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Unos personas rezan en un funeral, antes de enterrar los cuerpos de algunas de las víctimas de un presunto ataque químico en la ciudad siria de Jan Sheijun, el 5 de abril de 2017

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Mohamed vio morir a su padre, su madre y su sobrino de cuatro años en cuestión de minutos. Se desplomaron en la calle, presos de convulsiones, tras el presunto ataque químico sobre la ciudad siria de Jan Sheijun.

Los bombardeos atribuidos al régimen de Bashar al Asad causaron al menos 86 muertos, incluidos 30 niños, en esta localidad de la provincia rebelde de Idlib, en el noroeste de Siria, según el Observatorio Sirio de los Derechos Humanos (OSDH).

Jan Sheijun es una ciudad fantasma. Los habitantes están tan conmocionados que apenas pueden hablar. Algunos testigos dicen que hubo varios bombardeos.

Mohamed, de unos 20 años, perdió a sus padres en el ataque. "Al salir de casa mi padre vio a un hombre tumbado en el suelo. En cuanto se acercó a él, él también empezó a temblar", cuenta lentamente, con el rostro marcado por un profundo dolor.

Cuando vio lo que le ocurría a su esposo, la madre de Mohamed empezó a gritar. "Fue hacia donde él estaba y también se desplomó", explica Mohamed. Ambos murieron.

"Mi hermana y su niño acudieron al mismo lugar y ellos también cayeron". Su hermana sobrevivió, pero no fue el caso de su sobrino.

"Todos temblaban, les salía espuma de la boca", dice Mohamed, que enseguida entendió "que se trataba de un ataque químico".

- "Socorrer a los demás" -

"A pesar de todo, nadie quiso irse, la gente pensaba en socorrer a los demás", asegura Mohamed, que acusa al régimen de Asad de estar detrás del ataque. "Que Dios se vengue de ese opresor".

Otro habitante de la ciudad, Abdelhamid al Yusef, de 28 años, perdió a 19 miembros de su familia, entre ellos a sus dos hijos, Ahmad y Aya, y a su esposa, Dalal. Está en casa de un familiar, con una vía en el brazo.

"Solo le puedo contar mi sufrimiento a Dios", dice, desesperado. "Dios sigue despierto, no olvida a nadie", repite, indignándose contra la impotencia del mundo ante una guerra que no cesa.

"Los europeos no pueden hacer nada, salvo condenar. Y los jefes de Estado árabes están dormidos en sus sillas", lamenta. "He visto cómo las personas se desmayaban unas detrás de otras (...) Nadie podía socorrer a nadie. Caían como moscas".

Los socorristas también, cuenta. El primer bombardeo se produjo a 10 metros de su casa. El segundo, a 20 metros de la casa de sus padres. "Fui a casa de mi hermano, rescaté a cerca de 20 personas, pero después ya no aguantaba más, yo también me derrumbé, ya no sentía nada", recuerda.

- "Indescriptible" -

Abdelkader Yusef, de 28 años, acudió al lugar de los hechos 15 minutos después de un primer bombardeo. "Empezamos a socorrer a los heridos, vimos a gente tumbada en el suelo, convulsionando, con espuma que les salía de la boca", relata. "Hasta los socorristas tenían ataques de nervios".

Tras un primer bombardeo, una madre salió de su casa para llevar a sus cuatro hijos a un lugar seguro, pero todos murieron en otro ataque, prosigue. "Yo sobreviví de milagro (...) Es indescriptible".

En la calle, un grupo de personas con máscaras y guantes toma muestras en un cráter causado por las bombas.

El doctor Hazem, director de los servicios sanitarios de Jan Sheijun, explica que el personal médico "se sorprendió por el tipo de gas (emitido durante el ataque), era extraño".

"Después confirmamos, de acuerdo con los síntomas, que se trataba de gas sarín con cianuro", precisa. "Tomamos muestras en el lugar del bombardeo, en el cohete, así como en los animales y las plantas".

Sin embargo, el médico lamenta la falta de medios. "Trabajamos en condiciones rudimentarias (...) Ni siquiera nos quedan máscaras".

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