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Niños refugiados afganos en un campamento de refugiados de la capital paquistaní el 19 de enero de 2018

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"¿No ves que allí te espera la muerte?" El afgano Mohamad Wali, vendedor de fruta en un campo de refugiados, prefiere el hambre y el acoso en Pakistán a volver a su tierra.

Pakistán ha aumentado la presión sobre los refugiados afganos para que se marchen. Alega que los yihadistas aprovechan para ocultarse entre ellos.

Pero 38 años después de que la invasión soviética en Afganistán provocara las primeras olas de refugiados hacia Pakistán, los talibanes y los miembros del grupo Estado Islámico cometen ataques en territorio afgano en los que cada vez mueren más civiles.

Mohamad Wali, vestido con un abrigo raído, vive en un campamento improvisado cerca de Islamabad, donde decenas de miles de afganos intentan sobrevivir en medio de la miseria, sin agua ni electricidad.

Hace poco tuvo noticias de su familia en Kabul. "Me hablaron de ataques terribles y de suicidas", dice. Wali se refiere a los atentados de enero.

Pakistán alberga a unos 1,4 millones de refugiados afganos, según la ONU. A ellos se suman otros 700.000 no registrados, según estimaciones oficiales.

Hace tiempo que los paquistaníes los miran con recelo. Y a la policía se la acusa de acoso y de extorsión contra los refugiados, así como de detenciones arbitrarias.

- 'Repatriación rápida' -

Durante las últimas semanas la retórica antirrefugiados se ha fortalecido, al tiempo que Estados Unidos acusa a Islamabad de no actuar contra los focos de yihadistas en su territorio.

"Pakistán insiste en la necesidad de una repatriación rápida de los refugiados afganos porque su presencia facilita que los terroristas afganos se escondan entre ellos", advirtió el ministerio de Relaciones Exteriores.

La imagen de estos refugiados también se ha deteriorado entre la opinión pública.

"¡Basta! Los hemos servido durante 40 años, compartimos nuestras casas y los tratamos como a invitados", afirma Mehmood Khan, un habitante de Peshawar, una ciudad del noroeste de Pakistán donde viven muchos refugiados afganos.

A finales de enero, Pakistán aplazó 60 días la fecha tope para el retorno de los refugiados. La ONU es contraria a una repatriación forzosa e insiste en que sea voluntaria.

Pero ante el deterioro de la seguridad en Afganistán, es poco probable que la gente quiera volver por voluntad propia.

"No queda nada de mi patria... sólo la guerra y los combates", explica Haji Shahzada, de 60 años, que llegó a Pakistán después de la invasión soviética.

Un informe reciente del Consejo Noruego para Refugiados (NRC) estima que el 70% de los afganos que volvieron a su país tuvo que cambiar dos veces de lugar de residencia para huir de la insurrección.

- 'Un sufrimiento inconmensurable' -

"No es el momento de expulsar a los afganos... Puede desestabilizar a toda la región y provocar sufrimientos inconmensurables", afirma el secretario general de NRC, Jan Egeland, en este informe.

Con frecuencia los refugiados acaban hacinados en los suburbios de las grandes ciudades afganas. "Encontrarles empleo es un problema pero necesitan un mínimo de refugio", afirma Sher Agha, un representante de los refugiados de Islamabad.

Las condiciones de vida son tan malas que "muchos" cruzan de nuevo la frontera con Pakistán tras pasar un tiempo en Afganistán, aseguraron varios refugiados a la AFP.

Abdul Malik nació en el noroeste de Pakistán hace más de 40 años. En 2016 intentó ir con su mujer e hijos a Jalalabad, en el este de Afganistán, donde los talibanes y los miembros del Estado Islámico libran una guerra contra las autoridades, cuando no luchan los unos contra los otros.

"Fue la experiencia más desagradable de mi vida", resume este hombre a la AFP en Peshawar.

El agua y el aire estaban contaminados, no había médicos, clínicas ni trabajo, sólo "carreteras malas y condiciones de vida difíciles", cuenta Abdul Malik, vestido con prendas tradicionales. Eso sin contar el miedo constante.

Después de tres meses de incertidumbre, Abdul Malik volvió a Pakistán con las otras familias que podían pagarse el viaje de vuelta.

Mohamad Wali lo tiene claro: "Más vale vivir aquí, aunque tengamos hambre y sed. Al menos no nos morimos".

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AFP