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Dos refugiados somalíes de Dadaab juegan en el centro de tránsito de la OIM (Organización Internacional para las Migraciones) en Nairobi, el 11 de febrero de 2017

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"Solo una noche más durmiendo aquí, es lo que le he dicho esta mañana a mis hijos", explica Fatuma. Sus maletas están casi listas y el autocar que llevará mañana a esta somalí de 26 años al aeropuerto ya ha llegado al centro de tránsito para refugiados de Nairobi.

"Esta vez es la buena... al menos eso espero", sonríe. "Visto lo que pasó la última vez, no quiero alegrarme demasiado rápido. Hasta que no ponga un pie en Estados Unidos, habrá una parte de mi que se dirá que todo puede irse a pique", confiesa.

Porque Fatuma, que prefiere no dar su apellido, ya ha vivió hace poco más de dos semanas la excitación de una salida inminente hacia Colorado, donde iba a reunirse con un primo. Pero sus esperanzas se derrumbaron tras el controvertido decreto anti-inmigración del presidente estadounidense Donald Trump, que bloquea la entrada de ciudadanos de siete países de mayoría musulmana (Irán, Irak, Libia, Somalia, Sudán, Siria y Yemen) durante tres meses y detiene durante cuatro la acogida de refugiados.

Como decenas de otros refugiados que obtuvieron recientemente el derecho de asilo en Estados Unidos, Fatuma debe regresar al este de Kenia al campo de refugiados de Dadaab, el mayor del mundo, donde vive desde que tiene dos años.

"He comenzado el proceso para la demanda de asilo en 2008, y justo antes de tomar el avión, nos han dicho que el presidente había firmado un papel que anulaba todo, estaba desesperada, recuerda esta viuda madre de cinco hijos.

Pero en un giro teatral, un juez federal bloqueó pocos días más tarde la aplicación del decreto, una decisión confirmada el jueves por el Tribunal de Apelación federal de San Francisco.

Fatuma y sus hijos dejan atrás por segunda vez a los 250.00 refugiados de Dadaab, construido en 1992 para acoger a los somalíes que huían de la guerra civil, posteriormente las repetidas sequías y las exacciones de grupos yihadistas.

- 'País de la libertad' -

Entre una última visita médica y un curso acelerado sobre la cultura estadounidense en el centro de tránsito, Fatuma se acuerda de su vida en Dadaam. "Crecí allí, allí fui a la escuela, me casé y di a luz. Afortunadamente, mis hijos no vivirán esas cosas en un campo de refugiados".

Musulmana practicante, Fatuma lleva el hiyab. Dice estar al corriente de los enredos políticos en estos últimos meses en Estados Unidos, pero tiene confianza.

"Donald Trump es el presidente, pero afortunadamente, no puede decidir él solo, como muestra la decisión de la justicia del jueves", explica. "Y además, estoy segura de que hay mucha gente tolerante dispuesta a acogernos".

Según las estadísticas del departamento de Estado estadounidense, cerca de 11.000 refugiados somalíes se instalaron en Estados Unidos en 2016.

"Aquí en Kenia, hay musulmanes y cristianos que viven juntos sin problemas", recuerda. "Así que ¿por qué mi hiyab sería un problema en el país de la libertad por excelencia".

- Viaje anulado -

Abdilkadir Badel Hamshi, de 25 años, también vivió la decepción de un viaje anulado.

"Si Dios quiere", también tomará un vuelo el domingo a Estados Unidos, en Kentucky. "No sé cómo es, jamás he visto fotos de Kentucky. Lo único que he visto de ese estado es un mapa en la pantalla de un móvil", admite.

Nativo de Baidoa, en el suroeste de Somalia, excluye regresar a su país, del que huyó cuando tenía menos de un año. "Si volvemos nos matarán, los Shebab (milicias islamistas radicales somalíes) me dan mucho miedo".

"Pero lo que cuenta es que ya no viviremos más en un campo de refugiados", explica en un inglés balbuceante este joven, añadiendo que querría estudiar medicina en Estados Unidos.

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