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Civiles sirios en la provincia de Idlib el 17 de abril de 2017, heridos en un atentado con coche bomba durante la evacuación de ciudades sitiadas

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Trasladada hacia un hospital después de uno de los atentados más sangrientos acaecidos durante el conflicto sirio, Fatima Rashid ha visto a una adolescente con el rostro desfigurado. No duda de quién se trataba: Ghadir, su propia hija.

"En urgencias, corrí la cortina de la cama de al lado y vi una chica con la cara medio arrancada, que sangraba. No la reconocí", explica a la AFP Rashid, una siria de 37 años, en medio de una enorme tienda transformada en centro de acogida, cerca de la frontera con Turquía.

"Al día siguiente, me enseñaron su foto y recordé lo que llevaba Ghadir en el momento del atentado. Era mi hija", continúa la mujer, vestida con una abaya negra, y sus ojos bañados en lágrimas.

A partir de entonces, Ghadir, de 14 años, fue trasladada a Turquía para ser tratada. Su madre no sabe nada de su otra hija, Rimas, de 13 meses, ni tampoco de su hijo Adel, de 15 años, ni de su marido, Muhanad. Todos desaparecieron tras el ataque.

Solo su tercera hija, Zahra, de 7 años, sigue a su lado.

El destino de su familia se tornó en tragedia el sábado, cuando la operación de evacuación de cuatro localidades asediadas se convirtió en una carnicería en las afueras de Alepo (norte). Un vehículo bomba explotó y causó la muerte de 126 personas, 68 de las cuales eran niños.

- 'Sepultada bajo cadáveres' -

"Vi un vehículo que repartía bolsas de patatas fritas a los niños. Una de mis hijas me pidió que le comprara una", recuerda Fatima, una de las 5.000 personas evacuadas de Fua y Kafraya, dos localidades prorrégimen asediadas desde hacía dos años por los rebeldes, en el noroeste de Siria.

"Los niños estaban tan contentos de haber escapado al sitio, pensaban que iban a disfrutar", cuenta. "Compré una bolsa pero un niño vino y me la robó", precisa Fatima, con una sonrisa triste.

Cuando fue a comprar otra bolsa, el vehículo bomba explotó.

"Me sentí lanzada al aire, antes de verme sepultada bajo cadáveres", explica la mujer, que tiene herida la nariz.

Con la cara y los brazos ensangrentados, Fatima fue transportada a un hospital controlado por los rebeldes en Bab Al Hawa, en la frontera con Turquía.

Tres días después, el centro que acoge a los rescatados se encuentra lleno de madres angustiadas en busca de sus hijos, desparecidos, y de niños y jóvenes, algunos de tan solo tres años, están sentados sobre el suelo, aturdidos.

- '¿Está muerto?' -

"¿Cómo te llamas? ¿Quién es tu padre? ¿De dónde vienes?", les preguntan los rescatados adultos. Algunos niños no pronuncian palabra.

En un rincón, Um Mohamad llora y grita, con varias mujeres a su alrededor tratando de calmarla. "¡Quiero que me digan cómo está mi bebé, al que se llevaron a Turquía! ¿Está muerto? Solo tiene ocho meses, no puede hablar y no puede decir quién es", brama.

En el sector reservado a los hombres, Sherif Al Husein, oriundo de Kafraya, tiene a dos de sus hijos consigo. Haidar, de 10 años, con la cabeza vendada y Hamza, de 4 años, con la cara también llena de vendas.

"Mis chicos lloran y llaman a su madre cada día", suspira Sherif, de 35 años.

Tanto él como los otros rescatados de Fua y Kafraya se han extrañado por el hecho de haber sido auxiliados por los rebeldes, el bando que desde hacía dos años disparaba cohetes contra sus localidades.

Los insurgentes "nos han dado medicamentos y alimentos, se han ocupado de nuestros hijos", atestigua Sherif, que pidió a los rebeldes que no estuvieran presentes durante la entrevista con la AFP.

"Nos aseguraron que aquí no somos prisioneros", agrega con prudencia Usama, un combatiente leal al régimen, con la ropa manchada de sangre. "No tengo miedo pues estoy protegido por el acuerdo" de evacuación cerrado por Catar e Irán, padrinos de los rebeldes y del régimen, respectivamente, matiza.

Una coexistencia así sorprende, habida cuenta del clima de odio creado por seis años de guerra en Siria.

Abu Obeida, un rebelde de 33 años, se pregunta además cómo habría reaccionado si no hubiera habido ningún acuerdo entre las partes beligerantes. Pero, precisa, "no podía hacer otra cosa que socorrer a esos niños y esos ancianos. Es una cuestión humana".

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