los proyectos de centrales a carbón.

No obstante, las necesidades en infraestructuras energéticas son enormes y está prevista la construcción de cientos de centrales a carbón (India, Turquía, Indonesia, etc.).

"Sabíamos que el acuerdo de París no sería una varita mágica que borraría todos los proyectos nefastos", reconoce Celia Gautier.

Tasa o mercado de carbono, fin de las subvenciones a las energías fósiles, normas de emisiones en la industria, desarrollo de transportes limpios, apoyo a las energía renovables y a la eficacia energética, lucha contra la deforestación, cambio de las prácticas agrícolas: los países tienen un gran abanico de sectores en los que actuar para respetar sus compromisos sobre las emisiones.

El respeto por parte de los países ricos de las promesas de ayuda a los países en vías de desarrollo condicionará también inversiones más 'verdes'.

Por su parte, el sector financiero tendría que desempeñar un papel clave.

Hay ahora "una percepción creciente de los riesgos ligados a las inversiones a largo plazo en las actividades" energéticas, afirma Alden Meyer, de la ONG Union of Concerned Scientists. El último ejemplo en la materia es la revuelta de los accionistas de Exxonmobil para lograr una estimación de las consecuencias de las políticas en favor del clima sobre las actividades del grupo.

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