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Un jornalero trabaja en una mina de jade en Hpakant, estado birmano de Kachín el 4 de octubre de 2015

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El jade es un negocio floreciente en Birmania del que sólo se benefician las élites, en detrimento de una población que se siente impotente ante el saqueo de los recursos naturales.

"¡Este lugar es nuestro!", afirma Daw Kareen, una habitante de la zona minera de Hpakant, en el norte del país, señalando las excavadoras que corroen la base del acantilado sobre el que está construida la localidad.

Los derrumbes, de hecho, ya han destruido numerosas viviendas.

"Hemos tratado de frenarlos", pero la policía y el ejército "están bajo las órdenes" de las grandes compañías mineras, asegura la mujer, de 44 años.

Según la ONG Global Witness, la industria del jade birmano factura unos 31.000 millones de dólares al año (27.500 millones de euros), una suma diez veces superior a la declarada oficialmente y que representa casi la mitad del PIB del país, uno de los países más pobres del sudeste asiático.

La preciada piedra tiene una fuerte demanda externa. Las exportaciones hacia China totalizaron el año pasado 12.000 millones de dólares, según el reporte de Global Witness, que denuncia lo que podría llegar a convertirse en "uno de los mayores de recursos naturales de la Historia moderna".

Para llegar a la región de Hpakant, epicentro del jade, hay que transitar por rutas escarpadas.

No menos complicado es acceder a la información sobre una actividad que siempre gustó del secretismo, pese a la apertura política iniciada en 2011, que permitió la reintegración internacional de un Estado que vivió durante décadas sometido al poder de los militares y en un aislamiento casi total.

La actividad de las excavadoras incluso se ha ido intensificando en los últimos meses, apuntan los habitantes, como si los beneficiarios del negocio quisieran extraer todo lo que puedan antes de las elecciones del próximo 8 de noviembre.

La líder de la oposición Aung San Suu Kyi prometió en efecto luchar contra la corrupción y por la transparencia de la economía, en caso de que su partido gane esos comicios, como indican muchos pronósticos.

- "Un infierno en la Tierra" -

En la selva que en otro tiempo recubría la Hpakant aparecen ahora colinas peladas, donde operan los yacimientos de jade.

Según la ONG, decenas de habitantes quedaron sepultados por deslizamientos de terrenos en los últimos meses, cuando hurgaban en busca de jade entre los escombros dejados por las mineras en yacimientos agotados.

Esos dramas de la miseria encuentran ecos esporádicos en los medios locales, sin que nada cambie en la vida de estos "garimpeiros" del sudeste asiático, que empiezan sus búsquedas al caer la noche.

"Es el infierno en la Tierra", afirma un trabajador social.

Y los mineros de fortuna se aferran a sus sueños para salir de la miseria.

"Si voy más lejos con esta perforación, algún día me haré rico", se ilusiona Thein Zaw Win, un joven de 20 años, oriundo de las llanuras centrales, que vino a probar suerte en la región de Hpakant.

La "piedra del paraíso", símbolo de la virtud en Asia oriental, es un producto con fuerte demanda en tiendas de lujo de Pekín o Hong Kong.

La pasión de los chinos por el jade, con sus delicados matices de verde, acelera la deforestación de esta región septentrional del estado birmano de Kachin.

"Dentro de cincuenta años, iremos a ver nuestro jade en exposiciones en China", comenta con amargura un comerciante de la piedra.

Según Global Witness, el 80% de las exportaciones de jade birmano son ilegales y salen del país por la región de Hpakant, fronteriza con China.

El jade atiza además los conflictos étnicos en la región, donde el Ejército por la Independencia de Kachin (KIA) desafía al poder central.

Daw Kareen apuesta por el cambio político como solución. "Espero realmente un gobierno que se preocupe por nosotros", afirma.

AFP