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El gobernador del distrito afgano de Bati Kot, en la provincia de Nangarhar, Haji Ghalib (C), inspecciona junto a varios subordinados un puesto de seguridad en el área, el 17 de enero de 2017

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Dos amigos afganos estuvieron encarcelados juntos en Guantánamo, pero siguieron caminos opuestos tras su liberación: uno se convirtió en yihadista del grupo Estado Islámico (EI), el otro se unió a la coalición liderada por Estados Unidos que combate al grupo radical.

Haji Ghalib y Abdul Rahim Muslim Dost, cuya amistad nació de la pasión que ambos compartían por la poesía, se conocieron tras una redada posterior a los atentados del 11-S en Estados Unidos, tras la que fueron enviados a la prisión de Guantánamo, ubicada en Cuba.

Su caso es un ejemplo del fallido legado que ha dejado Guantánamo en términos de lucha contra el radicalismo, mientras que el presidente Donald Trump parece estar dispuesto a dar un giro de 180º en los esfuerzos del anterior Gobierno estadounidense en este ámbito.

"Guantánamo es el peor lugar de la Tierra", dice Ghalib, quien, con su cara surcada por profundas arrugas, calcula que tiene 49 años.

"Cada día me hago las mismas preguntas: '¿Por qué me detuvieron?, ¿por qué arruinaron cinco años de mi vida?, ¿por qué no hay justicia ni compensación?'".

Tras haberse granjeado una reputación como un temido comandante contra soviéticos y talibanes, Ghalib servía en la policía afgana en 2003 cuando fue sorpresivamente acusado de tener vínculos con insurgentes.

Las autoridades le despidieron, le despojaron públicamente de su uniforme y le enviaron a Guantánamo, hasta que en 2007 el ejército estadounidense concluyó que no era "miembro de Al Qaida o de los talibanes".

Al ser puesto en libertad, Ghalib canalizó su resentimiento luchando no contra los estadounidenses, sino contra aquellos a quienes llama los "enemigos reales de Afganistán": los talibanes y, más recientemente, los yihadistas del grupo Estado Islámico.

Esto incluye a su antiguo amigo Muslim Dost, a quien oficiales afganos y occidentales describen como uno alto comandante del grupo EI en la provincia de Nagarhar (este), y quien salió de Guantánamo dos años antes que Ghalib.

- "Semillero de terrorismo" -

Experto demagogo, Muslim Dost pasó sus días en Guantánamo orando y predicando sobre la yihad.

"Cuando él predicaba, los presos sollozaban", recuerda Ghalib. "Se quedaban perturbados por su profunda e hipnótica voz", agrega.

Muslim Dost garabateaba poemas en tazas para beber a falta de útiles de escritura.

Un verso publicado en el libro 'Poemas de Guantánamo', del profesor estadounidense de Derecho Marc Falkoff, reza: "Considera qué podría llevar a un hombre a quitarse la vida, o la de otro / ¿Acaso la opresión no pide alguna reacción contra el opresor?".

"Guantánamo es un semillero de terrorismo", afirma Kako, de 35 años. Estuvo encarcelado con su primo Ghalib. "Dio legitimidad a fanáticos como Muslim Dost", añade.

Guantánamo, abierta en 2002, sigue siendo un hervidero para el sentimiento antiestadounidense.

Cerca de un cuarto del total de detenidos eran afganos y la mayoría fueron reconocidos posteriormente como no combatientes que habían sido arrestados por error o acusados injustamente por rivales locales o por cazarrecompensas.

"La detención arbitraria era un factor importante para llevar a algunos afganos a la insurgencia, y ayudó a avivar una nueva fase en un conflicto largo y amargo", recoge 'Kafka en Cuba', un reciente informe de la Red de Analistas de Afganistán.

- "No saldrá vivo" -

Barack Obama, que prometió cerrar Guantánamo, liberó a detenidos hasta los últimos días de su mandato.

No obstante, Trump podría internar a nuevos detenidos, señalaron los medios estadounidenses, citando el borrador de un decreto gubernamental.

"Estados Unidos debería considerar Guantánamo como una necesidad, pero necesitan diferenciar entre los fundamentalistas y los patriotas", valora Ghalib.

Ghalib es el jefe de distrito de Bati Kot, en Nangarhar, un mosaico de colinas y campos de naranjas y melones rodeado por bastiones de los talibanes y del grupo Estado Islámico.

Su lealtad a Estados Unidos está asegurada, pero le ha costado cara. En 2013, los talibanes mataron a su hermano. Unas semanas después, colocaron explosivos alrededor de su tumba, donde solía acudir la familia de Ghalib para rezar, matando a 18 personas, incluyendo las dos esposas de Ghalib y varios de sus nietos.

Mientras Ghalib recibe a la AFP en su fortificado cuartel, aparece su hijo mayor con malas noticias: de nuevo, han matado a un familiar suyo en una emboscada, a solo unos metros de la base. El hombre acababa de servir el té justo antes de salir.

Ghalib hunde su cara entre las manos. "La gente como Muslim Dost quizá combata a los extranjeros, pero matan sobre todo a afganos", sentencia. "Si algún día me lo cruzo en el frente, no saldrá vivo", asegura.

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