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Habitantes sirios que huyen de la parte este de Alepo caminan por Masaken Hanano, antiguo bastión rebelde retomado por las fuerzas del régimen la pasada semana, el 30 de noviembre de 2016

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"Perdí a mi hijo mayor, mi trabajo, mi casa". Fawwaz Al Ashaari enterró su vida, rota, en Alepo Este y dejó, igual que decenas de miles de civiles como él, este sector rebelde, donde las tropas del régimen sirio han ganado terreno.

"Ya no quiero perder nada más", dijo a AFP este padre de familia de 56 años en un centro de acogida dirigido por el poder en el pueblo de Jibrin, al norte de Alepo, la segunda ciudad de Siria, que el ejército intenta reconquistar totalmente con una amplia ofensiva.

Fawwaz huyó a principios de semana con sus cuatro hijos de Sajur, un barrio controlado por los rebeldes que cayó, como otros, en manos de las tropas del régimen y sus aliados.

En el centro, en el que viven cientos de desplazados, una multitud espera para inscribirse y poder recibir víveres, colchones y mantas.

Sentado en el suelo y pegado a su maleta negra, Fawwaz se muestra decidido a salvar al resto de su familia tras haber perdido a su esposa, muerta "de tristeza", según él, después de que su hijo mayor fuera alcanzado por un obús.

"El resto de mis hijos solo piden vivir en seguridad, han visto la muerte en varias ocasiones", indica Fawwaz, que solía regentar una tienda de muebles. "Quiero que conozcan la vida".

- "Las seis horas más largas de mi vida" -

La muerte ha atormentado a los habitantes de Alepo Este, un sector en manos de los rebeldes desde 2012 y en el que el ejército, apoyado por su potente aliado ruso, ha lanzado varias ofensivas para recuperarlo.

En el centro de acogida, tres militares rusos distribuyen alimentos a las familias, afectadas por una grave escasez, fruto del sitio impuesto por el régimen al este de Alepo desde hace cuatro meses.

Nawwara, de 14 años, cuenta el número de personas que tiene delante en la fila, impaciente por comer algo.

La víspera, aún estaba con su madre en un barrio rebelde cuando ésta le dijo "nos vamos", explica, agregando que desde su habitación vio cómo sus vecinos abandonaban la zona apresuradamente.

"Hacía tres años que no teníamos carburante en casa", confía por su parte Abdel Latif, de 56 años, calentándose las manos cerca del fuego.

Otros siguen recuperándose de la larga travesía realizada desde las zonas rebeldes hacia las gubernamentales.

Estirando las piernas, Um Munir, de 55 años, dice estar agotada tras su salida de Masaken Hanano, primer barrio rebelde que cayó en manos del régimen. "El trayecto a pie duró seis horas, las horas más largas de mi vida".

"Íbamos de barrio en barrio hasta llegar a las barricadas del ejército", añade, temblando de frío.

Exhaustos, los desplazados llegan en autobús hasta Jibrin, donde se les proporcionan primeros auxilios y los heridos más graves son evacuados.

En cambio, para los rebeldes que entregaron sus armas, el proceso es más complicado.

Los soldados sirios registran su nombre y conservan sus documentos para comprobar que han hecho el servicio militar o si están siendo buscados.

"Los rebeldes tienen que regularizar su situación en primer lugar y, a continuación, el Estado tomará las medidas adecuadas", explica el gobernador adjunto de Alepo, Abdel Ghani Kasab.

"Al principio, tenía miedo de que el ejército me detuviera pero no tenía elección", señala Ahmad, un rebelde de 40 años procedente de Sajur, mientras espera en el centro de Jibrin a que se decida su suerte.

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