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Casco antiguo


Berna: una perla medieval a orillas del Aar


Por Sonia Fenazzi, Berna


El plano de fundación del siglo XII sigue intacto porque conserva la esencia de sus edificios adaptados a las necesidades continuas. Este ejemplo de renovación permanente ha hecho que el centro histórico de Berna figure desde 1983 en la lista del patrimonio mundial de la UNESCO.

Berna es el único centro histórico de Suiza que la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) considera como un sitio “cuya desaparición constituiría una pérdida irreparable para el mundo”.

La ciudad no quiere perder ese reconocimiento prestigioso. Por ende, ha fortalecido su política de conservación para encontrar un buen equilibrio entre las exigencias de la vida actual y las de la preservación del centro histórico. El casco antiguo “puede y debe ser utilizado, pero nunca estropeado”, sostiene el responsable municipal de la conservación de los monumentos, Jean-Daniel Gross.

Los berneses vivían, trabajaban y se divertían en esta estructura medieval. Las viviendas, oficinas, tiendas, restaurantes, bares, hostales, cines y teatros de una sociedad contemporánea multiétnica y globalizada tienen su lugar natural en los inmuebles antiguos, incluyendo las típicas bodegas con acceso directo a la calle, aquellas que originalmente fueron creadas para guardar vino y granos.

Diversidad en la homogeneidad

La que fuera la ciudad-estado más importante al norte de los Alpes desde 1536 hasta 1798, es hoy un testimonio del rigor urbano en la Edad Media, época en la que domina la arquitectura barroca tardía, pero en la que se observan elementos de diversos periodos. Al pasear por las calles de Berna, el visitante recorre siglos de historia a través de monumentos, torreones, iglesias, mansiones públicas y privadas, insignias corporativas y once fuentes del siglo XVI, diez de las cuales conservan su estatua original.

A primera vista surge la impresión de un conjunto perfectamente homogéneo. En realidad, las fachadas de piedra arenisca de color verde grisáceo presentan una gran variedad de formas y una profusión de obras decorativas sorprendentes.

Reflejo de una prosperidad sin ostentación, los edificios macizos parecen cofres que guardan tesoros en su interior. En la intimidad de sus palacios, los patricios daban rienda suelta a su opulencia. Detrás de esos muros sólidos y sobrios que lindan con la calzada se hallaban jardines, techos de estuco, frescos, candelabros y muebles valiosos.

Al resguardo de las invasiones

Fundada en 1191 por el duque Bertoldo V de Zähringer, la ciudad vieja nace sobre una península en el recodo del río Aar cuyo flujo la ciñe como un brazo en ademán protector. La morfología geográfica es hoy un marco natural que exalta su belleza, pero en las épocas de invasiones fue un extraordinario elemento de defensa natural.

En un periodo de guerras e invasiones, esa lengua de tierra en promontorio daba la enorme ventaja de estar protegida por los tres lados del río. Por tanto, hacía falta levantar un solo muro defensivo.
Berna fue edificada sobre la base de un terreno longitudinal adaptado a la topografía, con una calle principal amplia en el centro y calles laterales más estrechas. En las parcelas de terreno se construyeron casas, muy profundas, que siguen el curso longitudinal de este a oeste. El plano no incluía plazas ni dejaba espacio para callejuelas desordenadas.

La ciudad ha evolucionado, o mejor dicho se ha extendido en tres fases sucesivas. Los edificios han sufrido cambios en el curso de los siglos, pero los elementos constitutivos y todas las características estructurales del plano de fundación se mantienen invariables hasta hoy.

Donde nació la teoría de la relatividad

Al principio, las casas eran de madera. Tras el incendio de 1405 que destruyó dos terceras partes de la ciudad, los berneses la reconstruyeron con piedra de arenisca. La construcción de soportales y arcadas, característica esencial de la ciudad, se remonta a esa época.

Berna tiene seis kilómetros de soportales, cuya utilidad fue también elogiada por uno de sus ilustres habitantes. “Adoro Berna. Es una ciudad antigua, auténtica y alegre” (…) A ambos lados de la calle hay zaguanes y soportales que permiten caminar de un extremo al otro de la ciudad sin mojarse bajo una lluvia intensa”, escribía Albert Einstein a su futura esposa Mileva Maric, el 4 de febrero de 1902, poco después de su llegada a la capital suiza.

Es en pleno centro del casco viejo donde el genio de la física vivió y maduró algunas de sus ideas revolucionarias. Años después, el mismo Einstein escribió que la teoría de la relatividad nació en el número 49 de la Kramgasse. Aquel apartamento es hoy un pequeño museo.

El gallo siempre canta tres veces

Esa es sólo una de las numerosas atracciones que ofrece el centro histórico al visitante. Además de los edificios de carácter cultural o religioso, no pueden faltar los políticos porque Berna es la capital del cantón homónimo y también de la Confederación Helvética.

Poco importa si uno explora por su cuenta la Berna patrimonio mundial de la humanidad o lo hace con una visita guiada o acompañado de una audioguía de la Oficina de Turismo local. Lo cierto es que “la vista siempre se llena de belleza” durante un paseo por las calles, como dijo un turista de Gorgonzola frente a la emblemática Torre del Reloj.

Los visitantes acuden a admirar esta obra que es elemento principal de la segunda fortificación de la ciudad. Fue construida entre 1218 y 1220 y modificada en varias ocasiones. La Torre del Reloj entusiasma sobre todo por su mecanismo excepcional realizado entre 1527 y 1530. El artilugio acciona el martillo de la campana en la torreta, los dos relojes: el reloj astronómico y el carillón animado y el gallo que cada hora canta tres veces.

Cada hora, este espectáculo logra cautivar y entretener a personas de todas las edades que levantan la vista y durante cuatro minutos olvidan el ritmo frenético de la sociedad actual.


Traducción: Juan Espinoza, swissinfo.ch



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