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Dos sirios esperan cerca de la localidad turca de Kilis para cruzar la puerta fronteriza de Oncupinar, el 11 de febrero de 2016

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Elbeyli es el campo modelo, el que las autoridades turcas hacen visitar orgullosas, pero al cumplirse el quinto año de guerra en Siria, algunos de sus habitantes, cansados de las alambradas y los reglamentos, lo quieren abandonar.

Inaugurado en junio de 2013, en el sur de Turquía, cerca de la frontera con Siria, Elbeyli es una pequeña ciudad de 2.500 contenedores perfectamente alineados en un suelo adoquinado, en la que viven 24.000 personas. En todos los aspectos cumple o supera las normas internacionales en la materia.

"La construcción costó 46 millones de libras turcas (unos 15,5 millones de dólares) y gastamos más de tres millones de dólares mensuales en funcionamiento", afirma Metin Yildiz, portavoz de la administración del campo durante una visita de periodistas. "El campo emplea a 550 personas", agrega Yildiz delante de un mástil de treinta metros de altura en el que flamea una inmensa bandera turca.

Los refugiados sirios, provenientes en su mayoría de las provincias de Idlib y Alepo, son alojados en contenedores prefabricados que forman casitas de dos piezas de 21 metros cuadrados.

Cada refugiado, cualquiera sea su edad, tiene comida gratis y recibe unos 30 dólares mensuales.

El campo incluye un hospital -con siete médicos- centros sociales, talleres en los cuales las mujeres tejen o aprenden oficios, dos mezquitas, un supermercado, una lavandería, una farmacia y guarderías infantiles.

Unos 8.5000 niños y adolescentes están escolarizados y aprenden el idioma turco.

Mohamad Mahmud, de 43 años, un pintor aficionado, cuenta su experiencia mientras termina un cuadro de una vista del Bósforo a partir de una foto.

"Al principio es un poco duro, pero luego uno se acostumbra a esta vida. Yo era funcionario del Ministerio de Finanzas en Alepo y dibujante aficionado. Ahora soy artista. A veces los visitantes me compran un cuadro", dice Mahmud.

En el muro de su casa cuelgan cuadros -palomas ensangrentadas, alambres de púa, edificios en ruinas, cañones de tanques y banderas sirias- que evocan la guerra que perdura del otro lado de la frontera.

Los refugiados tienen derecho a salir del campo durante el día por una horas, pero tienen que regresar a una determinada hora so pena de perder sus derechos.

Unos 260.000 refugiados sirios están en Turquía en 23 campos administrados por el Gobierno, lo que representa menos del 10% de los 2,7 millones de sirios que viven en territorio turco, sobre todo en las grandes ciudades.

Desde 2011, el Gobierno turco ha gastado en el recibimiento de los refugiados sirios más de 10.000 millones de dólares.

Mahmud Eid, de 35 años, vive desde hace tres años en Elbeyli.

"Fuimos bien recibidos, es cierto, pero esto no es vida... Como es invierno no trabajamos, pero durante todo el verano trabajamos en las granjas vecinas", cuenta Eid, mientras fuma un cigarrillo en compañía de tres amigos. "Tratamos de ahorrar el dinero suficiente para instalarnos en la ciudad, en Kilis o en Gaziantep. Todos queremos irnos de aquí. Es como un cuartel...". "Una cárcel", dice uno de sus amigos.

Jadija Hasan, una adolescente menuda de 13 años, sale de la farmacia con un medicamento en una mano y su hermanita en la otra.

"Estamos bien aquí", dice Jadija antes de ponerse a llorar porque está lejos de su padre. "No podemos vivir sin nuestro padre. Fue a Alepo para intentar vender sus cosas y tener un poco de dinero. Pero estuvo demasiado tiempo ausente y cuando volvió no lo dejaron entrar al campo. Vive en Kilis y viene a vernos a menudo, del otro lado de la valla", cuenta, inconsolable.

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AFP