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Hermanas Blaettler
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Un reportaje de

Hermanas suajili

El elefante en la habitación

Anand Chandrasekhar (texto) y Georgina Goodwin (imágenes)


Las hermanas Daniela y Marina Blaettler salieron de Suiza, demasiado estrecha para ellas, en dirección de los amplios espacios africanos. Encontraron lo que buscaban gracias a los pescadores de Kenia y a las mujeres masáis de Tanzania.

“Ya no podía vivir en Suiza. Me sentía enormemente controlada”, declara Daniela Blaettler. Nacida en Lugano, esta mujer de 52 años vive en la isla de Lamu, en el norte de Kenia.

Su padre era de Airolo, en el norte del cantón del Tesino, y su madre de Pontresina, en el cantón de los Grisones. A los 19 años, dejó la casa y una familia amorosa por la soleada Saint-Tropez. A pesar de que provenía de una familia muy unida con tres hermanas y un hermano, el deseo de escapar de su país natal era demasiado fuerte.

“Suiza es muy bonita, pero yo necesitaba algo más que belleza. Buscaba retos ya que la vida era demasiado fácil para una joven en Suiza”.

Incluso el glamour de Saint-Tropez no podía satisfacer a Daniela. Después de siete años en la Costa Azul, donde trabajó en el taller de un amigo y en la venta de casas, comenzó a sentir la necesidad de desplazarse. Una visita a su peluquero desembocó en un cambio en su vida. Al hojear la revista ‘Paris Match’, atrajo su mirada una fotografía de personas a lomo de elefantes africanos.

“Siempre soñé con tener un elefante en mi jardín en lugar de un perro”, comenta a swissinfo.ch. “Cuando vi esa imagen, se reavivó mi sueño. Estaba cansada de Saint-Tropez y lista para el cambio”.

Investigó y descubrió que la foto había sido tomada en un centro de rehabilitación para elefantes en Botsuana. Inmediatamente escribió una carta al propietario. Un año más tarde, recibió una respuesta con la invitación para trabajar ahí. Inició así una nueva aventura en su existencia itinerante.

“Hacíamos películas, publicidad y safaris para ver los elefantes. El objetivo del proyecto era salvar a los elefantes con problemas en los zoológicos de todo el mundo y regresarlos al estado salvaje en África”, explica.

Una fraternidad, varios destinos

Varios años más tarde, la hermana de Daniela, Marina Oliver Blaettler, compartió el sueño de escapar de Suiza. Sin embargo, a diferencia de su hermana, sus sueños no eran los de una adolescente en busca de nuevos horizontes. Con 34 años entonces, trabajaba para una empresa de 'software' y llevaba una vida confortable.

“Me desperté una mañana y decidí que no era algo que quería hacer para el resto de mi vida”, dice esta mujer de 56 años actualmente. “Me sentía encadenada y Suiza era demasiado pequeña para mí”.

Marina quería recorrer mundo. Su plan era detenerse primero en África, para visitar a su hermana, y luego continuar.

“Éramos muy similares, mi hermana y yo. Teníamos los mismos sentimientos”, dice Daniela.

Al principio, la decisión de las hermanas de salir de Europa para irse a África fue un ‘shock’ para la familia. Pero recibieron mucho apoyo. “Mis padres nunca me dieron dinero, pero me dijeron que siempre tendría su amor y una habitación en la casa si alguna vez regresaba. Eso me dio fuerza para partir”, señala Daniela.

“Mi madre probablemente habría hecho lo mismo si hubiera sido de nuestra generación”, dice Marina. “Mi padre era muy suizo, pero comprendió nuestra necesidad de explorar el mundo”.

Los otros hermanos no eran tan aventureros. Su único hermano fue a España, pero su hermana mayor permaneció en Lugano, donde es muy feliz.

“Vive a 200 metros de la casa de mi madre, dice Daniela. Tiene su marido, tres hijos y un perro. No todo el mundo tiene que salir de casa”.

Vivir a plenitud a orillas del mar en Kenia


Daniela salió de Suiza a los 19 años. No fue una decisión difícil. Ahora se llama Lamu y Malindi, y vive en la costa de Kenia con su numerosa familia. 

Los pies arriba pero sin dejar de trabajar en su taller en Malindi.
El camino a la casa de Daniela en Malindi.
Daniela escapó de Suiza pero no del trabajo de escritorio.
En el mercado con Shueb, su mano derecha.
Familia y trabajadores se reúnen durante la cena.
Camino a la escuela para recoger a sus hijos.
La casa de Malindi funciona también como taller.
Daniela disfruta el tiempo que pasa con sus hijos.
En plena confección de bolsas.
Con Roland, quien se encarga de los envíos.
Daniela tiene predilección por los corazones.
En el taller siempre hay actividad.
Daniela hace una pausa mientras Shueb prepara la cena.
En familia, de vuelta de la escuela.
Un momento de descanso en la playa antes de hacer las tareas escolares.
Daniela aparta el trabajo de su mente cuando disfruta la compañía de sus niños.


Realidad africana

Cuando Marina voló a Botsuana para visitar a su hermana, quedó conquistada. “Desde que pisé el suelo africano, el perfume de la tierra o algo más me dijo que me quedaría aquí por mucho tiempo”, recuerda.

Mientras que Daniela estaba muy ocupada con su trabajo con los elefantes, Marina recibió la oferta de laborar en el campo. Era una oportunidad que se sentía incapaz de rechazar.

“Volví a Suiza para vender mi casa, mi coche y todo lo demás, y luego regresé a Botsuana”.

El trabajo ocupaba a las dos hermanas, pero su residencia conjunta en Botsuana no podía durar para siempre. Durante un viaje de reconocimiento a El Cairo para preparar el transporte de dos elefantes por carretera, Marina quedó consternada por la abyecta pobreza que observó en el camino.

“Al ver a tanta gente al borde de la carretera sintió que no era justificable recaudar tanto dinero para los elefantes, mientras que había otras prioridades para el continente”.

Daniela también experimentó un momento de desilusión unos años más tarde, un elefante que ella amaba fue encadenado. “Les dije que no volvería hasta que mi elefante fuera devuelto a la naturaleza. Dos años más tarde, regresé para verlo libre. Lo seguí durante tres meses para asegurarme de que estaba bien, y luego volví a Kenia, donde empecé una nueva vida”.

Empezar de nuevo

Daniela se enamoró de un biólogo marino británico que conoció en Nairobi. Pero esa historia no fue posible. “Era un hombre maravilloso. Todavía tengo roto el corazón”.

Para recuperarse de ese golpe emocional, aceptó la misión de fotografiar a los pescadores de la isla de Lamu, en Kenia. Quedó encantada con el lugar y con la comunidad.

“Lamu es el lugar más hermoso de la Tierra. No hay automóviles, no hay discotecas, no hay casinos. Es todavía virgen. Aquí estoy todo el tiempo enamorada”.

Pero para los pescadores locales, la vida no es color de rosa. La competencia con los grandes buques de pesca y la peligrosidad de las aguas durante la época de lluvias dificultan ganarse la vida. Uno de esos pescadores, Ali Lamu, se acercó a Daniela por un trabajo. Ella se preguntó cómo podía ayudarle y tuvo una idea.

“Yo estaba intrigada por el material utilizado para las velas de los navíos”, narra. “Dibujé un corazón grande en una de ellas y añadí la frase ‘Love Again Whatever Forever’, que enmarqué”.

Pidió luego a un amigo presentar esa creación en su tienda y se vendió en tan solamente una hora a 180 euros (193 francos). Con la ayuda de los pescadores, Daniela ha realizado otras creaciones. Y pronto, el éxito fue suficiente para poner en marcha un comercio de arte y de bolsas a partir de velas de barcos de pesca recicladas.

Daniela puso a la marca el nombre del pescador, Alilamu. Hoy, esta empresa emplea a 30 personas a tiempo completo, incluido Ali Lamu, que es el director.

“Ali Lamu es mi pilar, mi amigo, mi hermano y mi mayor apoyo”, señala Daniela.

La vida de este último también ha cambiado desde que se acercó a la joven del Tesino. “Construí una casita para mi familia y puedo enviar a mis hijos a la escuela. Cuando era pescador, alquilaba una habitación y debía luchar para pagar el alquiler”, narra a swissinfo.ch.

Realizarse entre los masáis en Tanzania


 Marina quería escapar del estrés de la vida cotidiana, incluso si no tenía un plan para ello. Después de probar la aventura y la desilusión, finalmente encontró un lugar en África que la satisfizo. 

El imponente Monte Meru, volcán que domina la ciudad de Arusha.
Es importante ganar la confianza de los moranes -jóvenes guerreros masáis- para tener acceso al conjunto de la comunidad.
La visita de Marina genera alegría, ya que representa más trabajo y más ganancias para los masáis.
Discusión sobre la concepción de bolsas en el nuevo taller de pieles en Mkuru.
Se requiere una buena vista y agilidad manual para fabricar las joyas masáis.
Gabriel es uno de pocos expertos masculinos en la empresa.
Centro cultural de la comunidad masái en el que Marina se reúne con su equipo.
Para responder a los pedidos internacionales se requiere una planificación constante de la producción.
¿Los jóvenes se interesarán en la empresa o dejarán la tribu para emigrar a la ciudad? 
Para llegar a Mkuru hay que recorrer un camino tortuoso de 50 kilómetros.
Formación de nuevos empleados en la tienda de la empresa en Arusha.
Verificación de la presión de los neumáticos para evitar sorpresas desagradables.
A la salida de la granja.
Piccola y Buffo son los guardianes de Marina.
Nunca es demasiado temprano para responder a una llamada relacionada con el trabajo.
Sanitarios separados.
Vista de la sabana.
Uno de los pocos momentos de reposo.
Las visitas a los talleres son frecuentes.
Cada mañana, la primera cosa que hace Marina es dar un paseo a lomo de su caballo Fizz.
Uno de los pasatiempos favoritos de Marina es pasear con sus perros al final de la jornada.


Arte de Tanzania

Al igual que su hermana, Marina salió airosa después de dejar el campamento para los elefantes en Botsuana. Llegó a Tanzania durante un viaje de vacaciones y ya no quiso salir de ahí.

“Lo que me gusta de este país es su diversidad, con sus montañas, sus sabanas, sus bosques. Botsuana es hermoso, pero completamente llano”.

Se enamoró y se casó con Paul Oliver, un veterano de África, y se ocupó exitosamente de su campamento de safari cerca de Arusha, en el norte del país. Sin embargo, no estaba totalmente convencida de su trabajo y una nueva oportunidad se presentó con la interesante propuesta de un amigo que dirigía una ONG en Milán.

“Me preguntó si quería trabajar para un proyecto destinado a proporcionar ingresos a las mujeres masáis con la comercialización de collares de perlas. Acepté el trabajo, a condición de que más tarde se hiciera autosuficiente”.

Dos años más tarde, el proyecto se convirtió en una empresa independiente llamada Mujeres Masáis en el Arte de Tanzania, con 200 trabajadoras. Un 10% de los ingresos del grupo es destinado al desarrollo, como la reparación de viviendas”, explica Marina.

“Alrededor del 99% de las mujeres son analfabetas y viven en la pobreza”, continúa. “No puedo cambiar radicalmente sus vidas, pero al menos el dinero de sus artesanías mejora la confianza en ellas mismas y su autoestima”.

Tienen una vida difícil. Las mujeres masáis tienen que recoger agua y leña para cocinar para la familia y también cuidar del ganado. Su opinión generalmente no es tomada en cuenta en las decisiones de la comunidad y con frecuencia sufren violencia física.

A Marina le tomó un año ganar su confianza. Espera que un día las masáis logren administrar ellas mismas su comercio y ella pueda levar anclas para dedicarse a su nuevo proyecto, un centro de terapia ecuestre para niños discapacitados.

“Marina es una persona de carácter. Le encanta lo que hace y eso es muy alentador. Las mujeres son muy felices cuando reciben nuevos pedidos”, anota Margaret Gabriel, masái responsable de las ventas hasta abril de 2016.

¿Suiza? Demasiadas reglas

Suiza está muy alejada del espíritu de las hermanas, a pesar de que visitan la madre patria una vez por año.

“Cuando estoy en Suiza, me siento como en un lugar de vacaciones. Todo está tan limpio y organizado”, exclama Daniela.

Durante sus vacaciones disfruta la comida suiza, sus paseos en la montaña y las compras.

“Me siento más suajili que suiza”, dice Daniela. Aprecio cuando la gente llega a tiempo, pero si no, no es grave”.

Daniela está integrada a la comunidad de Lamu y adoptó cuatro niños de entre 3 y 18 años. Recibió el nombre local de Khalila.

“Lamu es un lugar hermoso y apacible, muy bueno para la salud, el corazón y el alma”, estima. Me levanto, camino a la playa para contemplar el amanecer y regreso para ver por la tarde el ocaso. Pero, al mismo tiempo, también puedo tomar un tren y viajar a un lugar lleno de gente si quiero hacer negocios”.

Aunque le falta el chocolate suizo, Daniela dice que ya no podría vivir en Suiza, porque en su país de origen se siente demasiado controlada. 

“Hay tantos señalamientos que indican qué hacer o no hacer”, deplora. En Lamu somos libres a pesar de todos los peligros que nos rodean”.

La amenaza de los militantes de Al Shabab es constante. El grupo ha perpetrado varios ataques en una región cercana a Lamu. Somalia no está muy lejos.

“No hay ataques del Al Shabab en las islas, pero se observan fuerzas de seguridad en las carreteras, las plazas y los hoteles más importantes, desde que surgió la amenaza, hace algunos meses”, indica su socio y amigo Ali Lamu.

A este último también le preocupan las responsabilidades de Daniela como el cuidado de cuatro niños. “Tiene un gran corazón, pero a veces está sola y necesita a alguien que le ayude, como cuando su hija adoptiva estaba enferma”.

Vida en espacios abiertos

La de su hermana Marina también está muy lejos de ser una existencia típica suiza. Vive en una tienda de campaña de estilo mongol, en la granja de un amigo con un caballo, dos perros y un burro.

“Suiza vuelve claustrofóbico. Me gustan los espacios abiertos de aquí: las montañas, los bosques y la sabana”, afirma.

Las jornadas de Marina raramente siguen un horario establecido. En su trabajo - y en la vida en general en Tanzania - regularmente hay sorpresas. Pero a ella le gusta efectuar algunas actividades cuando las cosas no son tan caóticas.

“Empiezo mi día con un paseo a caballo y luego voy a la tienda y a la oficina en Arusha. Regreso por la noche y doy un largo paseo con mi perro, veo la puesta de sol y a veces tomo algo o como con mis amigos”.

A diferencia de Botsuana, aquí no hay animales salvajes peligrosos como leones o leopardos, sino solamente depredadores más pequeños, como hienas y chacales. Por lo tanto, Marina puede vagar libremente. Los fines de semana se monta en su bicicleta y acude a las aldeas para hablar con la gente sobre oportunidades de negocios.

Sin embargo, África no es solamente una tarjeta postal. “Mucha gente me envidia por lo que he visto en África, pero puede ser difícil. Las cosas se descomponen y hay mucha burocracia y corrupción”.

También está separada de su marido y a menudo está sola, con excepción de algunos amigos. Sin embargo, no cree que podría regresar a Suiza.

“Suiza es una pequeña isla y se nota en la forma de pensar de la gente”.

A pesar de todo, le faltan la nieve y el esquí, así como el sentido de organización suiza.

“Es muy difícil hacer productos para el primer mundo en condiciones de tercer mundo. La lentitud de los tanzanos a veces puede ser frustrante”, confiesa.

¿Un futuro frágil?

Su excolega Margaret Gabriel se preocupa por ella. Considera que Marina trabaja mucho y muy duro. También le inquieta el futuro de la empresa en la que la suiza ha invertido tanto.

“Tiene que pensar en la futura generación ya que algunas mujeres se hacen mayores y ya no ven lo suficiente para enhebrar las cuentas”, precisa Margaret. “Debe emprender proyectos con las jóvenes para asegurar el futuro de la empresa”.

A pesar de la gran carga de trabajo y de la responsabilidad de 200 mujeres masáis, Marina no se arrepiente. “Vivo mis sueño. Tengo todo lo que necesito y no tengo mucho dinero. Estoy verdaderamente en paz, lo que era mi objetivo en la vida”.

Su hermana Daniela tiene un consejo para sus compatriotas suizos que sueñan con salir un día de su país.

“Mis amigos me consideran valiente, pero no lo entiendo. Es más valiente permanecer en Suiza por el resto de la vida. Sigan los dictados de su corazón, no tengan miedo ni se preocupen por el dinero. Todo es posible con el corazón abierto”.