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"En ese momento creí que me iba a morir"



El crucero Costa Concordia naufragó el 13 de enero, frente a la costa italiana de la Toscana.

El crucero Costa Concordia naufragó el 13 de enero, frente a la costa italiana de la Toscana.

(Keystone)

La brasileña Lourdes Sola, afincada en Basilea desde hace muchos años, y su esposo se encontraban a bordo del crucero Costa Concordia que chocó contra una roca frente a la costa de la isla de Giglio, en Italia, y naufragó.

La periodista cuenta en exclusiva para swissinfo.ch los momentos dramáticos que vivió hasta ser rescatada.

Mi esposo, Branderley Claudio, y yo embarcamos en el Costa Concordia el 7 de enero. El crucero salió de Savona (Liguria) y nos llevó a Toulon, Barcelona, Palma de Mallorca, Cagliari, Palermo y Cittavechia. Pero en lugar de Savona, desembarcamos en Giglio (Toscana) en un bote de salvamento. Una noche que jamás olvidaré.

Era el último día a bordo del Costa Concordia. Dejamos las maletas hechas encima de la cama para cerrarlas después de la cena, que servían a partir de las 21 horas. Elegí un vestido de manga tres cuartos y unas sandalias. Mi marido se puso una camisa de cuadros y vaqueros.

Saludamos a los camareros que nos servían todos los días y elegimos el menú – la recomendación del chef, con cordero como plato principal– el mismo que se sirvió la última noche en el Titanic… Al comenzar el segundo plato -Papardelle al ragù-, notamos un aumento brusco de la rotación de las hélices, parecida a la maniobra que sirve para desacelerar una embarcación.

“Esto es una colisión”, dijo mi esposo. De repente se produjo un golpe abrupto – eran las 21.45 horas. La botella de vino resbalaba de un lado al otro sobre la mesa. El ruido de platos y vasos se mezclaba con los gritos de algunos pasajeros. Muchos llamaban por teléfono a sus familiares. Nosotros decidimos permanecer sentados hasta que el tumulto se calmara.  Luego volvimos al camarote con la idea de esperar allí una orden del capitán.

Un giro de 180 grados

Nuestro camarote estaba en la 10ª cubierta. El navío se inclinaba hacia la izquierda. Prueba de ello era que las dos puertas –la de la entrada y del balcón- se quedaban abiertas. Al asomarnos al balcón vimos que el comandante ponía en marcha las hélices laterales o de maniobra. Nos asustamos al percatarnos de lo cerca que estábamos de la isla, demasiado cerca para una embarcación de semejante tamaño. Llegó el primer aviso. Alguien, en nombre del comandante, informaba de que había un problema con los generadores, pero que todo estaba bajo control.

“Mentira”, apuntó mi esposo, aficionado a la navegación y patrón de vela. “Hemos chocado. No puedo creer que se acercara tanto a la isla”. El crucero dio un giro de 180 grados y las puertas del camarote se cerraron solas, señal de que la embarcación se inclinaba ahora hacia la derecha. Pusimos dos banquetas para mantener abiertas las puertas – por temor a que no pudiéramos abrirlas si se producía un corte en el suministro eléctrico, como había ocurrido durante la cena.

Más tarde supimos que esa maniobra fue la única acertada del comandante Schettino aquella noche del 13 de enero. Al girar el navío y dejarlo apoyado en las rocas, hizo posible que mucha gente pudiera abandonarlo. En la posición en la que chocó, la embarcación estaba predestinada a naufragar en un santiamén. Y el número de muertos hubiera sido mucho mayor. Pero el comandante no se dignó a informar a los pasajeros.

Los temidos ocho pitidos

Preguntamos al camarero de piso qué debíamos hacer. Nos respondió  que no había recibido orden alguna. Y, evidentemente, puso cara de susto al escuchar el anuncio en clave destinado a la tripulación. “Tango Tango 3”, repetido dos veces. Significaba inequívocamente una emergencia, estábamos en estado de alerta.

Ya con los chalecos salvavidas puestos y desde el vestíbulo de la 10ª cubierta, nos asomamos para ver si las cubiertas inferiores estaban inundadas. En la tercera cubierta vimos a muchos pasajeros sentados y con los chalecos salvavidas puestos. Eran casi las 23 horas, cuando sonaron los temidos ocho pitidos -siete cortos y uno largo- que indican que hay que abandonar la embarcación.

Los hicimos por la banda de babor (lado izquierdo) – el lateral que quedó fuera del agua y donde estaba nuestro camarote, el 1070. Subimos a un bote y todo parecía desarrollarse con normalidad – como en un entrenamiento para una situación de emergencia. Los botes estaban repletos de gente, el mar en calma y la costa a cinco minutos de distancia.

Los tripulantes intentaban bajar el bote, pero la inclinación del navío lo impedía. Comenzamos a desesperarnos – ellos y nosotros. Cada segundo significaba litros y litros de agua que inundaban el navío. El pánico se apoderó de una joven alemana. Le pedimos que se calmara, pero no había manera: lloraba compulsivamente y vomitó. Algunos oficiales intentaban ayudar desde el navío a los tripulantes - cocineros y camareros. Les decían que utilizaran los remos para presionar y empujar el bote que no había manera de bajar. Pero la comunicación era difícil. No sé si se debía solamente a un problema de idioma, ni tampoco si los tripulantes estaban formados para situaciones de emergencia. Hacían lo que podrían y más, tenían que seguir los procedimientos de desalojo de la embarcación.

Abandono del navío

Dentro del bote mi esposo me advirtió que si teníamos que saltar al agua, debíamos permanecer juntos. Nos cogimos de la mano. Sabíamos que estábamos cerca de una isla, era nuestra última esperanza. Cerca de las 23.30 horas, escuchamos un aviso del comandante en italiano e inglés: “Abandonen el navío”. Era la señal inequívoca de que el barco naufragaba y no se sabía cuánto tiempo nos quedaba.

En ese momento creí que me iba a morir. Una embarcación que naufragaba en medio del Mediterráneo, un bote que no bajaba y el capitán que ordenaba abandonar el navío. No volveríamos a ver a nuestros seres más queridos, le dije a mi esposo. Él, como siempre, guardó la calma. Me ató el cordón del chaleco salvavidas y me dijo que aún disponíamos de mucho tiempo para salir de allí. Me costaba creerle, pero no perdía la esperanza.

Nos pidieron que bajáramos del bote y ayudáramos a empujarlo. Lo intentamos tres o cuatro veces, sin éxito.

Orden de desalojar el barco

Nos mandaron a otro bote, pero desobedecimos la orden. Mi esposo me llamó para cruzar el barco hacia el lado anegado. Me resistí porque no me parecía lógico y tenía miedo – mucha gente resbalaba debido a la inclinación del navío. Al escuchar sus gritos obedecí. Cuando llegamos al otro lado vimos más de seis bote vacíos que iban y volvían de la costa con pasajeros y tripulantes a bordo. “Ahora estoy aliviado”, dijo mi esposo.

Esperamos que saliera un bote y subimos en el siguiente. A bordo nos encontramos con muchos tripulantes y pasajeros que habíamos conocido durante el crucero. Uno de ellos nos contó era la segunda vez que vivía una emergencia como aquella. La anterior había sido en el Costa Europa.

Un indonesio que ayudaba a la gente a subir a los botes no hablaba inglés ni italiano, pero seguramente salvó la vida a más de 300 personas.

Los pasajeros que se quedaron en la banda de babor del Costa Concordia fueron rescatados en helicópteros durante la madrugada o abandonaron el navío por una escalera con ayuda de los bomberos. El rescate terminó a las 5 de la madrugada – mucho después de que el comandante Schettino abandonara la embarcación (antes de medianoche).

Pisamos la isla de Giglio a medianoche y 5 minutos del 14 de enero. Nos abrazamos y miramos la luna que en aquel momento nos pareció que brillaba con más intensidad que nunca. Fue un viaje sin fotos, pero que jamás olvidaremos.

Costa Concordia

El imponente crucero Costa Concordia naufragó tras golpear una roca mientras se servía la cena el pasado viernes (13.01) por la noche.

La mayoría de los pasajeros y la tripulación sobrevivieron a pesar de horas de caos y confusión tras la colisión. La alarma no fue activada por el propio crucero, sino por llamadas de teléfonos móviles de los pasajeros a la policía italiana en tierra.

Seis días después de que el Costa Concordia de 114.500 toneladas se hundiera frente a la costa toscana, las esperanzas de encontrar a alguien con vida en el casco parcialmente sumergido casi han desaparecido.

Once personas han sido dadas por muertas y 21 siguen desaparecidas de entre los más de 4.200 pasajeros y tripulación que estaban a bordo del barco cuando éste chocó con una roca a pocos metros de la costa, lo que provocó una gran grieta en un costado del casco.

Los equipos de rescate del crucero hundido en Italia trabajabaneste jueves (19.01) contrarreloj para completar la búsqueda de víctimas de la catástrofe, antes de que el clima empeore y sea necesario empezar a extraer el combustible del barco.

El barco alberga más de 2.300 toneladas de diesel y aceite lubricante, y los equipos de rescate ya se están preparando para empezar a bombear el combustible.

Fin del recuadro

Naufragio

Naufragio: Un proceso por el que una embarcación se hunde mientras esta navega por el mar, un río, lago, laguna o cualquier otra masa de agua.

Las causas pueden ser muy variadas, por lo general son por efectos de tormentas o huracanes; o bien por efecto de guerras.

Un barco que encalla en la costa no es considerado naufragio hasta cuando es desguazado en el sitio, siendo dado por pérdida total por sus dueños o compañías de seguros.

Los lugares de naufragios muchas veces son motivo de atracción turística como es el caso del SS America Star frente a Fuerteventura en las Islas Canarias, el Naufragio del Napo en las costas de Chile o El SMS Dresden en isla Juan Fernández (Chile).

Causas directas

 

Vía de agua: Perforación del casco que permite la entrada de agua en la parte sumergida de aquel.

Inestabilidad: Inclinación de la nave hasta un extremo que impide que ésta vuelva a estabilizarse.

Causa meteorológica: Las precipitaciones y fenómenos meteorológicos pueden provocar la inestabilidad del buque, así como causar su impacto contra sólidos que provocarán daños en el casco, y que pueden suponer la aparición de vías de agua.

Fallo de navegación: Error de origen humano o tecnológico que supone la colisión del buque contra rocas sumergidas (agujas de mar), icebergs o contra otros navíos.

Daños provocados: La destrucción intencionada de la nave, que normalmente está motivada por la existencia de una guerra o conflicto. En este caso, los daños pueden estar causados por multitud de actuaciones, desde el sabotaje hasta el impacto de proyectiles, misiles y torpedos.

Fuente: Wikipedia

Fin del recuadro


(Traducción y adaptación: Belén Couceiro), swissinfo.ch


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