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Gente levantando las manos durante una de las reuniones de la 'Nuit debout', en la plaza de Cours Julien de Marsella, sur de Francia, el 9 de abril de 2016

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A Lili, de 22 años, le "deprimía" desde hace meses el ambiente de "fin de reino" que planeaba sobre la escena política francesa. Ahora vuelve a confiar en el futuro gracias a la Nuit Debout ('Noche en Pie'), el movimiento indignado nacido en París que se está extendiendo por toda Francia.

El 31 de marzo, tras una gran manifestación contra la reforma laboral impulsada por el gobierno socialista -considerada sinónimo de precariedad acrecentada- centenares de personas se reunieron en la céntrica plaza parisina de République, a pocos metros del memorial a las víctimas de los atentados de 2015, para prolongar su lucha.

Desde ese día, centenares e incluso miles de personas se reúnen todas las noches en París -y ahora en más de medio centenar de ciudades francesas- para mostrar su hartazgo hacia la case política y económica del país.

"Es bello e impresionante escuchar a todo el mundo", confía Lili, estudiante de Ciencias Sociales que acumula pequeños trabajos mal pagados desde los 16 años y siente "pánico" por su futuro, en un país donde la tasa de paro entre los jóvenes alcanza el 25%. "Hace meses que me deprimía en casa, pensando 'hay que hacer algo'", explica Lili. "Así que estar aquí me hace mucho bien".

Laurent, de 42 años, y trabajador en el sector cultural, comparte su entusiasmo. Desde hace años no votaba, frustrado por los políticos a los que considera desconectados de sus preocupaciones. Pero desde el inicio del movimiento Nuit Debout, ha vuelvo a encontrarle el gusto a la política. "Si traigo a mi hijo es porque el ambiente es festivo".

Tanto, que algunos participantes parecen más motivados por los conciertos que por las asambleas. "Es genial", comentan tres amigos llegados como curiosos por primera vez a la plaza, mientras se toman una cerveza y asisten a un concierto de rap.

En pleno corazón de París, entre tiendas de plástico y puestos ambulantes, un pequeño mundo se ha organizado, con una cantina a precio libre, un puesto de bienvenida de voluntarios o una enfermería.

Además, se ha impuesto un lenguaje de signos, rescatado del movimiento asambleario que ya pudo verse en el 15M en Madrid o en la plaza Taksim en Turquía: manos agitadas al aire para expresar consenso, brazos en cruz para mostrar desacuerdo...

- ¿Dónde esta la periferia? -

Aunque la organización vaya cada vez más rodada, las reivindicaciones se asemejan a un cajón de sastre: feminismo, defensa de los migrantes, ecología, causa palestina, lucha contra la corrupción o contra la globalización.

En la tribuna, el economista Frédéric Lordon, aclamado como una estrella del rock, advierte: sin reivindicación política, el movimiento se apagará una vez se agote la alegría de estar todos juntos".

"Tiene razón", coincide una joven asistente. "Es genial que la gente se interese por su futuro, pero ¿cómo acabará el movimiento?", se preguntaba Yvan Yonnet, militante de un pequeño partido antiglobalización llegado desde Caen (noreste).

Muchos tienen en mente el fracaso del movimiento Occupy Wall Street, nacido en 2011 para criticar la deriva del mundo de las finanzas. Nacido en Nueva York, llegó a varias ciudades estadounidenses, antes de apagarse ante la falta de reivindicaciones claras.

Otro punto débil, según Yvan Yonnet, es que la gente de "la periferia no está aquí, pese a que es la que más sufre" el paro, la precariedad, los problemas de vivienda, etc.

"En esta plaza hay esencialmente jóvenes diplomados, precarios o estudiantes", reconoce uno de los iniciadores del movimiento, el periodista y director François Ruffin. "Hay que ir al encuentro de la gente de los barrios desfavorecidos, del movimiento sindical, de las zonas rurales..."

En España, el movimiento de los 'indignados' logró ese cambio de escala y, en parte fruto de esa movilización, surgió un partido, Podemos. "Después de tres años de maduración política", recuerda el sociólogo Albert Ogien, especialista en nuevas formas de movilización política.

Los noctámbulos francesas aún no están en ese punto, aunque esperan echar raíces. Jens, alemán de 28 años formado en urbanismo, lo deja como promesa: ¡mañana vengo a plantar un jardín "debout"!

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AFP