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Punto de vista Esto no va de “nosotros” contra “ellos”, esto va de democracia (directa)

PV Francesc

Punto de vista por Francesc Tanarro

Por Francesc Tanarro

Una reacción al artículo de opinión “Cataluña se declara de facto independiente”Enlace externo, de Joan Costa Alegret, que publicamos la semana pasada.

Bandera separatista catalana

El sentimiento catalanista ha aumentado en los últimos años. 

(Keystone)

Debo reconocer que estoy de acuerdo en una cosa (o varias) con el Sr. Joan Costa Alegret. Reza en su artículo “Cataluña se declara de facto independiente”Enlace externo, publicado en openDemocracy y reproducido por swissinfo.ch, que “[…] es difícil, en vísperas de un referéndum/movilización que tendrá lugar el 1 de octubre en Cataluña, mantener la calma y la moderación [...]”.

Francesc Tanarro, natural de Tárrega (Lleida), es ingeniero industrial y reside en Suiza desde hace cinco años

Fin del recuadro

Admito que, al leer dicho artículo, he perdido la calma vespertina que reina en un tranquilo y silencioso viernes de la campiña suiza en la que vivo. He sentido la necesidad de pedir la palabra para contrastar las opiniones vertidas en ese artículo y swissinfo.ch, en un ejercicio de pluralidad que agradezco, ha recogido el guante, así que aquí me tienen.

Mi primera enmienda parte de la insistente idea de que todo esto es una veleidad romántica nacionalista-identitaria. Leyendo al Sr. Costa Alegret todo parece muy simple de entender: “los nacionalistas catalanes”, “los que se consideran los verdaderos catalanes”, tienen un perverso plan: la construcción de un relato de confrontación basado en un “nosotros” contra un “ellos” para justificar la independencia. Mi dialéctica no se mueve en esa lógica.

Pienso que esa simplificación es tendenciosa; un ejercicio de ‘reductio ab absurdum’ que intenta desacreditar al adversario. Como si eso le diera la razón a uno automáticamente. Creo más honesto intelectualmente exponer todos los hechos, los que nos van a favor y los que no, y dejar que el lector se haga su propia composición.

No se debería obviar la complejidad social del proceso catalán. De hecho, una de las claves de su éxito argumental es su transversalidad. El discurso identitario y etnicista quedó superado hace décadas. Para ser catalán solo hace falta querer serlo; se hable la lengua que se hable, se sea de donde se sea, se sienta uno de donde se sienta.

Si lo que se pretende es denunciar la existencia de un nacionalismo identitario etnicista, sí, existe, pero no es mayoritario. En cuánto asoma enseguida es censurado. No se puede articular una mayoría tan heterogénea apelando a la “pura cepa”. Me pregunto qué sentido tiene la dialéctica del “nosotros”, “el verdadero pueblo catalán” contra “ellos”, la pérfida Albión ¿Es el “verdadero pueblo catalán” el tradicional de barretina y espardenya o el hípster, pretenciosamente cosmopolita de gin-tonic-ensalada? ¿Es el de los barrios obreros con raíces andaluzas, extremeñas, gallegas… o el nacionalista de la burguesía catalana? ¿Lo es la izquierda anticapitalista y antisistema o la “gauche divine” burguesa? Y todos esos pueblos de España que se manifiestan avergonzados por la reacción del Estado, ¿son “ellos”?

No estamos ante un solo corpus “nacionalista” identitario, casi xenófobo (por supuesto…), que se reconoce como el “auténtico pueblo catalán”. El proceso catalán no es una cuestión identitaria sino de identificación. No es una cuestión etnicista sino internacionalista. No es elitista sino popular e interclasista. No es contra España, es a favor del autogobierno de Catalunya.

“Los nacionalistas catalanes están intentando imponer un referéndum ilegal para provocar una reacción por parte del Estado que impulse protestas masivas y facilite una mayoría que, hasta ahora, les ha sido imposible alcanzar.”

Si no se quiere recortar la fotografía a conveniencia, no se puede obviar que el nacionalismo gobernante de Pujol mantuvo el independentismo en la marginalidad política durante décadas. La cosa cambió cuando en 2010, como protesta por la sentencia del tribunal constitucional recortando el estatuto, la gente se echó a la calle. Grandes manifestaciones y la organización de referéndums simbólicos, convocados por pequeñas agrupaciones locales, que acabaron teniendo una participación de 1.5 millones de personas, hicieron reaccionar a los nacionalistas que presidían la Generalitat en ese momento. Muy a su pesar (conscientes del riesgo político, temerosos del destape de toda la trama corrupta que sustentaban y por ir en contra de los intereses económicos que representaban) se vieron obligados surfear un tsunami que los arrollaba. No les faltaban razones para tener miedo: Unió (nacionalista), extinta; Convergència (nacionalista), refundada y en caída libre; Pujol, imputado; el PSC (socialistas) residual; ICV (ecosocialistas) diluida. Los que se habían repartido el poder durante 40 años fueron barridos del mapa político. Atribuir, pues, el desarrollo de los acontecimientos a la “minoría nacionalista” para imponer su proyecto parece poco preciso.

Sobre la pretendida provocación de la “reacción por parte del Estado”, esa reacción es responsabilidad únicamente del propio Estado. El “se lo ha buscado porque iba provocando” me parece un argumento muy grave y peligroso. La historia está plagada de “reacciones del Estado” ante su cuestionamiento: cuando la España liberal reformista ha asomado la cabeza, la España tradicional-nacionalista la ha aplastado, y cuando no, esa España liberal se ha acomplejado por temor a la reacción de la otra España. Las famosas dos Españas. Para muestra un botón: se podría haber pactado, pero al final el Estado responde mandando miles de policías a detener cargos públicos electos, atemorizar al personal y, llegado el caso, aporrear a gente desarmada que solo quiere votar. Pero esta vez no hay miedo.

Por otro lado, si una mayoría se moviliza a favor de hacer un referéndum (según todos los sondeos, entre el 70 y el 80% de los catalanes quieren un referéndum), se debe encontrar la manera legal de articularlo. La ley no puede obstaculizar la voluntad legítima del pueblo. Eso pervierte el sentido último de la democracia. El electorado catalán votó en las últimas elecciones programas políticos con un programa muy claro. A favor del referéndum (independentistas): 1.957.348 votos (47.74%); a favor, pero con una hoja de ruta alternativa (no necesariamente independentistas): 469.364 votos (11.45%); en contra: 1.605.563 (39.17%). Hay más síes que noes. El Parlament intenta llevar a cabo el mandato popular salido de unas elecciones “legalmente” celebradas. No veo ninguna minoría intentando imponerse a una mayoría.

Dos curiosidades:

Se reclama en el artículo la “restauración de la Democracia Representativa” en una publicación web llamada Democracia Directa, que es de lo que va el proceso catalán. Curioso.

El Sr. Costa Alegret, con nombre y apellidos catalanes, defiende legítimamente la unidad de España mientras yo, de apellidos castellanos, abogo por el referéndum y votaré sí: “el verdadero pueblo catalán”.

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