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Unos familiares de Atthu Suwan, un rohinyá apuñalado y secuestrado el 4 de julio de 2017, en su casa en Maung Hnama, en el estado birmano de Rakhine (oeste), el 13 de julio

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Entre los asesinatos, los secuestros y la presencia masiva del ejército birmano, acusado de abusos, los musulmanes rohinyás del oeste de Birmania que no huyeron de la región viven con miedo.

La zona está en parte vacía y numerosas localidades fueron destruidas por las operaciones militares lanzadas en octubre en represalia por los ataques de grupos armados contra puestos fronterizos.

Unos 70.000 rohinyás se refugiaron en Bangladés y otros 22.000 están desplazados dentro del país, obligados a huir de lo que la ONU calificó como "política del terror".

"Nuestros maridos huyeron. Nos dejaron porque tienen miedo de los guardias fronterizos", explicó a la AFP una mujer rohinyá que pidió el anonimato por razones de seguridad.

Por primera vez desde el comienzo de la operación militar, la prensa internacional tuvo acceso a esta región alejada del norte del estado de Rakhin, en la frontera con Bangladés, en un viaje organizado por el Gobierno.

"Quemaron nuestra casa. No tenemos nada para comer y nuestros maridos se esconden", agregó.

Las operaciones militares terminaron pero la zona sigue restringida y el ejército continúa realizando operaciones puntuales sobre lo que llama "campamentos de entrenamiento de terroristas".

La ONU estima que centenares de personas presuntamente murieron en unos meses, en lo que podría ser el episodio más sangriento de la larga persecución de los musulmanes rohinyás de Birmania.

Tratados como extranjeros en Birmania, un país en donde el 90% de la población es de confesión budista, esta minoría es apátrida aunque algunas familias viven en ese país desde hace varias generaciones.

En medio del caos, un nuevo peligro emergió para los civiles. Decenas de hombres fueron secuestrados y asesinados por bandas desconocidas. Según la prensa oficial, esas bandas se visten de negro y actúan generalmente enmascaradas.

Las autoridades sospechan de militantes extremistas de la minoría apátrida que apuntan a los dirigentes musulmanes o al que sea percibido como un colaborador del Estado birmano.

Richard Horsey, consultor del International Crisis Group, confirmó que unas 60 personas fueron objeto de una campaña para "deshacerse de musulmanes que están de alguna manera vinculados a las autoridades".

- Amenazas de muerte -

A principios de julio, hombres no identificados irrumpieron en el pueblo de Maung Hnama en medio de la noche y arrastraron fuera de la cama a Atthu Suwan para apuñalarlo.

El hombre de 44 años había trabajado como traductor para funcionarios locales, explicó su familia y amigos a los periodistas.

"No puedo comer desde que se llevaron a mi hijo", explicó Moeyeyan Khatu, su madre, cuya tristeza deforma su rostro.

"Tememos que los asesinatos se reproduzcan", insistió Hanumyar, de 67 años, un vecino.

El Gobierno acusa al Arakan Rohyngya Salvation Army (ARSA), un nuevo grupo de militantes que, sospecha, es financiado por fondos venidos del extranjero.

Este grupo había reivindicado los ataques en los puestos fronterizos en octubre. La represalia militar estuvo acompañada de asesinatos, violaciones o torturas, según los relatos de los que huyeron a refugiarse en Bangladés.

El ejército, así como el Gobierno birmano, dirigido por la exdisidente y premio Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi, rechazan con fuerza esas acusaciones. El poder rechazó la propuesta de enviar una misión de investigación de la ONU.

Los últimos tiempos en el estado de Rakhin el clima de terror aumentó: las amenazas de muerte y las 'fatwas' circularon en las redes sociales contra los que se aventuraron a oponerse a los militantes, según varios analistas y fuentes comunitarias.

El nuevo jefe del pueblo de Tinmay explicó que su predecesor fue asesinado en abril luego de haber hablado a periodistas locales.

"No duermo en mi hogar", cuenta sin revelar su nombre. "Duermo en un puesto policial".

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AFP