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Un convoy que transporta al único sospechoso sobreviviente de los ataques en París en noviembre de 2015, Salah Abdeslam, llega a la prisión de Vendin-le-Vieil, en el norte de Francia, después del primer día de su juicio por un sangriento tiroteo en Bruselas en 2016.

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La expectación era máxima en su primera aparición pública. Con una barba poblada y los cabellos engominados, Salah Abdeslam apareció ante los jueces en Bruselas pero evitó responder a sus preguntas, aprovechando la ocasión para lanzar un desafío en nombre de Alá.

El sospechoso clave de los atentados de París del 13 de noviembre de 2015 (130 muertos) tiene el ceño fruncido cuando penetra en la sala, sin mirar a los allí presentes. Liberado de sus esposas, se retoca el pelo con un movimiento hacia atrás de sus manos y se sienta.

La audiencia permanece de pie con la mirada fija en el acusado, otrora el hombre más buscado de Europa y que no comparece por los atentados de París, sino por un tiroteo con policías en Bélgica en marzo de 2016 que precipitó su captura días después.

El hombre de 28 años parece mirar al vacío. Su vestimenta -chaqueta clara, polo blanco, pantalón negro y zapatos marrones- contrasta con el chándal del otro acusado, Sofiane Ayari. Su rechazo a que se tomen fotografías impide plasmar como su pelo y su barba crecieron desde 2015.

No será su única negativa. Al inicio, la presidenta del tribunal Marie-France Keutgen lo invita a levantarse:

- "No deseo responder", murmura con una voz débil.

+ "¿Al menos a las preguntas sobre su identidad?", insiste.

- "No deseo responder a las preguntas", reitera antes de sumirse de nuevo en el silencio.

Abdeslam permanece imperturbable durante los largos minutos de testimonio de su cómplice. En ocasiones, se suena la nariz y, de manera menos frecuente, se gira para hablar con su abogado, pero nunca da la impresión de escuchar los debates en la sala.

Llega el momento de su interrogatorio. La presidenta del tribunal lo vuelve a intentar. "No tengo ganas de responder, ¡estoy cansado!", subraya sentado y con la voz, en esta ocasión, teñida de agresividad.

- Confianza en Alá -

La magistrada no cede:

+ "¿Usted deseó estar presente hoy. ¿Aceptaría responder a las preguntas?"

- "Lo repito. No deseo responder a ninguna pregunta".

¿Por qué quiso entonces acudir al juicio? Esa pregunta parece sacarlo de sus casillas. "Me pidieron que viniera y simplemente vine", "mi silencio no me convierte ni en culpable ni en un criminal", agrega.

Luego se lanza en una diatriba que parece preparada, pero salpicada de palabras confusas: "Hay pruebas en este caso, pruebas tangibles, científicas. Me gustaría que nos basáramos en eso", agregó, criticando cualquier instrumentalización del juicio para "satisfacer a la opinión pública".

"Lo que constato es que los musulmanes son juzgados y tratados de la peor manera posible, sin piedad. No hay presunción de inocencia", afirma este francés de 28 años de origen marroquí.

Sus palabras adquieren entonces un tono de religiosidad: "Ahora, júzguenme, hagan lo que quieran de mí. Es en mi Señor que yo pongo mi confianza".

Y de desafío: "No tengo miedo de ustedes, no tengo miedo de sus aliados, de sus asociados, pongo mi confianza en Alá y, eso es todo".

Abdeslam también recita la shahada, la profesión de fe islámica, ante una sala estupefacta.

"El tribunal toma nota de su respuesta", concluye la presidencia antes de suspender la audiencia.

Salah Abdeslam habló y, esposado, vuelve a prisión, escoltado por los dos hombres de la policía federal belga, armados y encapuchados, quienes en ningún momento apartaron la vista del hombre centro de las miradas este lunes en Bruselas.

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AFP