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Un hombre sentado en los escombros que quedaron tras el terremoto que asoló Ecuador, en Pedernales. 18 de abril de 2016. En la década de 1980, la pequeña ciudad de Pedernales, bañada por el Pacífico ecuatoriano, se volcó a la cría de camarones con un éxito casi inmediato que ayudó al país andino a convertirse en el segundo mayor exportador mundial de los crustáceos. REUTERS/Guillermo Granja

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Por Ana Isabel Martinez

PEDERNALES, Ecuador (Reuters) - En la década de 1980, la pequeña ciudad de Pedernales, bañada por el Pacífico ecuatoriano, se volcó a la cría de camarones con un éxito casi inmediato que ayudó al país andino a convertirse en el segundo mayor exportador mundial de los crustáceos.

Unos 10 años más tarde, un virus, el síndrome de la mancha blanca, atacó a los camarones volviendo añicos la industria y el pueblo. A pesar de ello, Pedernales se repuso consagrándose al turismo gracias a los miles de bañistas que llegaban atraídos por sus cálidas aguas y arena límpida.

Pero tras el potente sismo que sacudió la costa ecuatoriana el sábado y dejó a Pedernales en ruinas, muchos creen que la suerte no les volverá a sonreír y temen por su subsistencia.

"Este pueblo debe estar maldito", dijo Hilda Morales, de 58 años, mientras sacaba las pocas cosas que pudo rescatar de su derruida casa, entre ellas, varias imágenes religiosas. "Primero la mancha blanca y ahora esta tragedia. Estamos condenados".

El sismo de 7,8 de intensidad derruyó ocho de cada 10 edificaciones en la ciudad, incluyendo los hoteles, inundó las vitales granjas de camarones cuando desencadenó un aumento de la marea derribando depósitos de agua, y arruinó tierras agrícolas, dejando en el desamparo a muchos de sus 55.000 habitantes.

El corredor de palmeras de más de 20 kilómetros que adornaba sus playas, las más extensas de Ecuador, lucía devastado y sus hoteles quedaron reducidos a escombros y fierros retorcidos.

A pesar de la rápida respuesta del Gobierno, el propio presidente Rafael Correa reconoció que la reconstrucción de todas las ciudades afectadas podría tardar hasta tres años y costar decenas de millones de dólares.

"Ecuador ha mejorado bastante en los últimos años con Correa, pero la situación económica está muy dura, todo se vino abajo por culpa del petróleo", reconoció José Molina, cuya humilde farmacia naturista colapsó con el sismo. "Hemos sufrido mucho este año (...) no sé qué voy a hacer ahora", se lamentó.

Conscientes de la grave situación, cuadrillas de técnicos se apresuraban a reparar los postes de alumbrado público y levantar los cables caídos, pero sus esfuerzos parecían inútiles ante las réplicas que se sucedían sin parar.

RECONSTRUCCIÓN

La modernización que realizó el gobierno de Correa de la Troncal del Pacífico -la vía que une los poblados costeros afectados por el sismo- más una agresiva campaña publicitaria, incrementaron notablemente el flujo de turistas al país.

Sabedor de que esos 1,5 millones de turistas que el año pasado dejaron 1.700 millones de dólares son vitales para la economía, el mandatario se ha propuesto rehacer la provincia de Manabí lo más pronto posible.

"Reconstruimos una vez Manabí y lo volveremos a hacer", dijo el martes. "Grande es la tragedia pero más grande el valor del pueblo ecuatoriano".

Pero no todos las ciudades han recibido la misma atención que Pedernales o Portoviejo, 180 kilómetros al sur.

Autoridades de Muisne, una pequeña isla apenas separada del continente, se quejaron de la poca ayuda a pesar de haber sido epicentro del potente sismo.

"Nos sentimos totalmente abandonados (...) nosotros también hemos sido afectados y hemos tenido que evacuar la isla", dijo el alcalde de la localidad, Eduardo Proaño. "Se han perdido todas nuestras pertenencias. ¿Cómo vamos a reconstruir las viviendas?", se preguntó retóricamente.

A pesar de la magnitud de la tragedia, que aún era difícil de calcular, vecinos de Pedernales como Hernán Artiaga, confiaban en la buena ventura de su pueblo natal.

"Estamos colapsados pero por nada de este mundo abandonaré este pueblo", dijo cerca de su pequeña tienda de víveres en ruinas.

(Escrito por Diego Oré; Reporte adicional de Alexandra Valencia en Quito; Editado por Pablo Garibian)

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