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Maquinista


"Lo escucho, si no está en marcha"


Por Susan Vogel-Misicka


 (swissinfo.ch)
(swissinfo.ch)

En un empleo que exige puntualidad y un cierto temperamento, Martin Horath ha trabajado en el Monte Rigi, en la Suiza central, durante 25 años. Este maquinista de 48 años se ha convertido en un súbdito leal de la llamada “Reina de las Montañas”.

El ritmo del velocímetro es casi hipnótico, su alegre marcaje acompaña el ascenso del tren de cremallera hacia la cumbre, a 1.800 metros, del Monte Rigi.

“Casi no lo escucho más. Solamente si no está en marcha”, dice Horath al mirar el aparato. La velocidad máxima de los trenes de cremallera es de 19 kilómetros por hora cuesta arriba, cuesta abajo, de 16. De vez en cuando, Horath suena el silbato para advertir a los excursionistas - o en este día particular, a los agricultores- que están demasiado cerca de la pista.

Muy temprano y ya muy tarde, es posible ver zorros, ciervos y gamuzas. “No prestan atención a los trenes, los animales se acostumbran rápidamente a las cosas que corren en un horario regular”.

Nacido y criado en Goldau, en el cantón de Schwyz, Horath siempre ha tenido el Monte Rigi en su radar, especialmente porque su padre era mecánico y maquinista.

“Probablemente la heredé”, bromea Horath acerca de su profesión al recordar  que solía acompañar a su padre los fines de semana, observando el verde paisaje de las colinas desde la cabina del conductor. Todavía vive en Goldau.

Después de su aprendizaje como mecánico, pasó dos años trabajando en un depósito de ferrocarril en Rigi antes de convertirse también en ferroviario. Además de operar los trenes eléctricos de cremallera, Horath sabe conducir las versiones clásicas a vapor.

“El eléctrico es mucho más limpio, pero el vapor es más divertido”, dice con un brillo en sus ojos azules. Explica que los trenes a vapor requieren dos operadores más tres o cuatro horas de trabajo de preparación, mientras que a los trenes eléctricos basta con encenderlos.

Su uniforme revela su ocupación, pero se le reconoce sobre todo por la barba y el bigote curvado. “Es mi marca de fábrica. Así lo llevo desde 1996, en memoria del 125 aniversario de la ferrovía”, del Rigi a Vitznau, la más antigua de Europa, y la segunda más antigua del mundo después de aquella del  Monte Washington, en el estado de New Hampshire, EE UU.

“Hay potencial de conflicto. Pero mientras la gente mire por los otros, la situación estará bien”, dice Horath.

Un anfitrión confiable

Horath saluda a los pasajeros que van y vienen e intercambia bromas con algunos, como ese señor de edad avanzada que se ofrece a ayudarlo en la conducción.

“Tenemos un montón de clientes habituales, como los parroquianos que viajan a la estación Klösterli los miércoles para asistir a la misa en la capillita”.

En un día típico, Horath hace tres o cuatro viajes de arriba a abajo de la montaña, en estos días desde Goldau, aunque también ha trabajado del lado de Vitznau. A la pregunta de si no le aburre luego de tantos años de un mismo trabajo, señala que en realidad su trabajo es muy variado.

Disfruta de la interacción con los pasajeros, así como de los pequeños ajustes que lleva a cabo en el depósito y en los que utiliza sus habilidades de mecánico.

Luego están los días especiales, como la reservación de viajes privados para bodas. O los días grises de invierno, cuando Horath lleva a los clientes ávidos de sol más allá de la cortina de niebla. Y una vez, en 1989, los miembros del gobierno suizo eligieron la montaña para su excursión anual de verano.

Sin embargo, Horath ha observado cambios en la manera en que la gente gasta su tiempo de ocio.

“Todo es más agitado en estos días. Me he dado cuenta de que las personas  parecen ya no tener tiempo. Se apresuran en llegar a la cima y luego directamente hacia abajo de nuevo”, lamenta.

“Hay más regulaciones y las cosas se han vuelto más complicadas de lo que eran hace 25 años”. Advirtió también que hay muchas más bicicletas de montaña, así como excursionistas.

Chatarra

La pasión de Horath por la maquinaria ocupa su tiempo libre. Además de su trabajo en el Monte Rigi, se ofrece como voluntario para la conducción y arreglos del tren a vapor Furka-Oberalp. Además de mantener las cosas funcionando sin problemas, él y sus colegas reparan piezas viejas que no pueden simplemente ser sustituidas por otras nuevas.

En otro proyecto, Horath encabeza un club de entusiastas que pretenden la recuperación de una máquina quitanieves de vapor para despejar las vías del tren.

De hecho, las máquinas viejas tienen un lugar especial en el corazón de Horath, así como en su casa. Estima que tiene 150 toneladas de materiales antiguos como motores, apisonadoras, motocicletas y otros tesoros a los que se refiere  irónicamente como “chatarra”. Su colección es probablemente valiosa en el mercado de antigüedades, pero Horath no tiene la intención de desprenderse de nada de eso.

“Los verdaderos coleccionistas guardan todo, no venden nada”, dice.

Las autoridades ferroviarias de Vietnam, obviamente, no son coleccionistas. En 1990, Horath fue allá con un equipo para recoger algunas viejas locomotoras del ferrocarril Furka que languidecían.

“Tuvimos que pagarlas como nuevas, a pesar de su estado”, dice Horath. La estancia de ocho semanas fue de trabajo intenso bajo un calor sofocante. Debieron trasladar las locomotoras de la carretera al ferrocarril, y luego de nuevo a la carretera y al mar. “Pero en general, fue una buena experiencia”.

“Si bien algunas de las personas del lugar se preguntaban qué estábamos haciendo allí, la mayoría de la gente fue muy amable”, recuerda Horath.

Parte del equipo no se había usado en 50 años, pero de vuelta a casa, Horath y sus colegas fueron capaces de ponerlo de nuevo sobre rieles.

La aventura vietnamita fue toda una excepción para Horath. Normalmente prefiere quedarse cerca de casa. Gusta de viajes cortos, tanto en el trabajo como a su refugio de montaña.

“Tuve la oportunidad de comprar la casa de un viejo señalero. Es pequeña, pero tiene todo lo que necesito”, dice Horath, al apuntar a una cabaña de madera con una magnífica vista sobre el lago de Lucerna y las montañas circundantes.

Horath ríe con la pregunta de que si está “casado” con la montaña.

“No, no, pero sin duda es un lugar donde me gusta pasar mi tiempo”.

Todo parece indicar que Horath ha encontrado el equilibrio perfecto entre vida privada y trabajo.


Traducción, Marcela Águila Rubín, swissinfo.ch

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