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Jaime Flores y su esposa, Ana, inmigrantes mexicanos llegados hace 27 años a Estados unidos, trabajan en mantenimiento de jardines en Perris, California, el 16 de junio de 2016

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Todos los días, durante todo el año, Esteban Yáñez se despierta al amanecer y se encamina a su trabajo como albañil cerca de esta casi desértica ciudad, con fuerte presencia hispana, al sur de la gigantesca Los Ángeles.

En los fines de semana, Yáñez realiza trabajos temporales para complementar su salario.

Pero aunque este hombre de 49 años y padre de cuatro hijos paga sus impuestos y la seguridad social, no disfruta de vacaciones anuales, no tiene cobertura de salud y tampoco de beneficios laborales.

Yáñez, mexicano, es uno de los aproximadamente 11 millones de inmigrantes indocumentados en Estados Unidos que se encuentran en el corazón de un duro debate que desató encendidas pasiones y se tornó un asunto central en la carrera presidencial.

Donald Trump, el millonario empresario y virtual candidato por el partido Republicano, no ceja en sus ataques a los mexicanos, e impuso su idea de construir un muro en la frontera sur estadounidense en el centro de su campaña, para irritación de muchos como Yáñez.

"Vine hace 16 años en busca del sueño americano y para ofrecer a mis hijos un futuro mejor", dijo Yáñez a la AFP al fin de una agotadora jornada de 12 horas de trabajo.

"Y hago un trabajo de romperse la espalda, que solamente los inmigrantes están dispuestos a hacer. Otros no quieren ensuciarse las manos con este tipo de trabajo", añadió.

- "Aquí para quedarse" -

De acuerdo con el Instituto de Políticas Públicas de California, casi una cuarta parte (2,67 millones) de esos inmigrantes en relación irregular vive en territorio californiano, donde representan poco más del 6% de la población.

La mayoría llegó desde México y trabaja en granjas, en la construcción, limpieza de viviendas, cuidado de ancianos, jardinería o empresas de transportes y mudanzas.

Pero lo más importante, destacan sus defensores, pagan miles de millones en impuestos al año aunque no recogen ningún beneficio por esa contribución.

"Nosotros trabajamos, pagamos lo que debemos, no recogemos nada gratuitamente y no lastimamos a nadie", dijo María Delosángeles, de 52 años, quien llegó a Estados Unidos proveniente de México hace 18 años y que trabaja como empleada doméstica en Los Ángeles.

"¿Cómo es que le afecta a Trump que nosotros estemos aquí?", dijo.

El Instituto de Impuestos y Políticas Públicas estima que los inmigrantes indocumentados pagan anualmente unos 12.000 millones de dólares en impuestos municipales y de cada estado, siendo unos 3.100 millones los que corresponden a California.

"Estas personas son tan parte de nuestro paisaje y nuestra cultura como cualquier otro que esté aquí", dijo Harold McClarty, un granjero de la región central californiana y líder de la Asociación de productores de Frutas Frescas de California.

Para McClarty, "necesitamos reconocer que están aquí para quedarse y que es ridículo decir que los vamos a mandar de retorno, porque eso no es práctico. Es una inmoralidad".

- El país pasaría hambre -

Para McClarty y otros defensores de una reforma migratoria, si los millones de indocumentados fuesen expulsados del país, como quiere Trump, esencialmente Estados Unidos pasaría hambre.

Como ejemplo mencionan lo ocurrido en el estado de Georgia en 2011, donde enormes redadas migratorias dejaron enormes cultivos pudriéndose en los campos.

En consecuencia, la agricultura local perdió decenas de miles de millones de dólares por falta de trabajadores "legales" dispuestos a asumir esos puestos.

"La economía del país, básicamente, entraría en colapso si no fuera por esos trabajadores indocumentados", dijo José Antonio Vargas, un laureado periodista y activista quien hace pocos años sorprendió a todos al revelar su condición de inmigrante irregular.

Vargas, fundador del grupo Define America, que busca humanizar el debate sobre inmigración, dijo que la retórica de Trump por lo menos puso el tema sobre la mesa y al fin de cuentas podrá conducir a una reforma de las normas migratorias.

- Creciente frustración -

La creciente frustración de esa población que vive en las sombras se tornó súbitamente evidente en contactos con trabajadores que abiertamente revelaron sus identidades y contaron sus historias, irritados con la forma en que su comunidad ha sido demonizada.

Jaime y Ana Flores, por ejemplo, llegaron a Perris hace 27 años y ahora poseen una microempresa que cuida de jardines. No logran esconder el orgullo al decir que su modesto éxito ha sido alcanzado con el sudor de la frente.

Ambos tienen un hijo de 25 años que trabaja en finanzas, y una hija de 21 que espera completar sus estudios de veterinaria. Los dos son ciudadanos estadounidenses, ya que nacieron en el país.

"Dejamos nuestro país porque no teníamos otra opción si queríamos un futuro", dijo Jaime, de 50 años, parado bajo un sol abrasador en una pequeña pausa de su tarea de cortar el césped de un jardín.

Para su esposa, Ana, de 44 años, el discurso cargado de odio contra su comunidad durante la campaña electoral es una píldora amarga.

"El señor Trump precisa mirarse a sí mismo y recordar que cada que vez que come una ensalada, vegetales o fruta, un inmigrante ha cosechado y realizado un control de calidad de su comida", dijo.

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AFP