Los Hostettler
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Un reportaje de

Hostettler, una vida de lucha

Del Oberland Bernés a la selva paraguaya

Marcela Aguila (texto) y Rodrigo Muñoz (imágenes)


Christine y Hans Hostettler emigraron a la naturaleza en su estado puro. Fue como viajar al pasado. En su destino no había caminos, ni luz, ni agua corriente. Aquello era pura selva. Selva paraguaya en la que se abrieron espacio, echaron raíces y se forjaron como los ambientalistas sin concesiones que son ahora.

“¿Si queremos volver a Suiza? ¡No!”, afirma Christine sin vacilar. “Acá tuvimos una libertad y una posibilidad de crear que en Suiza no hubiéramos podido ni siquiera imaginar”. Una oportunidad que no despreciaron:

Fundaron una entidad de protección de la naturaleza, un programa de ecoturismo y una granja biológica a la que denominaron ‘Nueva Gambach’ -en alusión a su poblado natal-, a donde nos reciben y en donde comparten con nosotros el pan, la sal, y el recuerdo de 36 años como ciudadanos de la ‘Quinta Suiza’.

Nos hablan de su añoranza, tanto de familiares y amigos, como de la cultura helvética, su organización y formalidad. “Pero aquí está nuestro hogar”, ratifican. Un hogar que Hans construyó con sus propias manos en Alto Verá, Itapúa, y que hoy colinda con la Reserva para Parque Nacional San Rafael.

Un peligroso compromiso

Una cercanía significativa. La historia de los Hostettler va de la mano con la defensa del último reducto en Paraguay del Bosque Atlántico, uno de los ecosistemas más ricos del planeta, pero también uno de los más amenazados.

Y si hablamos de riesgos, Christine recuerda aquel domingo del 2008…

“Había futbol. Yo estaba sola en la casa y escuché ruidos en el exterior. Salí y me encontré de frente con alguien que llevaba un pasamontañas y me apuntaba con un revólver 38”. La buena estrella de Christine o la mala puntería del atacante hicieron que la bala pasara de largo. También Hans resultó ileso cuando dispararon contra su aeroplano mientras sobrevolaba los bosques para detectar eventuales desmontes, incendios o siembras ilícitas.

“Pensaban que matándonos a nosotros se acababa la lucha. Ahora saben que ya somos muchos”, asienta triunfante nuestra anfitriona.

Todo empezó en Berna

Pero volvamos al punto de partida, a finales de los años 70, en el Oberland Bernés. La vida de la familia Hostettler transcurre apaciblemente en Gambach, comuna de Rüschegg. Demasiado apaciblemente. “Podemos probar”, se dijeron los esposos al conocer la oferta de adquirir parcelas del otro lado del Atlántico.

Con apoyo de la familia compraron 250 hectáreas en ese Nuevo Mundo, que para ellos era un mundo nuevo pero que se les antojó más bien arcaico. “Como si estuviéramos 50 años atrás”, bromea Christine al evocar el paraíso inhóspito al que arribaron y en el que no hallaron el menor asomo de infraestructura. En Suiza quedaban el frío y la monotonía, pero también el confort y la seguridad.

Christine llegó con Brigitte, la hija mayor de la pareja, en los brazos, en febrero de 1979.  Hans, había emigrado seis meses antes para preparar el terreno, dicho esto no como mera expresión: el otrora marinero despejó el área de árboles y hierbajos y construyó una vivienda de madera para su familia.

Poseedor de una destreza admirable, con el correr de los años Hans imprimió solidez a la morada y la dotó de electricidad mediante la instalación de una represa que permitió la formación de un lago convertido luego en biotopo. Merced a su habilidad la segadora de la granja mantiene vigencia y fue posible armar el avión ultraligero que recibieron en piezas, por paquetería.

Paraíso bernés en la selva


Hace 36 años, cuando Christine y Hans Hostettler dejaron el confort en pos de la libertad, se instalaron en un lugar tan idílico como inhóspito en el sur de Paraguay. Con un trabajo intenso y una voluntad de hierro, crearon una granja biológica que denominaron ‘Nueva Gambach’, en homenaje a su pueblo natal, en el Oberland Bernés. Su hogar está al lado de la reserva Ecológica ‘Cordillera San Rafael’, uno de los últimos fragmentos del Bosque Atlántico, a cuya protección se han consagrado. 


Entretejiendo apoyos

Pero la llegada de ‘Lucy’, la minúscula aeronave, se produjo años más tarde, en 2005, cuando la familia ya había superado el desaliento de los primeros meses en los que los mosquitos, la humedad y los problemas de salud de Brigitte les hicieron sentirse insolventes ante la onerosa factura que les imponía su exilio.

Ya también para entonces la granja daba sus frutos o, más bien sus lácteos. Christine había aprendido a hacer quesos (en Paraguay, no en Suiza), Brigitte tenía dos hermanitos: Teresa y Pedro. Los cultivos de soya biológica se habían consolidado y los Hostettler se entregaban de lleno a la defensa del ambiente.

De hecho, el aeroplano, facilitado por el Fondo Mundial para la Naturaleza, forma parte de los apoyos exteriores que ha logrado la Asociación Pro Cordillera San Rafael (Pro Cosara). Nacida en 1997 con el impulso de la pareja, la organización vela por la “zona de reserva”, decretada en 1922, e intenta adquirir las tierras a sus propietarios privados, a los que el Gobierno no indemnizó.

El impago impide que la reserva se convierta en “parque ecológico” y sobre esa área, de 73 000 hectáreas, penden como espada de Damocles los cultivos extensivos, principalmente de soya, pero también de especies ilícitas y la tala.

Una nueva trinchera

Christine y su gente han trabajado sin desmayo para reforzar ese organismo que cuenta hoy con una importante red internacional de apoyos y contactos, e implementa programas de investigación para el inventario de la reserva y de capacitación y educación ambiental para crear consciencia y desarrollar actividades sustentables.

Ya encauzada Pro Cosara, Christine dejó la dirección en febrero pasado, aunque sigue en su consejo, y abrió un nuevo frente en la lucha por la preservación de la naturaleza: un proyecto de ecoturismo. Recién estuvieron en su casa estudiantes estadounidenses que en pocos días observaron 70 especies diferentes de aves.

Realmente, un paraíso. Pero los parajes de su Gambach original también son idílicos. ¿La de emigrar fue una buena decisión? “La mejor”, responde Christine sin titubeos. Además de la libertad de creación, la pareja celebra la oportunidad de que sus hijos crecieran en contacto y en el respeto de la naturaleza.

Suiza, siempre presente

El hogar, la familia, la granja, los cultivos, el compromiso medioambiental, una vida intensa en la que el país que los vio nacer nunca dejó de estar presente.

En Suiza viven ahora sus dos hijas y ellos vuelven de manera regular. En Paraguay participan en las actividades de sus compatriotas expatriados y Christine colaboró durante cinco años, en forma voluntaria, para que los jubilados helvéticos de la zona pudieran seguir cobrando sus pensiones.

A casi 40 años de expatriarse ¿cómo ven ahora su país de origen? “Ha habido un cambio muy brusco. Ya no es la Suiza de nuestros recuerdos. Nuestros padres trabajaron durante muchos años con extranjeros que tenían sus derechos y no buscaban imponer su cultura. Hoy me parece que la situación es distinta y temo por la pérdida de la identidad suiza”, comenta Christine.

¿Y qué recomendarían a aquellos que piensan expatriarse? “Que antes de tomar una decisión definitiva viajen al país elegido y vivan en él al menos tres meses. Hay personas que mandan el contenedor por delante, se gastan los ahorros y descubren luego que no era lo que imaginaban”.

Ellos, a pesar de su entusiasmo juvenil, cuando salieron de Suiza no se llevaron todo. Sus muebles, por ejemplo, permanecieron mucho tiempo en Rüschegg y los últimos llegaron apenas hace unos años. Es decir, emigraron, pero no quemaron las naves.