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Buta Singh (I), oriundo de Punyab, India, junto a su hermana Davinder Kaur y su hijo, Sahibjot Singh, en su casa en Kent, Washington, el 11 de enero de 2017

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En la primavera de 2013, Buta Singh, un sij de 34 años oriundo de Punyab, India, huyó de su país por temor a la persecución política y religiosa, con la ilusión de una nueva vida en Estados Unidos.

Su viaje se transformó en una extenuante y brutal odisea que se prolongó durante 10 semanas, luego en un arresto de 11 meses y desde hace varios años vive en un limbo legal sin fin a la vista y con la atemorizante perspectiva de la presidencia de Donald Trump.

Días atrás, en un tribunal de migración de Seattle (Washington, oeste), la sentencia sobre la solicitud de asilo de Singh fue fijada para el 8 de octubre de 2020.

"Sin paciencia no puedo lograr nada", admitió luego. "Solo quiero tener un lugar seguro, mi vida en India terminó".

Trump inició su mandato con una posición sin precedentes en política migratoria, bloqueando temporalmente la llegada de refugiados y ciudadanos procedentes de siete países de población mayoritaria musulmana y comenzando la construcción de un muro a lo largo de la frontera con México.

Pero la peripecia de Singh ilustra un nuevo y complejo aspecto de la continua evolución de la estrategia migratoria estadounidense, que la nueva administración, con su dura posición puede tener dificultades para manejar en el marco de las obligaciones legales de asilo del país.

Singh es uno de las decenas de miles de personas -procedentes no solo de América Latina- que intentan entrar a Estados Unidos en los años recientes, realizando peligrosas travesías por el hemisferio.

Aunque en número inferior a los centenares de miles de mexicanos y centroamericanos que llegan anualmente, estos emigrantes económicos y refugiados representan una significativa y creciente proporción de quienes alcanzan la frontera sur de Estados Unidos.

El año pasado Estados Unidos detuvo allí a 75.778 personas provenientes de países no centroamericanos, que intentaban entrar ilegalmente o fueron consideradas inadmisibles, un incremento de 59% en relación al año anterior, según datos de la autoridad fronteriza (Customs and Border Protection, CBP).

La mayoría de ellos provenía de Cuba (43.304) y Haití (6.503), luego de Brasil (4.665), India (3.622), Ecuador (2.996), China (2.595) y Rumania (2.569).

- "Oleada" -

"Siempre represento a gente contrabandeada desde Latinoamérica, lo que hace muchos años era excepcional, ahora es una oleada", dijo John Lawit, abogado de Texas que representa a Singh y a decenas de otros solicitantes de asilo.

El grupo incluye a emigrantes de países citados en una lista que incluye a Somalia, Siria e Irak, que no pueden entrar a Estados Unidos, considerados por Washington como particularmente vulnerables a la actividad terrorista, al igual que Pakistán.

La mayoría se presentó en los puestos fronterizos solicitando asilo -en lugar de intentar entrar ilegalmente- y ninguno de ellos ha sido relacionado con atentados.

Pero una orden ejecutiva emitida el 25 de enero caracteriza a la frontera sur como "un peligro claro y actual", agregando que "entre quienes entraron ilegalmente se encuentran quienes buscan dañar a Estados Unidos con acciones terroristas o conducta criminal".

Expertos afirman que redes criminales y emigrantes sudamericanos establecieron en las décadas recientes rutas cada vez más eficientes, atribuyendo el actual incremento de la emigración, al "boca a boca", a reclutamientos por parte de los traficantes, junto a la recesión en Brasil y los desastres naturales en Haití.

- "Creí que iba a morir" -

La peripecia de Singh pone de relieve los peligros que deben sortear quienes sueñan con establecerse en Estados Unidos.

Luego de que su padre vendiera tierra y pagara a los traficantes en India unos 40.000 dólares, viajó a través de Europa a Sudamérica y luego a Nicaragua. Desde allí, fue ocultado en sofocantes camiones de carga, cruzó ríos en destartalados botes y atravesó junglas.

Un traficante le robó su pasaporte en Surinam y militares hondureños le exigieron sobornos, afirmó. Siendo vegetariano, le era difícil encontrar comida y pasó largos períodos sin agua.

"Creo que nadie trata así a un animal. Creí que iba a morir", recuerda emocionado.

Singh llegó finalmente a la ciudad fronteriza de El Paso, Texas, donde solicitó asilo. Según la ley estadounidense, quienes entran al país sin visa son asimilados en los procesos migratorios a los que cruzan ilegalmente la frontera.

Sin embargo, los oficiales entrevistan individualmente a quienes expresan temores de persecución en sus países de origen. Si los consideran creíbles, pueden apelar contra la orden de deportación, en un largo proceso de asilo.

Quienes pueden probar su identidad y nexos con una comunidad -a través de un familiar o un empleador- pueden también obtener la reconsideración de su caso bajo palabra.

El Servicio de inmigración y naturalización estadounidense procesó en 2016 el doble de solicitudes que en el año anterior, señaló un portavoz.

Ello implicó un incremento de 25% en las solicitudes de asilo referidos a los tribunales migratorios, según datos de la oficina especializada (EOIR), del departamento de Justicia, que monitorea el proceso.

Los tribunales de los estados fronterizos del sur del país registraron un incremento de 21% en los casos de inmigrantes no centroamericanos.

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AFP