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La humanidad unida


Patrimonio Unesco: una historia de éxitos




Gracias a una campaña internacional, el templo de Abu Simbel es todavía hoy un destino muy apreciado del turismo internacional. (Keystone)

Gracias a una campaña internacional, el templo de Abu Simbel es todavía hoy un destino muy apreciado del turismo internacional.

(Keystone)

Proteger y salvaguardar los bienes culturales y naturales para transmitirlos intactos a las generaciones futuras: tal es el ambicioso proyecto lanzado por la UNESCO en 1972 y que ha unido a la humanidad en una campaña en nombre de la belleza y la excepcionalidad.

¿Qué tienen en común la Gran Muralla china y la Torre de Pisa? ¿Machu Pichu y las cascadas de Victoria? ¿Los ferrocarriles réticos y la abadía de San Gall? Ciertamente, no el carácter, ni las dimensiones o el origen. Lo que unifica antiguas ruinas, parques naturales o arrecifes de coral es su excepcional e indiscutible valor artístico o natural.

Un patrimonio mundial que la Organización para la Educación, la Ciencia y la Cultura de las Naciones Unidas (UNESCO) ha identificado y catalogado en una lista que cuenta hoy con cerca de 900 sitios repartidos en 145 países, de los cuales 10 se encuentran en Suiza.

El objetivo de la UNESCO es ambicioso. “Se trata de proteger, valorizar y transmitir intactos para las generaciones futuras los más preciosos tesoros de la naturaleza, del arte, de la historia y de la cultura humana”, explica Oliver Martin, de la Oficina Federal de Cultura (OFC). Las amenazas que penden sobre este patrimonio son diversas: desde las guerras hasta el desarrollo salvaje pasando por el abandono. Todo ello sin contar la influencia del cambio climático y la evolución de la Tierra.

Frente a este preocupante cuadro, la UNESCO se ha empeñado en sensibilizar a la población y a las autoridades sobre la necesidad de salvaguardar estos lugares extraordinarios, fruto del saber y el ingenio humanos, así como del paciente trabajo de la naturaleza y el tiempo.

Una misión “revolucionaria”

Esta cruzada en nombre de la belleza y la excepcionalidad tiene su origen en la postguerra. Todo comenzó con el templo de Abu Simbel, en el Alto Egipto, amenazado por la construcción de la presa de Asuán. Si bien era necesaria, la edificación de esta barrera en el Nilo y el consiguiente desbordamiento del río amenazaban con anegar irremediablemente estos edificios nubios.
La UNESCO respondió al grito de alarma de las autoridades locales lanzando un plan de tutela que permitiese acelerar las excavaciones arqueológicas en el área de peligro. Pero muy en particular se trataba de desmontar y transferir los monumentos sagrados a una zona protegida. Unos 50 países ofrecieron contribuciones económicas a la causa, logrando de esta manera cubrir la mitad del costo total del proyecto.

El éxito de esta iniciativa abrió las puertas a otras campañas para la salvaguarda de bienes culturales en peligro. Otras campañas célebres fueron la tutela de la ciudad de Venecia o de las ruinas arqueológicas de Mohnjo-Daro, en Paquistán.
En 1972 fue ratificada en París la Convención sobre la protección del patrimonio mundial cultural y natural. Un instrumento que Oliver Martin define como “revolucionario” y a través del cual “la humanidad entera se compromete en favor de la protección y salvaguarda de bienes extraordinarios y fenómenos únicos”.

Suscrita por 186 países, la Convención establece vínculos precisos de protección, pero los diversos países siguen siendo los únicos responsables de la conservación de esta identidad colectiva. Las comunidades locales deben por tanto implicarse para garantizar la protección del sitio gracias a un plan adecuado de gestión y de promoción. Y sin olvidar que los sitios que figuran en la lista de la UNESCO pertenecen a los pueblos del mundo entero, independientemente del territorio en el que se encuentren.

Suiza, un pequeño país con diez sitios

La presencia de Suiza en la lista del patrimonio mundial de la UNESCO se remonta a 1983, con la inscripción del centro histórico de Berna, del convento benedictino de San Giovanni de Müstair, en los Grisones, y de la abadía de San Gall. Tres monumentos para un único viaje a través del tiempo: de la Edad Media del monasterio al Barroco de la capital, con una mirada al futuro gracias a la digitalización de los manuscritos guardados en la biblioteca.

Con el correr del tiempo, este muy prestigioso elenco se ha agrandado gracias al reconocimiento de los castillos de Bellinzona (2000), de los viñedos en terrazas de Lavaux (2007), de los ferrocarriles réticos en el paisaje Albula/Bernina (2008) y de las ciudades relojeras de La Chaux-de-Fonds y Le Locle (2009).

“Suiza es el único país alpino que puede enorgullecerse de poseer tres sitios inscritos en la lista del patrimonio mundial por criterios naturales”, explica Carlo Ossola, de la Oficina Federal de Medio Ambiente. Se trata de las regiones de Jungfrau-Aletsch Bietschhorn, inscrita en 2001 y considerada casi como el mayor símbolo turístico del país, del Monte San Giorgio (2003) y el Área Tectónica de Sardona (2008).

Patrimonio mundial

Entre los objetivos de la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) figura la salvaguarda del patrimonio cultural y natural que posee un “valor universal excepcional”.

En 1972 los miembros de la UNESCO adoptaron una Convención internacional que establece una lista del patrimonio mundial de la humanidad.

Los Estados signatarios se comprometen a proteger los que se encuentran en su territorio. En la lista figuran a día de hoy casi 900 sitios protegidos en 140 países.


(Traducción: Rodrigo Carrizo Couto), swissinfo.ch



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