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Un migrante espera en un puesto policial de la costa turca en la localidad de Izmir, tras haber sido localizado intentando acceder a la isla griega de Lesbos, el 20 de marzo

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Los habitantes de varios pueblos turcos han recuperado el silencio y la tranquilidad nocturnos desde que se firmó el acuerdo sobre los refugiados entre Turquía y la Unión Europea (UE).

Los aldeanos se habían acostumbrado a escuchar cada noche los minibuses de traficantes de personas repletos de sirios, iraquíes y afganos, rumbo a las caletas donde embarcarían para intentar cruzar hacia Grecia.

"Antes del acuerdo con la UE había cientos de refugiados cruzando el mar aquí mismo", dice un pescador de 50 años, Hasan Balci, mientras juega a las cartas en un bar. "Ahora no hay ninguno", añade.

En las afueras del pequeño pueblo de Bademli, en la costa turca, están las aguas turquesas del mar Egeo, y se ve la isla griega de Lesbos, a unos 10 kilómetros de distancia.

No obstante, ahora muchos migrantes temen que los manden de vuelta, aunque logren llevar a cabo el peligroso cruce.

Habitantes de otros lugares conocidos por ser puntos de salida hacia Grecia, como Kuccukuyu o Cesme, afirman que en los últimos días los migrantes parecen haber desaparecido de las calles.

Hasta la firma del acuerdo entre Ankara y la Unión Europea para mandar de vuelta a Turquía a los migrantes que lleguen a Grecia, que entró en vigor el domingo 20 de marzo, el distrito de Basmane, en Esmirna, también llamado "pequeña Siria", recibía permanentemente nuevos migrantes, los cuales pagaban hasta más de mil euros cada uno para ser trasladados a Grecia.

Los dueños de los bares muestran ahora las mesas vacías, donde antes solían negociar los precios del cruce migrantes y traficantes de personas.

"Se acabó", dice uno de los muchos negociantes que vendían chalecos salvavidas, algunos de los cuales aún están colgados delante de su tienda, junto con algunas chaquetas.

- 'Mejor en Siria' -

Asam, un refugiado de 18 años originario de Damasco, cuyos dos padres murieron, vive en Esmirna desde hace seis meses, pero había decidido finalmente viajar a Alemania.

"Ahora no sé qué puedo hacer", dice, sentado junto a un grupo de conciudadanos sirios en un bar. "Aquí en Esmirna no hay cómo conseguir dinero para comer y beber. Sufrimos de humillación", añade.

Su amigo Wada, de 20 años de edad, originario de Idleb, afirma preferir volver a Siria, aunque siga la guerra civil: "Quiero volver a los bombardeos y los escombros. Es mejor que morirme en Turquía".

Otro joven sirio, quien trabajó como especialista de tecnología de la información en Damasco, ingresó posteriormente en una red de tráfico de personas, donde afirma haber ganado en la región entre 10.000 y 15.000 dólares, cobrando entre 50 y 100 dólares por persona.

"Ahora hay gente que tiene miedo de pasar clandestinamente. Esto (el acuerdo con la UE) ha tenido un impacto negativo en los negocios", al igual que el cierre a los migrantes de la frontera entre Grecia y Macedonia, asegura.

Sin embargo, "este negocio (...) nunca desaparecerá. Se reducirá, pero nunca se acabará".

Pese a que las llegadas de migrantes a Grecia registraron un repunte inicial tras la entrada en vigor del acuerdo, sumando 1.662 personas el lunes, el martes la cifra bajó a 600 y el miércoles cayó a 260, antes de llegar a cero el jueves.

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AFP