"Rezaré a Francisco para que Dios nos dé una buena cosecha". Nipopa, convertida al cristianismo, vino de las montañas de Tailandia a asistir, junto con decenas de miles de otros fieles, a la misa del Papa en Bangkok.

La noche comienza a caer sobre la capital tailandesa cuando el pontífice, sonriente pero visiblemente cansado, avanza en su papamóvil mientras la multitud corea "Viva el Papa".

Unos 60.000 fieles se reunieron en el estadio nacional de la ciudad y en un anexo cercano desde donde siguen el oficio gracias a una pantalla gigante.

Hace 35 años, Juan Pablo II presidió la misa en el mismo lugar para la comunidad católica ultraminoritaria del país, más del 95% budista.

"Tenía que venir a ver al rey de los cristianos", cuenta Nipopa, que viajó durante ocho horas de autobús desde su pueblo de To Po Poo en la remota provincia de Tak, fronteriza con Birmania.

La llegada a Bangkok, una megalópolis de 11 millones de habitantes, fue difícil. "Estoy perdido aquí", cuenta el modesto cultivador de arroz vestido con una cheika (chaqueta tradicional de la minoría Karen, roja y blanca).

"Pero Dios nos envió sacerdotes que nos ayudan a educar a nuestros hijos y a curarnos, yo debía venir", explica el antiguo animista, convertido al catolicismo hace dieciséis años.

Al igual que él, están presentes varios centenares de cristianos Karen, una minoría originaria de las primeras estibaciones del Himalaya, en Birmania, y que posteriormente huyeron para instalarse en Tailandia.

Forman hoy una parte importante de la comunidad católica de Tailandia, con apenas 400.000 fieles.

Pero también han llegado católicos de Camboya, Birmania, Filipinas, Indonesia, China y sobre todo Vietnam.

"Necesitamos el mensaje de amor" del Papa, sonríe la monja Heng Phalla, de 33 años, que vino desde Camboya.

"En mi país, aunque la situación mejoró considerablemente desde la caída del régimen de los jemeres rojos, la política sigue siendo complicada y la gente no siempre se lleva bien", suspira, agitando una pequeña bandera blanca y amarilla con los colores del Vaticano.

"En mi pueblo no hay problemas entre nosotros (budistas y cristianos). En Navidad, cocino carne e invito a mis vecinos budistas, ellos me ayudan en el momento de la cosecha", señala Karen Latho, quien, según la costumbre de su comunidad, se convirtió en su matrimonio hace 28 años para casarse con una joven católica.

En el césped del estadio, las decenas de funcionarios presentes escuchan con atención la homilía del Papa, centrada en la explotación sexual, mientras que este flagelo persiste en Tailandia y en varios países de Asia sudoriental.

"Pienso especialmente en estos niños y mujeres expuestos a la prostitución y a la trata, desfigurados en su dignidad más auténtica", precisa Francisco.

No lejos de la alfombra roja que el sumo pontífice argentino, Pimrapat Panyawattanatikul, de 49 años, se siente privilegiada, sobre todo porque es el segundo Papa con el que se cruza.

En 1984, "Juan Pablo II me tocó la cabeza en la catedral de Bangkok" y hoy "es un milagro haber conseguido tan buenos asientos", cuenta.

"Estoy tan orgulloso. He visto al papa de los pobres y está a la altura de mis esperanzas", lanza Prasert, un artista de Bangkok presente el estadio. "Ahora, cada uno debe volver a rezar por su lado", concluye.

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