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Zonas de guerra


El dilema en la tarea humanitaria entre seguridad y eficacia


Por Abdelhafidh Abdeleli


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Las organizaciones humanitarias intentan mantenerse en el terreno, pese a los numerosos ataques que sufre su personal en las regiones en conflicto y que afectan a sus operaciones.

Aplauso por el descenso de la ayuda humanitaria en Duma, cerca de Damasco, por parte de la delegación de la ONU que trabaja del brazo de la Luna Creciente Siria.  (Reuters)

Aplauso por el descenso de la ayuda humanitaria en Duma, cerca de Damasco, por parte de la delegación de la ONU que trabaja del brazo de la Luna Creciente Siria. 

(Reuters)

Siria, Irak, Libia, Ucrania: en 2014, los trabajadores humanitarios de nuevo pagaron un pesado tributo para cumplir su misión, con casos como la ejecución a manos de los yijadistas del Estado Islámico en Siria del técnico en emergencias médicas estadounidense Peter Kassig.

“La seguridad nos preocupa mucho”, reconoce Peter Staudacher, de Caritas Suiza, organización activa en varios países siniestrados o en guerra. Según él, “la realización de proyectos y la seguridad del personal humanitario necesita una planificación y un presupuesto especiales”.

En el mismo sentido se expresa ‘Terre des hommes’, organización que asegura servicios humanitarios a los refugiados sirios e iraquíes en Líbano, Jordania y Kurdistán (norte de Irak). Al respecto, Zélie Schaller, encargada de la relación con los medios de esa ONG, afirma: “En materia de seguridad tomamos medidas que nos permiten evitar daños intencionados o accidentales. Esta política no elimina todo el peligro, pero nos permite evaluar la situación en el terreno para cada una de nuestras misiones, y establecer un plan de seguridad destinado a proteger a nuestros trabajadores”.

El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), activo en más de 80 países, ya sea para ayudar a las víctimas de conflictos armados, reforzar el respeto del derecho humanitario o visitar prisioneros y hacer respetar sus derechos, afronta también este desafío de la seguridad. Su portavoz, Dibeh Fakhr, reconoce que “actualmente, en Siria, Irak y Líbano, los problemas relacionados con la seguridad son numerosos y conciernen a mucha gente”.

Una ecuación difícil

En el sector, asegurar la protección de los individuos resulta un ejercicio de equilibrista. Proteger sin perder de vista el resultado deseado constituye una ecuación difícil de resolver, que exige un cálculo delicado para proteger al personal sin comprometer la eficacia de su trabajo. Peter Staudacher lo sabe: “No hay que hacer la tarea a toda costa; lo que cuenta es que haya una evaluación constante de la situación para obtener un balance entre lo que es absolutamente necesario y lo que no lo es.

Respetar el equilibrio entre seguridad y eficacia no es simple, reconoce, por su parte, Dibeh Fakhr. “Hablar con todas las partes implicadas nos exige mucho tiempo y se trata de negociaciones difíciles. Con frecuencia, nos tenemos que contentar con un mínimo de garantías si queremos socorrer a los que nos necesitan. Hoy hay varias zonas a las que no tenemos autorización de acceso. Y aún más problemático: no disponemos de libertad para actuar”.

¿Deshacerse de los signos distintivos?

Construir muros con alambradas de púas para protegerse o limitar el margen de maniobra de la propia tarea humanitaria puede contribuir a mantener la seguridad del personal, pero estas dos herramientas, si se emplean, pueden alejar las organizaciones humanitarias de quienes pueden beneficiarse de su socorro.

De forma general, una política de disuasión solamente es aceptable si es utilizada “para salvar vidas o enviar una ayuda capaz de evitar una catástrofe”, como indica Peter Staudacher. Recurrir a la protección armada “empuja a los habitantes locales a considerar a las organizaciones humanitarias como si fuesen parte de la misma ‘barca’ conducida por las fuerzas extranjeras en el lugar”, agrega.

Obligadas a ser discretas, las organizaciones humanitarias deben deshacerse, a veces, de sus signos distintivos (logotipos, automóviles…). Este proceder, sin embargo, puede crear ambigüedad con respecto a la identidad de una organización y provocar desconfianza entre los trabadores locales.

De acuerdo a Dibeh Fakhr, no existe una fórmula mágica que pueda aplicarse a todas las situaciones difíciles, “que varían de un país a otro. Trabajar en Irak, por ejemplo, no es como hacerlo en Libia o en Yemen. Para cada país se requiere una estrategia”.

Colaborar con la población local

Preferir la apertura, en lugar de la fuerza, es la elección de ‘Terre des hommes’. “La mayoría de nuestros empleados son originarios de los países en los que actuamos. Esta elección nos permite identificar mejor las necesidades locales, en función de las que podemos entonces elaborar nuestros proyectos”, explica Zélie Schaller. También Peter Staudacher estima que la colaboración con las comunidades locales es importante. “Hay que evitar que asuman nuestros problemas y vigilar que no se expongan al peligro”.

El CICR intenta, por su parte, también “adaptarse a las costumbres y métodos de trabajo” del país donde trabaja, como explica Dibeh Fakhr. Cabe precisar que la institución colabora ‘in situ’ con sus socios, las organizaciones nacionales de la Cruz Roja o de la Media Luna Roja. Son ellas que le ayudan a establecer los proyectos y a emprender las negociaciones con las partes en conflicto.

La seguridad posa problemas a los trabajadores humanitarios, como hemos visto, pero existen medios para mejorar y reforzar la ayuda a los que la necesitan en los países concernidos. Entre esos medios se encuentran las campañas de sensibilización, la escucha y el diálogo con los habitantes y con las organizaciones locales. 


Traducción del árabe al francés: Ghania Adamo, al español: Patricia Islas, swissinfo.ch

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