AFP internacional

Un camión transporta el 9 de noviembre de 2016 a grupo de niños y mujeres hacia una zona segura cerca de la aldea de Mazraat Jaled, a 40 kilómetros de la ciudad de Raqa (norte), capital 'de facto' del grupo EI en Siria

(afp_tickers)

Citas románticas a escondidas, buzones secretos y lecciones clandestinas de matemáticas son algunas de las formas de resistencia frente al grupo yihadista Estado Islámico (EI) en su bastión sirio de Raqa.

Desde 2014 el grupo EI dirige con mano de hierro esta ciudad del norte de Siria, donde viven 300.000 personas, a las que impone una interpretación rigorista del islam.

Ahora que las fuerzas antiyihadistas entraron en un barrio del este de la ciudad, este martes, algunos residentes han aceptado contar a la AFP sus años de resistencia pasiva frente al grupo radical.

Sami, de 24 años, conoció a Rima, dos años más joven que él, durante una manifestación pacífica contra el régimen sirio en 2011, detonante de la revuelta en el país reprimida a sangre y fuego y que se ha transformado en guerra.

"Teníamos por costumbre vernos, hablar en la calle, sentarnos juntos en lugares públicos", declara a la AFP este joven bajo un seudónimo para protegerse porque sigue viviendo en Raqa.

Con la llegada de los yihadistas todo cambió radicalmente. La 'hisba', 'policía religiosa' del grupo EI, obligó a la población a cumplir con la indumentaria impuesta por los yihadistas y prohibió la relación entre solteros de distintos sexos.

Los dos enamorados debieron ingeniárselas para ocultar su amor.

"Escribimos mensajes que hacemos llegar por niños", afirma Sami. Como las comunicaciones por satélite e internet privado están prohibidas, el joven escribe mensajes electrónicos en cibercafés gestionados por el grupo EI y Rima los lee cuando puede ir a ellos.

Es una versión romántica de los buzones secretos usados durante años por los espías para intercambiarse informaciones o fijar citas.

- "Me quería morir" -

A veces, la pareja se arriesga a una cita en una plaza pública para verse.

"Me dice por ejemplo que saldrá de casa a tal hora. Nos citamos en una tienda", añade emocionado Sami.

Rima entra en el comercio, con la cara completamente oculta por un velo negro, como imponen las normas del grupo EI, pero Sami siempre la reconoce. "Entro y hablo con ella unos instantes antes de que un tipo de Daésh (acrónimo en árabe del grupo EI) llegue y lo arruine todo".

Un día la suerte les dio la espalda. Sami vio, impotente, a lo lejos cómo unos agentes de la 'hisba' interpelaban a Rima por su indumentaria, "considerada no conforme".

"Estaba muy enfadado y me eché a llorar pero ella me hizo señas para que no me acercara. Ese día me quería morir".

Los padres de Rima estaban de acuerdo en celebrar una boda con la condición de que los dos se fueran de Raqa pero los problemas financieros los disuadieron. Siguen juntos y en Raqa.

Miles de personas huyeron de la ciudad a medida que se acercaban las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), una alianza kurdo-árabe respaldada por Estados Unidos.

- "Bombas de relojería" -

Cuando el grupo EI se apoderó de Raqa, empezó a controlar los colegios.

Como hicieron en otras ciudades, los yihadistas sustituyeron el programa académico, sobre todo los cursos de Física y Química, por una enseñanza religiosa y macabra.

"Los cursos de matemáticas consisten en contar el número de fusiles, de pistolas, de explosivos, de coches bomba", asegura un exprofesor de una escuela pública que ha pedido mantenerse en el anonimato.

Uno de los temas que se enseñan a los niños es la manera de cometer un ataque suicida y "las vírgenes" con las que serán recompensados, según el grupo EI, los que los lleven a cabo.

"Estos cursos transforman a estos niños en bombas de relojería", advierte este profesor, que se ha negado a dar clase bajo la opresión de yihadista.

Los padres también dejaron de enviar a sus hijos al colegio por miedo a que fueran víctimas de un lavado de cerebro. Prefieren buscar maestros para que les den clases particulares de biología, inglés y matemáticas.

Para evitar llamar la atención, el profesor llega a una hora concreta a casa del estudiante para impartir las asignaturas a uno o varios alumnos.

"Estos profesores viven con miedo, pero estimamos que tenemos que ofrecer a los niños una educación sin violencia", asegura a la AFP el mismo profesor.

Este hombre, padre de dos niños, de siete y nueve años, pidió a un amigo maestro como él que les dé clases particulares. "Nos da miedo pensar que nuestros hijos pensarán como Dáesh, hablando de 'takfir' (apóstatas), esclavos o vírgenes. Esto destruye a una generación".

AFP

 AFP internacional