“En Suiza me devolvieron la vida”

Pierre Marbacher con Tigrán en el balcón de su hogar en Arni, cantón de Berna. Pierre Marbacher

Cuando Pierre Marbacher se instaló hace unos cuarenta años en Salvador de Bahía, había decidido que sería para siempre, pero la salud le torció los planes. Regresó para volver a nacer en Suiza. “Aquí me devolvieron la vida”, afirma.

Este contenido fue publicado el 14 julio 2020 - 11:00

Unos 10 000 suizos afincados en el exterior regresan cada año a su país de origen por diversas razones. En el caso de Pierre fue la sobrevivencia. No hubo dudas en la partida, ni vacilaciones en el retorno. “En Brasil no hubiera podido costearme las operaciones, además de que la medicina en Suiza es muy fuerte”.

Suizos en el extranjero

En 2019, un total de 770 900 suizos estaban registrados ante las representaciones oficiales helvéticas en el extranjero, según la Oficina Federal de Estadística.

Por su parte, la Organización de los Suizos en el Extranjero (OSE) informa que:

- En el saldo migratorio (entre aquellos que salen y aquellos que regresan) a fin de año siempre hay más personas que parten o nacimientos de suizos en el exterior que retornos.

- Alrededor de 10 000 personas regresan por año a Suiza, pero puede haber variaciones en función de la actualidad internacional. No hay una razón única para los retornos. 

- El tema del coronavirus plantea la posibilidad de un regreso a Suiza para muchas personas que trabajan, por ejemplo, como colaboradores libres de prensa (freelancers) y cuya situación social y financiera se ha vuelto muy precaria.

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“Tengo que tomar muchos medicamentos, pero vivo casi sin restricciones”, lo cual no es evidente luego de un trasplante de hígado, una operación a corazón abierto y un largo peregrinaje por diversas unidades del Hospital Universitario de Berna y varias clínicas de rehabilitación.

En la intimidad de su hogar en la comuna bernesa de Arni, Pierre Marbacher nos cuenta su historia. “¿Crees que es interesante?”, inquiere. “Es una oda a la resiliencia”, pienso. “Por supuesto, es muy interesante”, digo.

Y es que este bernés, silvicultor de profesión y próximo a la jubilación, no solamente ha tenido que superar los desafíos de su salud, sino que ha sorteado una y otra vez las zancadillas de una vida de pequeño emprendedor (confiado, para más inri) en un país ajeno.

Tantas veces asaltaron su restaurante en la playa que perdió la cuenta. Muchos consumidores que prometían pagar después nunca lo hicieron. Los amigos de lo ajeno se metieron a su casa y hasta el coche le robaron. Muchas, muchas veces debió empezar de cero.

“No cualquiera hubiera aguantado lo que tú”, le decían sus amigos en Brasil. Y él hubiera seguido aguantando si su cuerpo y su mente hubieran seguido de acuerdo.

Joseph Marbacher luchó con los republicanos en la Guerra Civil Española. Fotografía de su carnet de brigadista internacional. Pierre Marbacher

La lucha en los genes

Pierre Marbacher nació en Berna en 1956. Joseph, su padre, fue herido al participar en una manifestación antifascista en Ginebra, en 1932, y luchó luego como brigadista internacional en la Guerra Civil Española, incluida la Batalla del Ebro. Su madre, Verena, contribuyó en la formación del Partido Suizo del Trabajo (PT).

Recuerda Pierre que cuando era niño, en su hogar siempre había gente, diputados del PT o embajadores de países socialistas. Esas visitas fortalecieron en él su visión del mundo y su deseo de recorrerlo. “Para mí, viajar se convirtió en una necesidad”, subraya.

Recorrió primero diversos lugares de Europa y a los 22 años se embarcó en una aventura de 14 meses por América Latina, de la que evoca la dulzura de su gente y algunas anécdotas más bien amargas.

“Cuando llegué a Barbados la policía me detuvo acusándome del asesinato de Aldo Moro [prominente político italiano secuestrado y asesinado por las Brigadas Rojas en 1978]”, narra con un gesto de estupefacción parecido al que debió mostrar entonces. Como no hablaba inglés, no entendía lo que pasaba ni podía defenderse. Al final, luego de mostrar sus documentos, de que se aclararan las cosas y de varias horas de detención, lo liberaron.

De vuelta a Suiza trabajó en la restauración de la Cartuja de Ittingen, actual Museo del Convento y Museo de Arte de Turgovia, y emprendió luego un segundo periplo por el Nuevo Mundo antes de instalarse finalmente en Brasil.

Pierre Marbacher inició una colección de estampillas durante el semiconfinamiento por el coronavirus. Pierre Marbacher

En Salvador de Bahía montó su primer bar restaurante, el Itapoa, en el que siempre había música en vivo y servía de espacio de exposición para diferentes artistas. Lo perdería años después durante su divorcio. Su esposa se instaló en Suiza con sus dos hijos, Raoni y Uiara. Él permaneció en Brasil.

Con su segunda pareja, su segundo negocio corrió la misma suerte, y debió liquidar el tercero, en condiciones catastróficas, dado el apremio de mantenerse en vida.

La vuelta a Suiza

“Sudaba mucho y me sentía raro”, recuerda. En el control médico para renovar la licencia de manejo detectaron arritmia y presión alta. Lo mandaron al cardiólogo. “Olvídate por ahora del corazón, primero debes tratarte el hígado y buena suerte”, le dijo el galeno.

Uiara fue a buscarlo y lo trajo de vuelta a Suiza. Venía con sus dos gatos, Esmeraldo (que murió hace unos días) y Tigrán, y con su hígado lleno de cáncer. “La suerte es que no se había diseminado, así es que me quitaron el hígado y me pusieron otro”, explica. Pero la fortuna le sonrió en cuotas: Poco después, una fuerte infección, producto quizá de una antigua hepatitis C, lo mandó de nuevo al quirófano.

“La segunda intervención fue aún más compleja. Duró el doble que la primera y debieron unir el hígado con los intestinos”. La recuperación fue muy larga. Mientras, los problemas de irrigación esperaban su turno. Llegado el momento, la operación se produjo a corazón abierto.

De eso hace doce años, pero casi cuesta trabajo creer que un hombre tan afable, que aprovechó el confinamiento para crear una colección de timbres que nos muestra entusiasmado, y que participa activamente en entidades solidarias como Suiza-Cuba y el Movimiento Internacional para la Paz, haya pasado por un viacrucis semejante.

“Me dicen mis amigos que tengo más vidas que un gato”, sonríe Pierre. Pero si no hubiera sido por el sistema suizo de salud, insiste, no habría sido posible. “Imagínate: solamente tres meses de uno de los tratamientos cuesta 90 000 francos y si le agregas un baipás, un marcapasos y un hígado nuevo…”

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