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Manifestaciones contrarias al gobierno de Dilma Rousseff el 13 de marzo de 2016 en Curitiba, Brasil

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Empresarios y opositores ven en la destitución de la presidenta de izquierda Dilma Rousseff la clave para la recuperación de la economía brasileña, pero el costo político de tomar medidas impopulares será una papa caliente para cualquier sucesor.

La economía del gigante sudamericano se contrajo un 3,8% el año pasado y el FMI prevé otra caída similar para este año, así como un crecimiento cero en 2017.

Este panorama desolador, potenciado por la parálisis política, es un cóctel que combina recesión, desempleo (6,8% en 2015, dos puntos más que el año anterior) y alza de la inflación (10,67% en 2015, la mayor en trece años).

La bolsa festeja la perspectiva de que Rousseff salga del poder mientras lo que aparenta funcionar es engañoso: la inflación comienza a retroceder (el mercado prevé un 7,08% este año) por la caída de la demanda y la balanza comercial tiene superávit, porque la recesión también reduce las importaciones.

El vicepresidente Michel Temer, que sucedería a Rousseff si el Senado le abre un juicio de destitución, ha mencionado la necesidad de "sacrificios" y esbozado medidas de reactivación económica. Y, sobre todo, de restablecimiento de las cuentas fiscales.

La deuda pública alcanzó 66,2% del PIB el año pasado, casi diez puntos más que el año anterior, y el déficit fiscal pasó de 0,57% del PIB en 2014 a 1,88% el año pasado.

Esta falta de capacidad de ahorro de Brasil llevó al gobierno a reducir su meta fiscal cinco veces en 2015 y a las tres mayores agencias calificadoras de riesgo a reducir la deuda brasileña a categoría de bonos basura.

El desorden en las cuentas públicas está en el centro de la crisis política: Rousseff está ad portas de ser enjuiciada por "crímenes de responsabilidad" por supuestamente maquillar los balances en 2014 y 2015 para ocultar los déficits.

"Temer probablemente se embarcará en una ambiciosa reforma económica que pondrá el asunto de las pensiones y de la recuperación fiscal sobre la mesa", escribió este lunes la consultora de riesgo Eurasia.

"Somos escépticos sobre su capacidad de aprobar medidas de impacto a corto plazo sobre gastos, pero su equipo tiene claro que plantear reformas estructurales es el único modo de generar expectativas positivas", añadió.

- Mirando a 2018 -

En el plano de la economía real, la producción industrial brasileña anotó en 2015 un retroceso de 8,3%.

Grandes patronales como la confederación agropecuaria CNA y la federación industrial de Sao Paulo, Fiesp, apoyaron públicamente la salida del poder de la mandataria, culpándola por la mala salud de la economía.

Estos grupos económicos apoyarán a Temer que, además, tendrá un Congreso más favorable que Rousseff, aun cuando grandes reformas estructurales para reducir los gastos públicos necesitan mayoría calificada. Y la izquierda, en la oposición, no le hará el camino fácil.

Según Eurasia, si Temer llega al poder presentará un equipo económico que agrade al mercado, ya que "claramente han decidido que posicionarse como la solución a la crisis económica es el mejor camino para la supervivencia política".

Temer, del centrista partido PMDB, ocuparía el sillón presidencial hasta fines de 2018 en caso de que el Senado aleje a Rousseff definitivamente del poder. Y un ajuste duro podría comprometer sus eventuales ambiciones de prolongar la experiencia.

El gobierno de Rousseff intentó en 2015, sin éxito, que el Congreso aprobara un ajuste que incluía cortes sociales y nuevos impuestos. No lo consiguió y eso profundizó la crisis.

Grandes centrales sindicales y grupos de izquierda, apoyos tradicionales del Partido de los Trabajadores de Rousseff y Lula da Silva, salieron a la calle a reclamar contra estas iniciativas.

"Se espera un reajuste por una vía neoliberal. O sea, disminución de la participación del Estado o flexibilización de las leyes laborales", dice a la AFP el economista independiente Felipe Queiroz.

"Y esas medidas provocarán más recesión y pérdida de popularidad", añadió.

Pero gran número de analistas y el mercado abogan por un menor gasto público y aseguran que el Estado brasileño es un gigante ineficiente con demasiada injerencia en la economía.

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AFP