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Bruno Manser
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Un reportaje de

Bruno Manser

El precio de la simplicidad

Ruedi Suter (texto) y Bruno Manser Fund (imágenes)


“¡Bruno Manser, ardiente defensor de la selva tropical, ha desaparecido!” La noticia ocupó los principales titulares de la prensa en el 2000. De 46 años, este activista ambiental, investigador y defensor de los derechos humanos, vivía en la selva de Borneo con sus amigos, los indígenas penan. Él mismo se había convertido en miembro de esa comunidad en riesgo de extinción. Su compromiso y su honestidad fueron elogiados en todo el mundo. Bruno Manser era considerado como uno de los defensores ambientales de mayor credibilidad del siglo XX. Un ciudadano del mundo que vivía lo que decía y que miraba hacia donde otros preferían volver la cabeza.

“El considerable interés del gobierno malasio y de aquellos que explotan la selva de Malasia para reducir al silencio a Bruno Manser quedó establecido”, escribió a final de 2003, el Tribunal Civil de Basilea en el informe sobre su desaparición. Bruno Manser se crio en Basilea y amaba la vida. Pero no a costa de la ignorancia, la destrucción y la explotación. No al precio de la sociedad industrial en la que creció, porque con frecuencia esa sociedad vive de prestado explotando a los pueblos autóctonos y a la naturaleza. Oponía su ascetismo a la sociedad de la sobreabundancia: su vida era un camino radical de vuelta a la simplicidad. Es por eso que se oponía a la forma de vida moderna, por doquiera que fuera posible, con inteligencia, creatividad, humor y obstinación.

Bruno Manser renunció a los estudios y prefirió la vida de pastor y quesero. Pasó 11 años en las montañas. “Quería adquirir conocimientos acerca de todo lo que utilizábamos en la vida cotidiana”. Buscaba un pueblo de cazadores-recolectores que viviera de manera rudimentaria y con el que pudiera aplicar lo aprendido. En la Europa mecanizada ya no había ningún pueblo que correspondiera a sus deseos.

En 1984, partió estado malasio de Sarawak, en Borneo. Allí, se sumergió en la selva con un valor y una audacia fuera de lo común. Su deseo: encontrarse con las 300 familias penan que vivían aún a plenitud su existencia nómada en el corazón de la selva tropical.

Los penan aceptan a este curioso extraño entre ellos. Bruno Manser se despoja de todo lo que había llevado consigo: vestimenta, botiquín de primeros auxilios, pasta de dientes, zapatos. Miope, decide sin embargo guardar sus anteojos. Se esfuerza en caminar descalzo, a pesar del dolor inicial, de las heridas permanentemente abiertas, y de las espinas que debe retirar regularmente con un cuchillo. Aprende a soportar el dolor. Aquellos que como los penan viven en la selva, deben aceptar el dolor como una evidencia. Caminar descalzo se convierte en un hábito, un acto de liberación. Él, el hombre de la modernidad, ya no depende de sus zapatos. ¡Una victoria sobre sí mismo!

Activista en la jungla


El pastor suizo Bruno Manser trabajaba en los Grisones cuando decidió trasladarse a Sarawak (Borneo) en 1984. Se ganó la confianza de los penan, adoptó su sencillo estilo de vida y se quedó seis años entre ellos antes de volver a Suiza para emprender una infatigable batalla contra la industria maderera y la destrucción de la selva. 

Bruno Manser en los Alpes suizos en 1982.
En 1984, Manser viajó por primera vez a Borneo.
Buscó al pueblo nómada de los penan para integrarse a ellos.
Bruno Manser en una fotografía captada por Alberto Venzago en 1986.
Otra fotografía de Manser, tomada por Venzago en 1986, en el marco de un reportaje para la revista GEO.
La destrucción de la selva es enorme.
Manser regresa a Europa para continuar su lucha por la protección de los bosques y de las comunidades nativas de Malasia y Borneo (Keystone).
Marzo de 1993: La ministra del Interior, Ruth Dreifuss, y Bruno Manser tejen en Berna un suéter que entregarán luego como regalo al Gobierno de Suiza.
Apertura de caminos previa a la construcción de un nuevo gasoducto en el norte de Sarawak.
7 de abril de 1993: Bruno Manser y Martin Vosseler en huelga de hambre en Berna, para exigir el cese de importaciones de maderas tropicales. 
Los penan también emprenden una resistencia y levantan barreras para tratar de proteger la selva. En la imagen, en los alrededores de la comuna de Long Ajeng, en el estado de Sarawak. 
Bruno Manser vive como los penan, de la pesca y la caza.
Una mujer penan alimenta un bucerótido denominado ‘metui’ en la lengua local.
Ara Potong, difunto líder de la tribu de Ba Pengaran Kelian.
Bruno Manser con el jefe penan Along Sega.
Peng Meggut, de la región de Limbang, vive todavía como nómada.
Bruno Manser en Sarawak, en mayo de 2000, poco antes de su desaparición.
Crepúsculo en la selva tropical. 


Uno de ellos

Rápidamente se gana el inmenso respeto de sus anfitriones. Se adapta a la vida de los penan sin compromiso alguno. El andar descalzo, la desnudez, el hambre, la humedad, los insectos, las sanguijuelas, así como las úlceras en la piel y el paludismo forman parte de su cotidiano. Y, por último, él, con todo y sus lentes, se mueve en la selva como un penan, abriéndose paso con su machete, descansando en cuclillas como los nómadas. Atraviesa a nado los ríos con sus crecidas, construye su vivac de noche en las copas de los árboles.

La vida simple de la selva le gusta. Es como si hubiera encontrado a su familia de una vida anterior. Ya no quiere volver a Suiza. Terminaron la estrechez, los gases de escape, el ruido. Ya no quiere formar parte de esas personas que con el declive de la biodiversidad se alejan cada vez más de la vida natural, aquellos que buscan a través de la tecnología, el dinero y la industria del entretenimiento, un sentido a su vida, una vida en la que se pierden y que los entristece cada vez más.

No, es ahí, en medio de ese pueblo simple y cálido, donde quiere permanecer, sufrir, ser feliz y disfrutar de la vida que ofrece la selva. Todo eso a pesar de la nostalgia latente, no de Suiza, sino aquella que le despertó el recuerdo de su familia y de sus amigos. Un dolor en el alma que lo impulsa a escribir y a enviar regularmente grabaciones caseras, pero no a abandonar voluntariamente a su nueva familia en la selva tropical. Sí, ¡había llegado al paraíso que había imaginado! Nada lo convencerá de partir.

Para los penan era uno de ellos, ‘Laki Penan’. Él también se limitaba a la naturaleza salvaje: la pesca con redes, la caza de osos, monos, jabalíes, ciervos y pájaros con una cerbatana y veneno o una lanza, la recolección de frutos silvestres y la extracción de harina de sagú a partir de palmitos silvestres.

Aprende la lengua, anota todas sus observaciones, compila un sinnúmero de documentos sobre los hombres, los animales y las plantas. Ya presiente tal vez la destrucción de ese mundo de árboles gigantes, con sus aguas límpidas y su fauna y flora de una increíble riqueza.

En efecto, la selva es destruida en muchos lugares por las empresas madereras, con la bendición de un gobierno que hace caso omiso de los derechos territoriales y la situación cada vez más precaria de los habitantes de la selva.  Para los políticos de Kuching, capital de la provincia de Sarawak, la selva tropical no es más que un gran mercado de autoservicio. Las maderas preciosas de los gigantescos árboles son vendidas para satisfacer las necesidades de los consumidores de los países industrializados. Son transformadas en vigas para los techos, muebles, yates de lujo, marcos de ventanas y manijas de todo tipo.

El enemigo número uno del Estado

Cuando el primer rugido de las motosierras se hizo oír, comenzó para Bruno Manser la expulsión del paraíso. Los penan le piden ayuda. Bruno Manser, con el apoyo de los nativos construye barricadas para detener a las excavadoras. Se endosa de un día para el otro el papel de estratega de una resistencia no violenta de los penan contra una civilización a la que había dado la espalda. Se enfrenta a las empresas y a un Estado que, con concesiones y soldados, destruyen el hábitat de los pueblos de la selva. Se convierte así en el enemigo número uno, el hombre a cazar y a abatir.

Equipos de televisión se desplazan para filmar a ese valiente guardián de la selva tropical. A los ojos de la prensa internacional, el “blanco salvaje” se ha convertido en el portavoz de los penan. Aparece de manera modesta, con una voz tranquila y un lenguaje honesto. El mundo entero lo escucha. Bruno Manser, el arquitecto de la resistencia, se convierte en un símbolo de la lucha contra la deforestación de la selva tropical.

“Alarmado por el hecho de que el hábitat de los penan es sacrificado para permitir la producción de madera barata para el mercado internacional, regresa a Suiza en 1990 para hacerse oír –‘No construyan sus casas con nuestros bosques’- en nuestra civilización”. En Basilea, con el apoyo de Roger Graf, un defensor de los derechos humanos, funda la poderosa organización ‘Bruno Manser Fonds (BMF)’. El objetivo es incitar a las consumidoras y los consumidores de los países industrializados a renunciar a la madera tropical.

Los BMF insisten en la simbiosis entre los pueblos de cazadores-recolectores y su entorno. “Cuando el bosque muere, los hombres mueren también”. Suave en la forma, pero inflexible en sus principios, la organización lleva ante organismos internacionales como la Unión Europea, la Organización de las Naciones Unidas y la Organización Internacional de los Bosques Tropicales, la difícil situación de los penan. Bruno Manser vive muy modestamente en Suiza, trabaja muy duro, viaja mucho. Continúa su lucha junto a los penan en Borneo para tratar de impedir la masacre del bosque. Se radicaliza, al sentir que los penan tienen el tiempo contado.

Se pierde la huella

En Suiza, Bruno Mansar comienza una huelga de hambre para reivindicar una prohibición de las exportaciones de maderas tropicales. "Aquellos que están satisfechos no entienden a los hambrientos", dice. La selva de Sarawak desaparece, los animales son cazados o pescados de manera furtiva. La vida de los penan se hace cada vez más precaria. En 1996, el 70% del bosque primario ha desaparecido. El defensor de la selva da a conocer sus reivindicaciones mediante acciones temerarias en Europa y en Sarawak. Pero nada funciona. En 2000, Bruno Manser viaja a Borneo otra vez y desaparece para siempre.

¿Fue asesinado y desaparecido sin que los agresores dejaran rastro? Es la explicación más plausible, pero hasta ahora no ha sido probada, como tampoco la hipótesis de un accidente o un suicidio. Su desaparición sigue siendo un misterio. Hoy, sus familiares y amigos ya no lo esperan. Sienten su presencia en sus corazones, sus pensamientos. Si estuviera entre ellos, sin duda les diría con su portentosa voz: “Solamente los actos cuentan, los tuyos también”.

Ruedi Suter, autor del libro ‘Bruno Manser - la voz de la selva'