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Un hombre camina delante de una cooperativa, 'Shanghai', con el principal edificio de la Universidad del Estado de Moscú al fondo, el 19 de mayo de 2016 en la capital rusa

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Muchos rusos han transformado los garajes en talleres clandestinos de una economía informal de subsistencia, donde, entre otras actividades, montan muebles, hornean pan o ahúman pescado.

Las 'cooperativas de garajes', construidas en los años '60 y '70 a los pies de los edificios de viviendas soviéticos, acogen hoy en día talleres y pequeños comercios que forman una economía sumergida a la sombra de las estadísticas oficiales y son una actividad vital en ciertas regiones en recesión.

A lo largo de esta 'calle', los hombres se afanan en reparar los coches mientras que en un pequeño bar un militar jubilado sirve té, barritas de chocolate, pescado seco e incluso pinchos cuando los habituales avisan con antelación.

En uno de los lugares, dos obreros con mono reacondicionan un BMW en un ambiente con olor a pintura fresca. Uno de los obreros, de 22 años y originario de Uzbekistán, dice que repara coches desde hace seis años en los garajes para "clientes habituales, amigos".

Los ingresos se reparten a medias entre el propietario y los empleados.

Todos los trabajadores de 'Shanghai', una cooperativa que reagrupa centenares de garajes en Moscú, han preferido mantener su anonimato, pues la zona está en el punto de mira de las autoridades y acoge sobre todo a migrantes de Asia central no siempre con los papeles en regla.

Situada en el centro de la ciudad, a dos pasos de la Universidad del Estado de Moscú, la zona está destinada a la destrucción e incluso una parte de ella ya quedó reducida a escombros.

Pero en el resto de Rusia, donde el nivel de vida es mucho más bajo, estas pequeñas empresas en los garajes están a menudo toleradas por las autoridades y se han diversificado más allá del mantenimiento de coches.

Por ejemplo, en algunos pueblos costeros, los garajes se convirtieron en pequeños inmuebles alquilados a los turistas.

- Escuderías electrónicas -

"La gente trabaja en los garajes para reducir los costes y mantenerse alejados de las autoridades, con las que buscan tener el menor contacto posible", explica Sergueï Seleïev, investigador del fondo Khamovniki, que acaba de publicar un estudio sobre la gran diversidad de actividades de estos talleres.

Según Seleïev, en algunas ciudades este tipo de sustento puede representar entre 5% y 15% de la población activa, a veces registrados como empresarios individuales, otras veces en la ilegalidad, con ingresos a menudo superiores a la media.

La cantidad es poco variable y resiste igual de bien a la modernización que conlleva los períodos de prosperidad como a los tiempos de crisis.

- 'Supervivencia económica' -

Los garajes siempre han desempeñado un papel social clave, afirma Svetlana Barsoukova, profesora en la Escuela Superior de Economía de Moscú. En la época soviética permitían almacenar viejos objetos acumulados. Los hombres se reunían allí sin distinción social, fuera de los pasatiempos "oficiales" supervisados por las autoridades comunistas, y hablaban de política sin miedo.

Tras la caída de la URSS, muchos rusos se van al extranjero a comprar mercancías que más tarde revenden en su país. Así, los garajes se convierten en los almacenes de estos productos importados.

Actualmente, los garajes ofrecen un medio de supervivencia en las ciudades medias alejadas de la capital donde los empleos son escasos y poco remunerados. Y las autoridades cierran los ojos.

"Es un acuerdo entre el pueblo y el gobierno", observa Barsoukova. El poder cierra los ojos ante el incumplimiento de las normas fiscales o laborales. La población, por su parte, acepta las dificultades económicas, el bajo nivel de los salarios y de las pensiones, y se las apaña.

La crisis actual no hace más que animar a arreglárselas solo, juzga esta experta. "La energía de la población no va hacia la protesta política sino hacia la supervivencia económica", afirma.

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