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En el Kurdistán iraquí, los refugiados sirios transforman los gustos y los colores

Un kurdo iraquí saborea un café sirio en el mercado central de Erbil, capital del Kurdistán iraquí (norte), el 21 de diciembre de 2019 afp_tickers
Este contenido fue publicado el 24 enero 2020 - 08:44
(AFP)

En Kurdistán iraquí, la llegada de refugiados de Siria cambió las costumbres. Al principio, el café amargo de Abdesamad Abdelqader no convenció a nadie. Pero hoy, este kurdo de Siria tiene sus adeptos, algunos de los cuales se arriesgan incluso a tomarlo sin ponerle azúcar.

En la pequeña sociedad cerrada del Kurdistán autónomo iraquí, estos recién llegados, que comenzaron a venir a partir de 2011, cuando estalló la guerra en Siria, trastornaron algunos usos y costumbres, no sólo culinarios, sino también artísticos y lingüísticos, según los sociólogos locales.

Hace seis años, Abdesamad Abdelqader, de 45 años, abandonó Siria para dirigirse a Erbil, capital del Kurdistán iraquí (norte). Allí abrió una tienda en la que sirve café sirio, un café con gusto a cardamomo, en el que hay que esperar que el poso se asiente al fondo de la taza antes de comenzar a beberlo.

La primera semana, cuenta a la AFP, lo dio a probar a todos los comerciantes de la zona en una región donde el té es rey indestronable. El éxito de su café fue muy limitado. "El primer año, mis clientes eran en un 99% árabes que venían de otras partes de Irak, es decir, muy poca gente", dice, al mismo tiempo que supervisa el trabajo de sus cuatro empleados, todos ellos sirios.

Con el tiempo, y gracias a muchas cucharadas de azúcar para aligerar la amargura, consiguió vender "de 200 a 300 tazas de café al día a sus clientes, un 90% de ellos kurdos iraquíes".

-Las tradiciones-

Los kurdos de Siria y de Irak no comparten la misma lengua, pero sueñan con un mismo Estado que nunca han logrado fundar.

En la sociedad kurda iraquí, que no cesa de defender sus particularidades y excepciones frente a las autoridades centrales de Bagdad, la acogida de 300.000 refugiados sirios no fue fácil, aunque la mayoría sean kurdos.

Pero con los años, los habitantes locales han dejado atrás "el rechazo histórico del extranjero", afirma Hawzhen Ahmed, doctor en Estudios culturales, quien señala que por ejemplo los matrimonios mixtos jugaron a favor de esta coexistencia entre los kurdos de Siria e Irak.

En las mesas de los restaurantes se multiplicaron los platillos de humus (crema de garbanzos) o 'tabule' (ensalada de trigo, perejil, tomate y aceite de oliva). En la ciudad también abrieron pastelerías sirias.

Jumana Turki, iraquí casada con un kurdo de Siria, se trasladó a Erbil en 2014. "En aquel momento", dice esta licenciada en Sociología de 34 años, "muy pocas mujeres trabajaban". Kurdistán, como Irak, tiene una de las tasas de empleo de mujeres más bajas del mundo (alrededor del 15%). Hoy en día, muchas tiendas emplean mujeres y los mercados y centros comerciales están abarrotados hasta tarde.

"Esto se debe a la influencia de los refugiados sirios", afirma Turki, quien asegura que en Siria es más frecuente que una mujer trabaje o salga por la noche.

Por su parte, Ahmed afirma que los refugiados sirios demostraron que las culturas de los recién llegados tienen un efecto positivo cuando entran en contacto "con las tradiciones y normas locales".

Además, los kurdos de Siria encontraron al otro lado de la frontera raíces que habían perdido. Antes del inicio de la guerra en 2011, en las regiones kurdas de Siria, llevar vestimentas tradicionales kurdas o lucir los colores de la bandera kurda podían llevar a los ciudadanos a la cárcel.

En Irak, los kurdos de Siria volvieron a celebrar publicamente el Noruz, el año nuevo kurdo que, cada 21 de marzo, marca la llegada de la primavera. Además, pudieron lucir sus ropas tradicionales y recuperaron un idioma olvidado.

"Los kurdos de Irak nos ayudaron a que nuestra lengua renaciera. Hablan un kurdo menos influenciado por el árabe. En Siria, la lengua kurda estaba prohibida", afirma Hussein Dewani, profesor de música kurda en Erbil.

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