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La comisaria europea de Comercio, Cecilia Malmström, en una rueda de prensa en Ámsterdam el 2 de febrero de 2016

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El TTIP, el acuerdo comercial que negocian Estados Unidos y la Unión Europea, es un ambicioso proyecto cuyo principal objetivo es uniformizar las reglas que rigen el intercambio entre los dos gigantes mundiales.

¿POR QUÉ EL TTIP ?

En primer lugar para crear riqueza para las empresas (y teóricamente para los asalariados) incrementando todavía más los intercambios entre los dos socios. Actualmente, Estados Unidos exporta cada día más de 700 millones de dólares de mercancías a Europa.

"Ofrece un potencial extraordinario en términos de empleo y de crecimiento", afirmaba en 2015 la comisaria europea de Comercio, Cecilia Malmström.

Un estudio hecho en 2013 por el Centre for Economic Policy Research de Londres adelantaba la cifra de 119.000 millones de dólares de ganancias anuales para la UE y 95.000 para Estados Unidos.

Las negociaciones se llevan a cabo en sesiones de cinco días (la 13ª tiene lugar esta semana en Nueva York) y aunque la Comisión publica resúmenes, numerosas voces denuncian su opacidad.

Y hay una segunda parte, no anunciada, pero que tiene una importancia crucial: si Europa y Estados Unidos llegan a acordar un marco comercial entre ellos, tienen una posibilidad de poder imponerlo posteriormente a los demás.

"Si se hace, nos convertimos en los dueños del estándar mundial", según el exdirector de la Organización Mundial del Comercio (OMC), Pascal Lamy. "Los coreanos, los japoneses, los chinos deberán ajustarse a la norma euroestadounidense". El único matiz es que Estados Unidos acaba de firmar con 12 socios asiáticos y americanos el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP), con esos mismos objetivos.

LAS MÚLTIPLES CARAS DEL TTIP

El acrónimo en inglés de la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión cubre un espectro muy amplio.

La Comisión Europea, que negocia en nombre del Viejo Continente, lo resume en tres grandes partes, cada una de las cuales incidirá en los intercambios comerciales en su conjunto, en la vida de las empresas y en los ciudadanos.

La primera es "el acceso al mercado". Se trata de rebajar los aranceles de las mercancías, facilitar el acceso de las empresas de servicios a los mercados extranjeros, permitir a las empresas que respondan a las licitación públicas y tratar de garantizar que estas reglas solo se apliquen a productos fabricados en Europa o Estados Unidos.

Estados Unidos desea solucionar algunas incoherencias como el hecho de que sus productores de aceite de oliva pagan 1.680 dólares de derechos de aduana por tonelada exportada hacia la UE, cuando los europeos solo pagan 34.

La segunda parte engloba la "cooperación reglamentaria". Es un gran movimiento de uniformización para facilitar la vida de las empresas evitándoles tener que atenerse a demasiadas normas diferentes para vender sus productos en los dos mercados. Abarca, por ejemplo, las normas de seguridad, los controles o los etiquetados. En este capítulo figuran también las sensibles negociaciones sobre la seguridad alimentaria, la utilización de los pesticidas y la autorización (o no) de la carne de vacuno con hormonas.

Finalmente, el tercer punto incluye la aplicación de 'reglas' en otros ámbitos delicados como la propiedad intelectual, las denominaciones de origen de productos alimentarios o los mecanismos de solución de conflictos.

¿POR QUÉ CORRE EL RIESGO DE FRACASAR?

Porque las negociaciones avanzan muy lentamente y se refieren a temas que afectan a toda la población, lo que multiplica las oposiciones. Y las prisas del presidente estadounidense, Barack Obama, para cerrar un acuerdo antes de fin de año dejan poco margen.

Algunos países europeos, como Alemania y Francia, muestran crecientemente su escepticismo, y cada vez menos gente parece favorable a este acuerdo en ambas orillas del Atlántico.

"Nos alejamos" de un acuerdo, advirtió el martes el secretario de Estado de Comercio Exterior francés, Matthias Fekl.

El acuerdo "va a fracasar" si no hay concesiones de Washington, advirtió el domingo en los medios el ministro de Economía alemán, Sigmar Gabriel, que se niega a respaldar un texto que resume en su estado actual como "Compren estadounidense".

La sociedad civil también está movilizada. ONG, organizaciones profesionales de diferentes sectores -no todos florecientes- y militantes le han declarado la guerra. Dada la magnitud del proyecto, no les faltan ángulos de ataque: seguridad alimentaria, defensa de los agricultores, normas sociales o medioambientales, propiedad intelectual, servicio público o incluso soberanía de las decisiones gubernamentales, sin contar con los temores de desindustrialización y la presión sobre los sueldos.

Varias decenas de miles de personas se manifestaron el sábado en Alemania contra el TTIP.

Los calendarios electorales también ayudan a endurecer discursos y posturas, como muestra que los candidatos a la nominación presidencial en Estados Unidos Donald Trump, Bernie Sanders e incluso Hillary Clinton hayan criticado el proyecto.

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AFP