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Filmar en América Latina Cine guatemalteco contra prejuicios sociales

Una mujer frente a policías en una manifestación

Escena de La Llorona, de Jayro Bustamante (Guatemala), proyectada en el Festival Filmar en América Latina. 

(Filmar en América Latina )

Producir arte, desbordar la expresión estética y romper los prejuicios omnipresentes en la sociedad guatemalteca, constituyen las facetas complementarias del quehacer cinematográfico de Jayro Bustamante. Su obra, presente en Ginebra, en el marco del festival Filmar en América Latina.

Su tríptico está compuesto por La Llorona, el filme más reciente, del 2019, que disputa el Premio del Público Focus Sud. Junto con Temblores, del 2018, así como Ixcanul, su primer filme, elaborado en 2015, una de las películas guatemaltecas más galardonadas en toda la historia, con premios en los festivales de Berlín, San Sebastián, Montreal, Guadalajara, Cartagena y Rotterdam, por citar solo algunos.

Templo de los derechos humanos

Estar en Ginebra tiene una importancia particular, “por el significado de esta ciudad en cuanto a los derechos humanos”, señala Jayro Bustamante iniciando el diálogo con swissinfo.ch.

Los derechos humanos, subraya, deberían ser “una Biblia, una referencia para todos, una regla permanente para nuestra existencia”, reflexiona el joven director guatemalteco que comparte su vida entre su país natal y Francia.

Y tras su reflexión pasan como flashes, distintas escenas de las tres películas. Cada una, a su manera, constituyen reclamos en favor del respeto de los derechos esenciales de las personas.

El derecho a la vida, a la maternidad juvenil y al ser indígena en Ixcanul; el de la diversidad sexual y la aceptación de la homosexualidad masculina en Temblores; y el que condena a los crímenes de lesa humanidad, en La Llorona.

Romper prejuicios ancestrales

“Cuando empecé a producir películas, desde el mismo inicio, quería expresar mi descontento contra los tres insultos más corrientes que se escuchan en la sociedad guatemalteca: al indígena, al homosexual y al comunista”, explica Bustamante.

El primero, hacia el indio, una muestra del no-amor propio de la sociedad.  “Expresión de la discriminación al no encontrar orgullo en nuestro propio origen. Reflejo del rechazo de lo que en realidad somos nosotros”.

“El insulto hacia el hueco (ndr: sinónimo vulgar centroamericano de homosexual), expresa a una sociedad profundamente machista, homofóbica, y al mismo tiempo matriarcal. En Temblores, un filme de opresión, toqué ese tema de la forma más abierta y honesta posible”, explica.

Y en La Llorona, “salgo al cruce de las críticas degradantes hacia todo aquel que se ocupa de los derechos humanos, que tiene inquietudes sociales, que confronta la impunidad”. Sabiendo que filmar estas temáticas implican inmediatamente ser catalogado o criticado como “izquierdista, comunista, guerrillero”.

Memoria y justicia

La Llorona presenta, con una calidad artística superlativa, la etapa final de la vida de un general retirado del ejército guatemalteco. Acusado de genocidio y crímenes contra comunidades indígenas, este jefe militar vive encerrado en su propia casa, con su pequeña familia, ante la movilización popular permanente - en el perímetro externo del muro de la vivienda- de un pueblo que reclama justicia.

Temática muy presente en la historia contemporánea del país centroamericano, -desde el inicio de los años 60 hasta la firma de los Acuerdos de Paz en 1996-, en la cual la confrontación de una fuerte guerrilla contra diferentes gobiernos envolvió también a importantes sectores de la población civil.

Alma, una joven indígena, se incorpora al personal doméstico del general. El fantasma de la Llorona entrelaza la historia de ese genocida con una leyenda muy importante del folclore hispanoamericano. Según la tradición oral, la Llorona representa el alma penosa de una mujer que ahogó a sus hijos y luego, arrepentida, los busca con desespero y un llanto angustiante que la da su nombre.

Bustamante reactualiza y adapta dicha historia. “Decidí tomar ese tema complejo y vestirlo con una leyenda muy conocida. Fueron dos decisiones con la idea de poder llegar, también, a un público más joven -que solo consume horrores y superhéroes- y hablar del genocidio. Quitándole a la leyenda su peso misógino y transformando al personaje en una justiciera”.

Los crímenes contra la humanidad son tan relevantes, insiste el realizador guatemalteco, que era esencial encontrar la mejor manera para poder abordarlos, creando un espacio fílmico adecuado.

La recreación de la memoria y la reflexión sobre la justicia - que marca con enorme dramatismo, principalmente, la escena final de La Llorona- aparecen, así como una apuesta lograda de Jayro Bustamante. Con la convicción de “que son temáticas esenciales a ser tratadas en cualquier sociedad. No se pueden esconder cadáveres bajo la alfombra, porque en un momento llega a ser imposible caminar encima de la misma”, subraya.

Un realizador, dos mundos

El cine de Bustamante expresa su origen guatemalteco y su conocimiento directo de la cosmovisión indígena: “desde mi nacimiento hasta mi adolescencia viví con mi madre en una comunidad indígena”.

E integra, además, toda la fuerza estética de la cinematografía europea. “Pude estudiar en Europa. Me costó mucho llegar aquí. Hice enormes sacrificios.  Y fui incorporando positivamente esa posibilidad. Acepté el poder y el arma que obtuve aquí. Estoy consciente que el lenguaje cinematográfico me lo regaló Europa”.

Y aún más, “fue este continente el que me dio la libertad de continuar avanzando con un pensamiento crítico, que, si bien lo traía de Guatemala, ahí era más difícil de sustentar. Allá, en ese marco social tan particular, es muy difícil cuestionar la religión, la familia, ciertos valores conservadores dominantes, los insultos sociales”.

Bustamante se paseó por la Ginebra de los derechos humanos. Presentó en público, por primera vez en Suiza, todo el conjunto de su obra en el marco Filmar en América Latina, lo que considera una “oportunidad única y magnífica”. Y recordó con la fuerza de su cámara que el cine, además de un arte, puede ser el lenguaje apropiado para responder a los insultos más instintivos y retrógrados de cualquier sociedad humana.

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