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"No queremos turistas en nuestros edificios", se lee en una pancarta colocada en la playa de La Barceloneta durante una protesta contra el "turismo de borrachera" el 12 de agosto de 2017 en este barrio barcelonés

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"Ningún verano más como este". Hartos de la invasión de sus espacios, los vecinos del barrio de la Barceloneta decidieron reconquistar la principal playa de Barcelona, uno de los tantos destinos europeos que empiezan a ver con hostilidad su éxito turístico.

Desde los románticos canales de Venecia hasta la ciudad amurallada de Dubrovnik, pasando por la salvaje isla escocesa de Skye, el antes bendecido turismo se convierte para algunos en una pesadilla.

En el barrio costero de la Barceloneta, los vecinos llevan años protestando. A los problemas de incivismo, con borracheras o sexo en espacios públicos, se suma el astronómico encarecimiento de la vivienda, imposibilitando a muchos vecinos seguir viviendo allí.

"No queremos turistas en nuestros edificios", "No sois bienvenidos", rezaban las pancartas de la protesta del sábado, en que decenas de vecinos recuperaron un espacio de la playa normalmente copada de turistas.

Protestas similares se esparcen por este país, tercer destino mundial y con un sector turístico boyante gracias a la inestabilidad de competidores como Túnez o Egipto.

Incluso, un grupo de extrema izquierda elevó el tono de las protestas a principios del mes, asaltando un autobús turístico en Barcelona para pintarle el parabrisas o irrumpiendo en el puerto de Palma de Mallorca, en las islas Baleares, con bengalas de humo rojo y lanzando confeti a los comensales de un restaurante.

Este popular archipiélago acaba de limitar a 623.000 sus plazas turísticas y busca reducirlas en alrededor de 120.000 en los próximos años.

"La base de la economía y la base del trabajo y todo es el turismo. Ahora, conviene tener un turismo ordenado", reconocía un jubilado de 67 años en Palma, Arturo Monferrer.

- Explosión turística -

"Nunca creí que tuviera que hacer una defensa del sector turístico español", una actividad que genera un 11% de la riqueza del país, se sorprendió recientemente el presidente del Gobierno español, Mariano Rajoy.

Internacionalmente, uno de cada diez empleos está vinculado a este sector, que supone un 10% del Producto Interior Bruto mundial, según la Organización Mundial del Turismo (OMT).

"El turismo no es el enemigo", asegura a la AFP su secretario general, Taleb Rifai.

Entre 1995 a 2016, el número de viajeros internacionales pasó de 525 a 1.235 millones, gracias a la irrupción de las compañías de bajo coste y la incorporación de mercados emergentes como China, India o los países del Golfo.

Pero algunos destinos parecen haber alcanzado su límite.

En Dubrovnik (Croacia), parada de muchos cruceros y escenario de la exitosa serie "Juego de Tronos", las callejuelas de su ciudad amurallada son un hormiguero a evitar para los locales.

"A veces, para entrar al casco viejo, necesitas esperar una hora a 40 grados de temperatura", lamenta Ana Belosevic, trabajadora de un hotel de 27 años.

Sus autoridades instalaron cámaras en los accesos de la ciudad amurallada para controlar el flujo de visitantes y quieren reducir la llegada de cruceristas.

Medidas similares se implantaron en la otra orilla del mar Adriático, en la italiana Venecia, de apenas 265.000 habitantes y con 24 millones de turistas anuales.

En primavera aprobaron implantar un sistema de reservas para acceder a la popular plaza San Marcos en horas punta o multas de 500 euros por hacer picnic o bañarse en los canales.

En Florencia, las autoridades optaron por regar con mangueras de agua los alrededores de sus principales monumentos, donde suelen sentarse multitudes de turistas para comer o descansar.

- "Un buen problema" -

Entre las soluciones planteadas a esta saturación figura dispersar los visitantes del centro a zonas menos frecuentadas, afirma a la AFP Rafat Ali, fundador de la plataforma de información turística Skift.

Pero esto expandió el problema a zonas hasta ahora ajenas al turismo, especialmente por la irrupción de plataformas de alquiler vacacional como Airbnb, cuyos anuncios proliferan en áreas residenciales.

En Lisboa, la explosión turística de los últimos años pone en aprietos a los humildes habitantes de su barrio más antiguo, Alfama, plagado de apartamentos turísticos que encarecen el mercado inmobiliario.

"Hoy en Alfama es difícil encontrar alquileres por menos de 1.000 euros al mes, una suma enorme respecto al salario de un portugués, normalmente inferior", explica Maria de Lurdes Pinheiro, presidenta de la asociación de patrimonio y población de Alfama.

Incluso en la remota isla de Skye, en Escocia, cuyo salvaje paisaje atrae cada vez a más turistas, las autoridades se muestran preocupados por los colapsos en las carreteras, el daño ambiental y la falta de alojamiento que conlleva este éxito.

"La solución fácil es decir 'no más turismo', pero es muy peligroso", advierte Rifai. "Los mismos que dicen hoy que no quieren turismo serán los primeros en llorar cuando los pierdan", señala.

Lo saben bien en Turquía, desesperada por reimpulsar un sector clave cuyos beneficios se hundieron un 30% en un 2016 marcado por los atentados y el golpe de Estado fallido.

El martes, su gobierno aprobó prolongar las vacaciones de la Fiesta musulmana del Sacrificio para fomentar el turismo interno.

"Demasiado turismo es un buen problema que tener. Lo peor es que nadie venga", ironiza Rafat Ali.

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AFP