Con sus falsos fusiles hechos de madera, centenas de soldados y rebeldes desmovilizados del gobierno cantan al unísono en un cuartel improvisado en el noroeste de Sudán del Sur.

Los combatientes gritan "¡Sudán del Sur! ¡Victoria!", mientras las mujeres los animan con sus estridentes y tradicionales gritos youyous. Luego, todos se ponen a bailar.

El buen humor mostrado a principios de febrero en el campamento de Mapel, a unos 80 km de la ciudad de Wau, en el noroeste del país, contrasta con la falta de progreso de uno de los pilares del último acuerdo de paz de Sudán del Sur: el establecimiento de un ejército unificado que supuestamente protege al país.

Según este acuerdo firmado en septiembre de 2018, los combatientes deben permanecer acuartelados para entrenar y formar las filas del nuevo ejército nacional.

La mayoría de ellos han pasado los últimos seis años luchando en una guerra civil marcada por atrocidades, un conflicto que se ha cobrado la vida de unas 380.000 personas y ha desplazado a millones.

"Todo lo que tenemos que hacer es unir nuestras fuerzas (...) La paz está en camino", dijo a la AFP Arkhangelsk Musa, un excombatiente de las fuerzas rebeldes.

Mientras el presidente Salva Kiir y su ex vicepresidente Riek Machar demoran para formar un gobierno de unidad nacional para el 22 de febrero, pese a la fuerte presión internacional, el establecimiento del futuro ejército del país avanza con pasos igualmente lentos.

- Condiciones abominables -

El entrenamiento en sí aún no ha comenzado, y el gobierno de Juba no ha gastado los varios millones de dólares que se necesitan.

Como resultado, miles de soldados están estacionados en barracas sin un suministro adecuado de alimentos ni agua.

Los enviados de la ONU han descrito recientemente las condiciones de vida en estos acuartelamientos como "espantosas", además de los numerosos informes sobre violaciones.

Sin embargo, la fusión de combatientes de cada lado en una única fuerza libre de lealtades políticas o étnicas es una de las disposiciones cruciales del acuerdo de paz de 2018.

Dos años antes, un acuerdo previo se hizo añicos cuando las tropas de Machar y la guardia presidencial se atacaron mutuamente en el corazón de la capital.

Sin embargo, los beligerantes acordaron crear un ejército de 83.000 hombres que garantizarían la estabilidad del país y trascendería las divisiones.

Dieciocho meses después, 36.000 combatientes están acantonados en campos de entrenamiento, según Augostino Njoroge, presidente de la comisión (RJMEC) establecida por el bloque regional Igad para evaluar la aplicación del acuerdo de paz.

"La selección y entrenamiento de soldados aún no ha comenzado", dijo Njoroge en un documento publicado el martes.

En Mapel, durante una visita reciente de un equipo de AFP, los soldados participaron en una sesión de sensibilización sobre violación de mujeres, protección de niños y crímenes de guerra por parte de un especialista en derechos humanos de ONU.

Las condiciones de vida parecen, por decir lo menos, precarias: sin un único baño a la vista, los soldados se alivian entre los árboles circundantes. A un costado del campamento están instaladas mujeres y niños.

"A veces no hay comida", dijo Christo Gordon, otro excombatiente rebelde, mientras comparte con otros un plato de maíz y frijoles.

Para su compañero de armas Arkaingelo, la ausencia de alimentos conlleva el riesgo de saqueo de las aldeas vecinas por parte de los combatientes. "Necesitamos ayuda", coincide Christo.

- La paz reinará -

Muchos de los hombres presentes realmente no tienen uniformes, y algunos siquiera zapatos. Algunos están vestidos con camisetas de fútbol, y una excombatiente lleva su fusil de madera en un hombro y su bebé en el otro.

"Denme dinero para zapatos", dijo un soldado del gobierno que al menos tiene uniforme, pero solamente una sandalia.

De los 100 millones de dólares prometidos por el gobierno de Kiir para este programa, solo 40 millones han sido desembolsados hasta el momento, según el enviado de Igad para Sudán del Sur, Ismail Wise.

Con los fondos desbloqueados con cuentagotas, las insuficientes raciones de alimentos, los problemas de almacenamiento de armas, todo "plantea la cuestión de hasta qué punto el gobierno tiene la voluntad de cumplir con sus obligaciones", señaló recientemente Andrew Chapman, miembro de una misión de evaluación para el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

Para ciertos analistas, Kiir es reacio a avanzar en este trabajo de unir a las tropas, lo que podría debilitar su autoridad sobre el ejército.

Mientras tanto, en Mapel, los que se enfrentaron en otro tiempo en el campo de batalla ahora viven lado a lado.

El exrebelde Christo incluso comparte su choza con un soldado del gobierno.

"Es mejor que pelear", dice. "Creo que este es el final del conflicto. La paz reinará".

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