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Opinión Biblia y debate migratorio en EE UU


Dos jovencitas miran la tele en una sala de detención para menores en EE UU

Dos muchachas miran un partido de fútbol de la Copa Mundial en la tele de una sala de espera donde centenares de inmigrantes menores han sido concentrados en Estados Unidos.

(Keystone)

Muchas naciones, incluida Suiza, intentan resolver el desafío de la inmigración. Las controvertidas medidas adoptadas recientemente en la frontera entre EE UU y México han sido titulares en Norteamérica, pero también en Europa. Casi 2 000 niños fueron separados de sus padres entre mediados de abril y finales de mayo, algo calificado como una estrategia cruel e inmoral para disuadir las entradas ilegales.

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leyenda: punto de vista

La Administración estadounidense ha defendido incondicionalmente esta política de mano dura [pero tuvo que dar marcha atrás en virtud de las presiones internas e internacionales]. El ministro de Justicia Jeff Sessions incluso llegó a citar el capítulo 13 de la Epístola de Pablo a los Romanos para silenciar al clero que protestó contra el recrudecimiento de las políticas antiinmigración. Este giro inusual en el embravecido debate político al otro lado del Atlántico inevitablemente tocó una fibra sensible en mí como pastor que soy y exegeta de toda la vida del Nuevo Testamento.

Inmediatamente pensé en una escena de la película biográfica de Eric Till de 1999 llamada Bonhoeffer, agente de gracia. Dietrich Bonhoeffer, un teólogo alemán, había sido detenido sin cargos durante la guerra en Alemania. El juez instructor Manfred Roeder comienza el interrogatorio confrontando a Bonhoeffer con el mismo texto del capítulo 13 de Romanos. Dejemos de lado, por el momento, la ironía del rol asumido por Sessions en este intercambio, del cual no parece ser consciente el ministro. Limitémonos a tomar nota, por ahora, de que tanto Roeder como Sessions parecen creer que han dado un golpe contundente.

Muchos de mis pastores compañeros se apresuraron a afirmar ––con cierta justificación— que las palabras del apóstol Pablo habían sido sacadas de contexto y que no era eso lo que quería decir. Aun así, confieso mi malestar con estas palabras:

“Todos deben someterse a las autoridades constituidas, porque no hay autoridad que no provenga de Dios y las que existen han sido establecidas por Él. En consecuencia, el que resiste a la autoridad se opone al orden establecido por Dios, atrayendo sobre sí la condenación.” (Romanos 13:1–2).

El estadounidense Henry Sturcke vive en Suiza desde hace más de treinta años. El pastor reformado ya retirado se doctoró en Teología por la Universidad de Zúrich con una tesis sobre el Nuevo Testamento: ‘Encuentro con el reposo de Dios: cómo Jesús llegó a personificar el Sabbat’. También es autor del libro ‘Engañado en el pensamiento: Dylan, los sesenta y el fin del mundo’.

(swissinfo.ch)

Estas palabras están dirigidas a los creyentes en Roma. Asunto cerrado podría pensarse, si no fuera por la autoridad que gobernaba la ciudad y el Imperio romano en el momento en el que el apóstol escribió estas líneas, que no fue otro que el emperador Nerón, quien —según la tradición— mandó ejecutar a Pablo. Basta con ello para dudar del versículo 3: “nada tienen que temer de los gobernantes los que hacen el bien, pero sí los que obran mal”. Puede que el emperador concluyera que la adhesión a una fe impopular merecía la pena de muerte. Pero eso no significa que tuviera razón. De manera similar, un gobierno de nuestros días puede decidir violar los derechos humanos y equivocarse.

Mi lucha con este texto no acaba con esta lectura incómoda. Me preocupa asimismo cómo esta aparente aprobación general anticipada de todo lo decretado por el emperador como algo ordenado por Dios se corresponde con otra cosa que escribió san Pablo. No casa bien con la interpretación que Pablo hizo de la crucifixión de Jesucristo como resultado de la colaboración entre el Sanedrín y Poncio Pilato: siendo el primero responsable de la justicia divina y el segundo, de la civil. Pablo cavilaba sobre esta flagrante injusticia en “la palabra de la cruz”, 1 Corintios 1:18. La crucifixión indicaba a Pablo que en la estructura del cosmos había fallos fundamentales.

¿Universo bien ordenado?

Esto va en contra de la suposición inherente a las palabras de Pablo a los romanos, que conciben un universo bien ordenado en el cual todo fluye jerárquicamente de arriba abajo por voluntad divina. Me desconcierta que el mismo Pablo, que tan inquisitivo se muestra en su análisis del significado de la crucifixión, pudiera escribir esta advertencia alarmante en contra del desafío a la autoridad temporal. Quizás temía que extraños pudiesen leer su correspondencia, queriendo evitar que la sospecha de subversión recayese sobre los seguidores de este nuevo movimiento. O tal vez temía que algunos, ante la ansiada esperanza de un fin inminente del mundo, eludiesen sus responsabilidades cívicas. En el fondo no lo sé.

Pero lo que sí sé es que uno no puede leer el capítulo 13 de la carta a los Romanos sin ser consciente de que refleja una cosmovisión que ya no es la nuestra. Yo ya no creo en una gran cadena del ser que a modo de peldaños de una escalera conduce al sumo bien. No obstante, la “palabra de la cruz” de san Pablo me ayuda a comprender mejor el mundo en el que vivimos.

“Con libertad y justicia para todos”

No basta con aceptar el supuesto filosófico que respalda lo que escribió san Pablo. Hacemos nuestras propias suposiciones sobre el mundo. Nuestra fe en el libre comercio, por ejemplo, o en la cooperación internacional, la educación y en elecciones libres y limpias. Crecí rodeado de gente que compartía estos credos. Aún tienen sentido para mí, ¿pero para cuánta gente más? Siendo niño comenzaba cada día de colegio con una promesa que terminaba con las palabras “…con libertad y justicia para todos”. Sigo creyendo en ellas tan profundamente como en las palabras que pronunció Jesús unos días antes de ser crucificado:

“porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver… Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo.” (Mateo 25:35-40)

Las más de las veces se trata en política de negociar una panoplia de intereses, necesidades y valores. Soy cauteloso con pintar todo de blanco o negro. Sin embargo, hay momentos —y la actual política de inhumanidad programática como instrumento disuasorio es uno— en los que hay que llamar las cosas por su nombre. Es malo.

Deber de resistencia

Al verse confrontado con Romanos 13 en la escena de película que mencioné, Bonhoeffer contesta: “¿Estamos aquí para discutir sobre teología?” Esto no lo dice porque fuese incapaz de dar una respuesta teológica a la arbitrariedad cometida por Roeder con la epístola de san Pablo. Concernía un pasaje con el que Bonhoeffer había lidiado durante mucho tiempo como miembro bien instruido de la clase media alta prusiana, que tenía dificultades para distinguir entre la voluntad del emperador germano y la voluntad de Dios. Pese a ello llegó a la conclusión de que existen algunas raras ocasiones en las que un cristiano no solo tiene el permiso, sino el deber de resistir. Este es sin duda uno de esos casos.

Como poco, los ciudadanos preocupados tienen el derecho a levantar la voz como lo han hecho a lo largo y ancho del espectro político. Insinuar, como lo ha hecho el ministro de Justicia, que los pastores cristianos no deberían protestar es un uso impropio de las Sagradas Escrituras y una muestra de ignorancia de la noble tradición estadounidense del disentimiento.  

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no reflejan necesariamente el punto de vista de swissinfo.ch.


Traducido del inglés por Antonio Suárez Varela

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