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Una mujer participa en una manifestación contra la lapidación de una mujer hasta la muerte por parte de unos talibanes, este viernes 6 de noviembre en un parque de Kabul

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Afganistán atrajo durante años a los cooperantes internacionales como un imán. Pero, ante la persistencia de la violencia, las ONG carecen de voluntarios y tienen problemas para ayudar a las poblaciones más vulnerables.

Una empleada de la ONG francesa Acted, Élise, lamenta que los puestos queden "vacantes durante mucho tiempo" y que, al contrario de lo que ocurría diez años atrás, "la gente ya no luche por ir" a Afganistán.

El interminable conflicto que enfrenta a Kabul y a sus aliados de la OTAN con los rebeldes talibanes y las catástrofes naturales, como el reciente seísmo que sacudió el noreste del país, demuestran que la ayuda sigue siendo necesaria.

Pero Afganistán es "el país más peligroso del mundo para los trabajadores humanitarios", según el centro Humanitarian Outcomes, que contabilizó 54 "ataques graves" contra ONG en 2014, un hecho que asusta a los posibles candidatos.

Para atraer a los cooperantes, las ONG aceptan ahora unos contratos menos largos, a veces de seis meses, lo cual no es lo ideal, porque los voluntarios "se van en el momento en que empiezan a dominar su trabajo", explica Patrick, responsable de una ONG occidental en Kabul.

Aunque los beligerantes dicen respetar a las ONG, en realidad, estas siguen a merced de los combates que se avivan, como se pudo comprobar a principios de octubre, cuando un bombardeo estadounidense destruyó el hospital de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Kunduz (norte del país) y mató a 30 personas.

Y si bien los rebeldes talibanes afirman que quieren ayudar a los cooperantes, sus combatientes han reivindicado varios ataques contra lugares frecuentados por los extranjeros, incluidos empleados de la ONG, en Kabul.

Ante esas amenazas, algunas ONG han reducido sus actividades en las provincias.

En el centro del país, "donde había tres extranjeros para ayudar a los criadores de ovejas, ahora sólo hay uno" para limitar los riesgos, dice Nathan, que trabaja para una asociación agrícola.

- Menos atractivo -

Las misiones en las provincias más remotas, tan hermosas como pobres, se han reducido y, por tanto, los puestos ofrecidos por las ONG son menos atractivos.

Hasta hace poco, los extranjeros podían al menos disfrutar de una vida social trepidante en Kabul. "Había fiestas gigantescas", cuenta Alex, un cooperante alemán que volvió a Afganistán tras pasar años en el sureste asiático. Pero "hoy todo eso terminó", lamenta. Los continuos atentados y secuestros acabaron con ello.

Según un observador occidental, el número de cooperantes extranjeros pasó de miles a algunos centenares en los últimos cinco años. Y aunque el número de ONG extranjeras continúa siendo bastante estable (274 en 2015 frente a las 293 de 2013), éstas han reducido sus proyectos.

Sin embargo, sigue habiendo dinero, ya que la comunidad internacional se comprometió a sostener el desarrollo del país con 16.000 millones de dólares durante cuatro años hasta 2015, y a mantener una ayuda similar hasta 2017.

El problema es que ahora el Gobierno quiere ser quien distribuye los fondos extranjeros, explica Fiona Gall, directora de Acbar, que agrupa a más de 130 ONG instaladas en Afganistán. Y "los fondos no se distribuyen con bastante presteza", lo cual impide que algunas ONG elaboren sus presupuestos a tiempo y, por tanto, que puedan reclutar a trabajadores.

AFP