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Unos jóvenes iraquíes en un acto de recuerdo a las víctimas de un atentado en el café Al Furat de Balad, en Irak, antes de la final de la Champions, el 28 de mayo

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Con una camiseta rosa de Cristiano Ronaldo, Ali Qais mira nervioso a los jugadores del Real Madrid en una de las pantalla del café Al Furat, sentado en un sofá agujereado por dos impactos de bala.

Hace dos semanas, unos hombres dispararon con armas automáticas y arrojaron granadas en ese café de la ciudad iraquí de Balad, 80 km al norte de Bagdad.

Mataron a diez personas en el mismo lugar donde Ali y sus amigos miran la noche del sábado la final de la Champions.

"Esta noche, para nosotros esto es más de que un partido de fútbol", comenta este iraquí de 29 años, "es un desafío a Dáesh", el acrónimo en árabe de la organización yihadista radical Estado Islámico (EI), que controla amplias zonas de Irak y Siria.

"Hasta hace poco, estoy seguro de que Ronaldo no había oído hablar nunca de Balad. Pero luego ha llevado un brazalete negro por nuestros mártires", añade delante de un cartel del entrenador del Madrid, Zinedine Zidane.

El EI reivindicó el ataque contra el café Al Furat, nombre en árabe del río Eufrates, que atraviesa Irak, pero las razones precisas de este ataque parecen perderse en la nebulosa de la guerra.

Esta matanza en el café deportivo suscitó una ola de simpatía entre los amantes del fútbol, incluyendo en el Real Madrid. Sus jugadores llevaron brazaletes negros el último partido de la Liga española.

"La reacción del club nos llegó al alma", asegura Qasem Isa, comerciante de 39 años que fundó hace siete años el club local de hinchas del Real Madrid.

"Por supuesto que antes del atentado habíamos planeado mirar la final de la Champions aquí. Y luego hubo dudas, pero nosotros insistimos para pasar la velada aquí, para mostrar nuestra fuerza", dice.

- '¿Porque nos gusta el fútbol?' -

En el amplio jardín del café Al Furat, decorado con guirlandas de bombillas de colores y carteles que representan a las víctimas, responsables, vecinos y poetas se suceden para rendirles homenaje.

Decenas de policías armados con fusiles de asalto están desplegados alrededor del café y registran a los jóvenes que llegan para presenciar la final.

Los supervivientes de la matanza del 13 de mayo se quedaron en casa, pero muchos jóvenes de Balad, que perdieron a amigos y hermanos, lloraron durante la ceremonia.

"Fui el primero en entrar en el café después de que la gente saliera, corriendo, gritando que era un ataque", cuenta Firas Hatef. "Lo primero que vi cuando entré, pistola en mano, fue a mi hijo Sajad, de 17 años, tumbado boca abajo, muerto".

"Tenía una herida de bala en la cabeza y otra en el cuello", dice. "También perdí un hermano en el atentado. ¿Todo esto porque nos gusta ver jugar a nuestro equipo?"

El EI y otros grupos yihadistas desprecian el fútbol, que consideran un producto de la sociedad occidental, y atacaron varios estadios y salas deportivas.

Un kamikaze se hizo explotar el 26 de marzo en una entrega de premios después de un torneo de fútbol local al sur de Bagdad, y mató a 30 personas, entre ellos muchos adolescentes y niños.

En la final de la Liga de Campeones, Ali Qais quería que su admirado Ronaldo "marcara al menos un gol". Y la estrella del club 'merengue' marcó el penalti de la victoria. El café Al Furat vibró con una felicidad contenida, y los hinchas lloraron pensando en sus familiares y amigos desaparecidos.

La prórroga concluyó con un empate 1-1, y los lanzamientos de penaltis prolongaron el partido más allá de la medianoche, la hora del toque de queda impuesto en Balad por razones de seguridad.

Los seguidores apasionados que se arriesgaron a quedarse hasta el final del partido, se marcharon rápido a casa.

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