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Un grupo de personas pasea mientras las banderas francesas ondean a media asta, tras los ataques durante las celebraciones del Día de la Bastilla, en Niza, Francia, el 16 de julio de 2016

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Los franceses viven un verano estresante, con patrullas militares en las playas y en las calles, e intentan adaptarse a la idea de que la amenaza de nuevos atentados es una posibilidad constante.

"Es algo novedoso para nosotros. Hay países, como Israel, donde el riesgo terrorista es cotidiano. Hablamos incluso de una 'israelización' [de la sociedad], pero incluso Israel no ha conseguido impedir atentados. Encontraremos la manera de habituarnos", resume la psicóloga Evelyne Josse.

"Cómo resistir", titulaba el semanario Le Point después del atentado que el 14 de julio dejó 84 muertos y centenares de heridos en Niza, la principal ciudad de la Costa Azul, y quince días antes del asesinato de un cura degollado en su iglesia. Ambos ataques fueron reivindicados por la organización yihadista Estado Islámico (EI).

Las autoridades desplegaron un centenar de policías en las playas, para prevenir ataques similares al de junio de 2015 en la estación balnearia tunecina de Susa, que costó la vida a 38 personas.

Para no perturbar a los bañistas, los agentes llevan sus armas en una bolsa impermeable ceñida a la cintura.

En las playas de Cannes (sudeste de Francia) se prohibió el ingreso de personas con bolsos grandes que puedan disimular armas o explosivos.

- 'Traumatizados' -

Muchos franceses admiten que evitan las multitudes, sobre todo si están con sus hijos, después del atentado de Niza, cometido con un camión que embistió a los participantes en las celebraciones del día nacional. De los 84 muertos, diez eran niños.

"Estamos algo traumatizados (...). Nos lo pensamos cuando vamos a lugares públicos con mucha gente: teatros, cines y ahora a las iglesias", admite Françoise, una jubilada de 69 años, que prefiere no dar su apellido.

El asesinato de un sacerdote 85 años en una iglesia de Normandía (noreste de Francia) por dos yihadistas de 19 acabó de anonadar al país.

Como mecanismo de protección contra la angustia, hay quienes optaron por informarse con parsimonia.

"Tomé distancia con los medios; me informo, pero no en permanencia. Después del atentado del Bataclan, me quedé mirando la televisión hasta las cinco de la mañana. Ahora paré, porque me abruma", cuenta Norbert Goutmann, un abogado de 66 años que vive cerca de París.

Después de los atentados de noviembre de 2015, que dejaron 130 muertos en la sala de conciertos Le Bataclan y otros lugares de la capital, el abogado consultó a un psiquiatra, para tratar de "apaciguarse".

Los días de sol, que este verano no son muchos, las terrazas de los cafés parisinos y los paseos al borde del Sena están constantemente repletos... y protegidos por grupos de militares armados con fusiles de asalto que patrullan las calles y los lugares turísticos. En el metro se multiplican los anuncios de cortes de líneas "a causa de un paquete sospechoso".

Y también se multiplican los incidentes. Un joven sembró el pánico en una playa de Gruissan, en el sudeste, paseándose con un arma falsa. Frente a las costas de Marsella, tres individuos fueron detenidos tras gritar "Alá Akbar" a bordo de un barco que parecía dirigirse hacia la gran ciudad del Mediterráneo.

- Festejos anulados -

Las autoridades anularon por precaución numerosos festejos tradicionales, como los fuegos artificiales del 15 de junio; o de carácter cultural, como los festivales de cine al aire libre.

"Estamos en una situación de guerra. En consecuencia, en ciertos momentos hay que prohibir las celebraciones si no se respetan las normas de seguridad", afirmó esta semana el ministro de Defensa, Jean-Yves Le Drian.

Las manifestaciones populares autorizadas se celebraron sin embargo con bastante éxito, ilustrando la necesidad de la población de intercambiar ideas y de compartir momentos positivos.

En otras, como las Fiestas de Bayona (sudoeste), que combina tradiciones y corridas, se registró una baja de frecuentación de un 20%. "El ambiente era diferente. Uno se la pasa vigilando realmente lo que ocurre alrededor", dice Noëlle Ausquy, de 49 años.

Hay también quienes adoptan un tono de desafío, bajo el lema "No me da miedo", que se enarboló en la parisina Place de la République después de los atentados de noviembre.

"Dáesh [acrónimo en árabe del EI] amenaza Marsella, y yo amenazo a Dáesh", escribió en su cuenta de Facebook un joven marsellés, Mohamed Nenni, antes de agregar un vídeo plagado de injurias que fue visto por 300.000 personas en 24 horas.

"Vuestra ideología medieval no nos atemoriza", proclamó por su lado un grupo nacionalista corso clandestino, que amenazó con una "respuesta decidida y sin vacilación" en caso de ataque yihadista.

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