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Capitana


"Experiencias humanamente increíbles"


Por Sonia Fenazzi, Lugano


 (swissinfo.ch)
(swissinfo.ch)

La vela era su pasatiempo. Hoy su barca y sus competencias en la navegación en altamar se han convertido en las herramientas que la comandante Cristina Lombardi pone a disposición para ayudar a jóvenes en dificultad a encontrar de nuevo su sendero de vida.

Su vida, con las velas bien desplegadas, ha sido marcada por cambios abruptos de ruta. Las dificultades la estimulan: “Es cierto que a veces yo misma las busco”, admite riendo.

Sin embargo, en su hogar en Lugano, nos sorprende constatar que esta mujer de 55 años, acostumbrada a afrontar, intrépida, las trampas de mares y océanos, parece casi intimidada por nuestra intrusión en su vida privada. Es evidente que Cristina no gusta de estar bajo reflectores. Minimiza continuamente sus méritos para subrayar aquellos de sus colaboradores.

Su fuerza de carácter se revela al responder a nuestros cuestionamientos. Confiesa que venció sus temores con una simple divisa: “Si los otros pueden hacerlo, yo también soy capaz”.

Arquitecta, creadora de sitios web y marinera

Esta estrategia la aplica desde los once años, cuando inicio el colegio. “Fueron tres años durísimos. Tenía miedo de no resistir, el sistema escolar a la antigua era muy autoritario. Por eso tuve que convencerme de ese modo de que podía”. Y siempre me funcionó.

Como ocurrió en 1998, cuando -a la edad de 40, casada y madre de tres hijos, uno de 11 años y dos gemelos de ocho-, renuncia a su profesión de arquitecta para iniciar una nueva formación: creadora de sitios web. “Algunos meses antes, no sabía ni encender un ordenador”.

Al filo de sus 50 años, la tesinesa sintió de nuevo los ganas de cambio. El llamado del mar se intensificaba para ocuparse de “una droga que crea dependencia”, la vela. “No la vela entendida como deporte de lujo, sino la vela ‘esencial’, que permite afrontar el mar, sus dificultades y sus desafíos”.

Navegar en altamar entusiasma a Cristina desde los 17 años, luego de un viaje en un barco de remos de Locarno a Venecia, organizado por un profesor del liceo. “Fueron las primeras vacaciones que pasé sola, sin mis padres. Las viví como una explosión que engendró mi pasión por ese tipo de vida, la aventura”.

Dos años más tarde, la joven emprende sus primeras travesías en vela a lo largo de la isla de Caprera, en Cerdeña, donde irá cada año.

Trasatlántico en solitario

En mayo de 2006, un episodio decide su futuro durante una travesía en grupo de las Azores a la Bretaña. Una gran tempestad los toma por sorpresa y Cristina teme no poder llevar a puerto a su tripulación. Todos llegarán a tierra firme sanos y salvos, pero con una embarcación medio destruida.

En ese momento, Lombardi decide hacer la travesía del Atlántico en solitario. Entre los recuerdos de ese desafío conserva en casa un diente de cachalote de Azores en el que se inscribe ‘ZenZero’, el nombre de su velero.

La vela en altamar, actividad educativa

Una bella experiencia, el trasatlántico en solitario, pero Cristina estima entonces que eso no tiene ninguna utilidad para los otros. Así inicia una idea que ya se cocinaba a fuego lento en su mente tras la tempestad a la que debió enfrentarse en Bretaña. Fue allí que hizo amistad con integrantes de un proyecto de navegación con base en la pedagogía de la aventura. “Si bien siempre creí que el velero podía ser una buena escuela de vida, jamás pensé en realizar una actividad educativa. Ese proyecto fue la chispa“.

Inspirada en esa fórmula, con el fruto de 30 años de experiencia y de un balance de óptimos resultados, la suiza inició un proyecto similar en el Tesino. En Lugano, junto con otros aliados, funda en 2009 la asociación Il Sorgitore, que ofrece un programa de tres meses de navegación a vela en altamar, como método educativo para la prevención y la recuperación de jóvenes afectados por disturbios psicosociales.

Se trata de jóvenes entre 15 y 20 años de edad, que no van ni a la escuela ni trabajan, y que no saben qué hacer con sus vidas, pero no son delincuentes ni toxicodependientes, precisa Cristina Lombardi.

“La participación de cada chico dura tres meses. El primero es para la adaptación: el grupo se forma, hay tensiones. Después se comienza a trabajar: se trata de compartir espacios restringidos, sin posibilidad de huir para adaptarse al ritmo, a las responsabilidades, al desarrollo de la confianza recíproca y a las diversas tareas a realizar”.

Mucha satisfacción

 La asociación propone también otros cursos de corta duración, destinados a otros tipos de problemas como las dependencias y las incapacidades físicas o mentales. Cristina Lombardi se consagra intensamente en todos estos programas. Ella y su embarcación están a disposición. Es la capitana, y también participa en todo lo que gira en torno de los cursos: la organización, la búsqueda de fondos, las tareas de manutención y los trámites burocráticos.

Un voluntariado que le entusiasma. “En la vida he sido muy afortunada. Me parece justo compartir con otros menos afortunados las competencias que he adquirido, dedicar algunos años de mi vida a un proyecto útil para los otros. Me provoca mucha satisfacción. Son experiencias humanamente increíbles.

Cristina ya tiene nuevas ideas para emprender: una casa en una isla para proyectos con jóvenes y una nueva barca para hacer un viaje-expedición a las latitudes extremas, Antártico-Ártico. Estamos seguros que sus planes se harán realidad, porque cuando ella emprende algo, se entrega completamente.


Traducido del italiano por Patricia Islas, swissinfo.ch



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