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Soldados del Gobierno sirio caminan por el dañado zoco de al-Farafira, en la zona histórica de Alepo, controlada por el régimen, el 16 de septiembre de 2016

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En la entrada del zoco de Alepo, sentado en un escalón de piedra, un sexagenario juega, melancólico, con su nay, una flauta oriental que se ha vuelto muda, como este célebre mercado, desierto de clientes y sumido en el silencio, en una ciudad devastada por la guerra.

Construido en el siglo XIV, el mayor mercado cubierto del mundo, con sus trece kilómetros de largo y sus cientos de tiendas, era el corazón de Alepo, capital económica de Siria.

Pero este corazón dejó de palpitar en julio de 2012, cuando la ciudad quedó dividida en dos sectores: uno en manos de los rebeldes y otro controlado por el régimen. La línea de demarcación atraviesa el zoco, en otro tiempo tan frecuentado por alepinos y turistas extranjeros.

Sus brillantes negociantes han dado paso a los combatientes de ambos bandos y allí donde, durante siglos, se hacían negocios con pasión, han encontrado su espacio francotiradores, artilleros y una veintena de comerciantes que trabajan en gran parte al servicio del ejército, en la parte gubernamental.

En el barrio de Bahsita, en medio del zoco, el suelo de la tienda de Zakaria Musali está cubierto de restos de tejidos militares.

"Éramos una decena de costureros antes de la guerra y soy el único que queda. Confeccionaba bonetes de colores para niños, mujeres y jóvenes", afirma este hombre de 46 años, sentado delante de su única máquina de coser, todavía en marcha.

"Hoy en día hago boinas, puesto que toda la zona se ha convertido en una zona de operaciones militares y sólo hay soldados. Tengo algunos clientes fieles de Alepo pero la mayoría de mi clientela está constituida por soldados y generales. Me he convertido en el campeón de la confección de boinas", añade, riendo.

- Los pájaros, los únicos amigos -

Los pájaros se meten en su taller y empiezan a piar. Al lado de su casa, cinco gallos cantan. "Son mis únicos amigos. Todos los humanos se han ido", dice.

Zakaria y su familia rechazaron irse de su casa. "Aquí está mi trabajo, aquí están mis recuerdos y mi vida. Me he quedado a pesar de los misiles y no lo lamento".

En esta parte gubernamental del zoco, las persianas, pintadas con los colores de la bandera oficial, están bajadas, pero varios puestos tienen el escaparate o la puerta corrediza destruidos por la onda de las explosiones.

Algunas zonas del zoco están quemadas, las balas han perforado los muros de piedra, hay misiles desparramados por el suelo, los balcones de hierro están suspendidos sobre el vacío y la madera de las celosías ha desaparecido.

En esta parte del mercado se han excavado decenas de túneles que después destruyeron los rebeldes. De las 200 familias que vivían allí sólo queda una quincena.

- Desplazados a hoteles con encanto -

Un vendedor ambulante, Yehia Koteiche, se instaló en Bab Al Faraj, al lado del zoco, en el centro histórico de Alepo, donde muchos desplazados viven en hoteles con encanto, muy solicitados por los turistas antes del conflicto.

"He venido hasta aquí porque hay muchos desplazados [...] Como la zona es bombardeada a menudo, los alquileres están muy bajos y algunos desplazados se alojan gratuitamente en los hoteles, hoy vacíos", explica.

En su puesto ofrece algunos tomates, huevos, berenjenas, pimientos, melones y sandías.

En este barrio, un peluquero se ha instalado en un antiguo café con los cristales rotos, en una calle a menudo bombardeada y atacada por los francotiradores.

"Mis clientes eran turistas y lugareños. Ahora, le corto el pelo y le afeito la barba a soldados y oficiales. Mi trabajo va bastante bien pues hay muchos militares en la zona", asegura Mohamed Zakaria, de 65 años.

El zoco de Jan al Wazir, cerca de la ciudadela, está casi completamente destruido. Un miliciano en uniforme con su bebé, seguido de su mujer, trata de abrirse camino hacia su casa en medio de las ruinas, la única señal de vida en la zona.

Frente a su tienda de fotografía, sentado en una silla blanca, al lado de tres plantas que cuida con mimo, Sarkis, de 66 años, recuerda que antes de la guerra veía a decenas de turistas.

"Hoy, sólo me visitan los soldados para asegurarse de que estoy bien. Me niego a dejar esta ciudad, si no, sentiría que se queda sola y abandonada", cuenta. "Mis hijos me suplicaron que me fuera de la ciudad vieja pero nací aquí, quiero morir aquí".

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AFP