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Una bicicleta cubierta de barro en una calle de Barra Longo, a 60 km de Mariana el 7 de noviembre de 2015 en Brasil

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Leninha Fernandes recuperó su guitarra, María Aparecida dos Santos, su preciada biblia. Sus casas en un enclave histórico del sureste de Brasil resistieron milagrosamente al deslave minero, pero igual debieron desalojarlas porque su pueblo ya no es más un hogar.

Las dos vivían en Bento Rodrigues, que fue devorado por la furia de un tsunami de lodo ocre compuesto por millones de litros de residuos de mineral de hierro y agua, tras ceder las presas de los embalses que los contenían.

Dos personas murieron según el último balance de la alcaldía y unas 25 están desaparecidas, con pocas chances de sobrevivir.

La AFP sobrevoló la zona y visitó el domingo lo que era un tranquilo pueblo de la municipalidad histórica de Mariana, en el estado de Minas Gerais (sudeste). El silencio en el área era sólo interrumpido por el cantar de algunas aves. Un hedor que los locales describen como el olor del "barro con hierro" también inunda el lugar.

Los tejados venidos abajo, con sus antenas satelitales; las paredes bañadas de lodo, la marca de las orugas de los tractores -con los que se abrieron caminos- dan la sensación de un ciudad víctima de un bombardeo de guerra. Un osito de peluche azul es lo único colorido entre el barro.

Los transeúntes en Bento son ahora bomberos y algunos gallos y gallinas que se pasean como si nada. La escuela sólo se reconoce por un paredón que resistió en pie.

La única que pasa todo el día en Bento es Edirleia Marques de Santos, de 38 años, que atiende en su casa al cuerpo de rescatistas en el lugar. En la noche se va a dormir al centro de Mariana, a 23 kilómetros, adonde fueron trasladados todos los afectados.

Bordeando el cráter, en lo que se conoce como la parte alta, las casas están en pie, hasta limpias. Contrastan con las construcciones que se atravesaron en el camino del río.

Allí los bomberos habilitaron un lugar para colocar los animales rescatados, principalmente perros.

Es también en esa zona donde vivían Leninha y María. Cuatro días después del siniestro, con algunas rutas reabiertas, las autoridades llevaron a varias víctimas al pueblo para buscar documentos y algún otro elemento de valor y, al mismo tiempo, ver cómo quedó aquello.

"¡Horrible, horrible!", repitió Leninha al salir en un auto de la policía que la trasladó desde uno de los albergues temporales donde se encuentran los más de 500 damnificados.

- ¿Y ahora qué? -

La biblia de María Aparecida es un libro grande y aparentemente pesado. Tapas negras y el borde de las hojas en plateado.

"Busqué mi biblia, una almohada y mis documentos, una bolsita. Cuando salimos aquel día no dio para salir con nada. Fue bueno poder volver, le pude dar de comer a mis gallinas", relató, satisfecha de que dejó en orden su casa en medio de tanto desastre.

"No puedo vivir en ella" y "no sabemos dónde vamos a vivir", subrayó preocupada.

"No quiero estar lejos de mi familia, de mis hijos, de mis nietos, queremos quedarnos juntos, al final todos en esta ciudad éramos prácticamente parientes", añadió.

Esa es la misma incógnita de quienes lo perdieron todo. Por ahora las operaciones se centran en la búsqueda de sobrevivientes, pero quienes están ya en los refugios comienzan a preguntarse sobre su futuro.

En uno de los hoteles donde hay muchas víctimas la pregunta repetida es: ¿Y ahora qué?

"No sabemos que va a ser de nosotros, nadie dice nada concreto. Sólo sabemos que estamos con vida. ¿Y qué?", zanjó una chica que sólo se identificó como Eliana.

La ministra de Ciudadanía, Nilda Gomes, visitó varios de estos refugios llevando el "abrazo de la presidenta Dilma" Rousseff. "Esperamos resolver esto rápido para que vuelva a su casa", le dice la responsable a una anciana en el refugio.

Pero los sobrevivientes del torrente ocre quieren que la empresa Samarco, un joint venture entre la gigante brasileña Vale y la australiana BHP Billiton, responda por el daño que les causó.

"Así como destruyeron todo, queremos una ciudad nueva para nosotros", dijo Eva da Souza, de 45 años, coincidiendo sin saberlo con el deseo de María Aparecida: un nuevo Bento Rodrigues.

AFP